domingo, 7 de enero de 2018

Sobre un teatro de la simulación


Disimular es fingir no tener lo que se tiene.
Simular es fingir tener lo que no se tiene.
Jean Baudrillard


¿Recuerdan que lo que sustituyó la obra satírica fue la Comedia, y que los atenienses disfrutaban de todo lo que en ella se proponía de grotesco, obsceno y vulgar, y que lo que más los deleitaba era su agudeza crítica, su ingenio punzante y su riqueza lírica? Pues, ahora en la ciudad, las propuestas para teatro – si tomamos Comedia en su sentido retórico e inusual, cuando así se nombraba cualquier obra teatral – tienen mucho de grotesco, obsceno y vulgar, pero carecen de verosimilitud, zozobrando en unas incoherencias técnicas y estéticas desplazadas a ser el último esbozo, denotando falta de profundización conceptual y trabajo de ensayo, sobre todo el ensayo, ese espacio de indagación, hallazgo y puesta en prueba concerniente a la transgresión y transformación del teatro en sus más híbridas teatralidades desde el punto de vista heurístico para tantos en desuso – teatralidad entendida como todo aquello que es el teatro menos el texto (Pavis, 2011) –; siendo este momento, el del ensayo, primordial para la convergencia y divergencia de todas las dramaturgias en construcción; y ni hablar de un teatro de la tragedia cuando seguimos creyendo que decir teatro dramático es casi un pleonasmo (Lehmann, 2017; 20).

En la ciudad se está vendiendo un tipo de teatro como quien del huevo sólo comercializa con la cáscara, un teatro de la simulación, y aunque haya un basamento socioantropológico como la Teatrología que expone: “Cuando en un determinado marco espaciotemporal se da una interacción simbólica recíproca entre actores y público basada en la producción y la recepción de acciones simuladas y que evoluciona dentro de un conjunto significativo ligado a una determinada práctica cultural, entonces el teatro se constituye como una manifestación social y estética específica (Pavis, 2011: 463), la experiencia teatral es regular, o decididamente mala.

Hay más de lo que ya se sabe y se ha visto, pero en lugar de un campo de exploración, una referencia o una vocación en esencia, es la repetición de los vestigios de una metáfora inutilizable vaciando los espacios del signo y del sentido, dando al “cualquiercosismo” prenda de garantía en esta transacción, no dialógica ni didáctica ni de transgresión semiótica, sino de un simulacro de la teatralidad” donde como hacedores nos sumamos a “un mundo en el que la más elevada función de signo es hacer desaparecer la realidad, y enmascarar al mismo tiempo esa desaparición (Baudrillard, 2000: 17).
El teatro de esta ciudad parece no hacer hoy otra cosa, encontrando propuestas de una delgadez poética que apenas alcanzan para dos o tres funciones u obras como jeans usados, aunque los preferidos, rotos y desgastados de tanto darles bola, son lugares comunes como la analogía que acabo de hacer, y a creer que las nuevas posibles performatividades les basta cualquier discurso paralingüístico, como el que recién hago.  

¿Qué nos está proponiendo el teatro de esta ciudad, hoy? Ante propuestas que marcaron tendencia y hasta fueron ejemplos a seguir, hoy su poder de influjo es escaso y hasta caduco. Lo que está proponiendo nuestro teatro de hoy es lo mismo del pasado que no está mal si guardamos las distancias, pero es un teatro sin la vitalidad que demanda un proceso creativo, sin la resistencia que éste implica, sin el brío que debería rebosar la escena al momento de la función.
Parafraseando al filósofo, hay obras de teatro que enturbian sus conceptos y técnicas para hacerlas parecer más profundas.

Todo el tiempo parece que estamos faltando a nuestra palabra y con nuestras acciones sobre aquella teatralidad que – y voy a describirla con las palabras que tomó Ileana Diéguez de Josette Féral –: “es un acto de transformación de lo real, del sujeto, del cuerpo, del espacio, del tiempo, por lo tanto un trabajo a nivel de la representación; un acto de transgresión de lo cotidiano por el acto mismo de la creación; un acto que implica al cuerpo, una semiotización de los signos; la presencia de un sujeto que pone en su lugar las estructuras de lo imaginario a través del cuerpo (2014:45). Y es que también hay quienes ansían para sus teatralidades aquel tipo de público espectador con discurso de curador deleuziano para con su retórica o labor de community manager y aplauso almibarado, salven de la mediocridad estética y técnica su propuesta.

Sin embargo, y aunque parece que describo un ocaso, no lo hay, lo que sí hay es crisis, un estado por el que siempre ha transitado el quehacer teatral y seguirá franqueando, pero crisis no debería ser sinónimo de pérdida de calidad estética y técnica y, todavía menos, temática, en este sentido se podría tener en cuenta, al menos, las 36 situaciones trágicas del comediógrafo Gozzi, redescubiertas, interpretadas y reformuladas por George Polti, también comediógrafo (Ceballos, 2013), y tener más opciones que una prometida y vacía carcajada para el público espectador. Los resultados finales de varias propuestas que ahora se presentan en las salas de teatro y otros escenarios intersticiales de la ciudad, sugieren escabullirse de los procesos de investigación y experimentación, ya no les dan el tiempo – el mínimo, si de ser esto posible – y terminan por ser propuestas enlatadas o de engorde, poniendo de lado criterios y prácticas colectivas y heterárquicas por intereses económicos e institucionales en muchas ocasiones.

¿Cuántos de los que se sumergen en el quehacer teatral lo siguen leyendo, investigando, experimentando, debatiendo, estudiando? ¿Cuántos ven las obras de sus colegas? ¿Cuántos tienen en su repertorio obras escritas por dramaturgos locales?
Sin duda, el teatro, el nuestro, parece anclado en una zona de confort decimonónica sustentada en valores ficticios: lo incuestionable y lo infalible, sobre los que sólo saben el artista, el amigo del artista y el curador o crítico si tiene el mismo nivel de cultura que el artista dice tener, ¿y el público espectador? Siempre estará equivocado si no renuncia a su juicio razonable de la realidad e intelecto, desligándose de esa dictadura pseudointelectual de estéticas vacías, políticamente correctas. Y es que hay un público espectador que aplaude, sin análisis, sin estudio, guardando silencio ante propuestas nefastas.

Permítanme un paréntesis:
Público espectador: toser, encender el celular, dormirse en plena función hasta pararse e irse en medio del espectáculo, más allá de ser una evidente falta de cultura, también puede ser más beneficioso para una obra de teatro que si aplaude ajeno a todo sentir y saber ante lo que vio. No le haga daño al teatro. Con estos actos, al menos, los creadores se preguntarán: “¿Por qué?”, si usted se distrae, si no lo atrapa la obra, si lo pone a bostezar, si lo echa del recinto. Créame que el aplauso es el primer apunte crítico que usted como público espectador tiene y hace de una obra de teatro. Otra cosa, igualmente, es que los teatreros, teatristas y teatrólogos de hoy en esta ciudad están tan alejados del debate intelectual y estético, a excepción de unos pocos que comentan alguna que otra obra y en soliloquio para no sumar enemigos, pues, la crítica es exigua, y tampoco hay cultura de respeto y deliberación cuando la hay, resumiendo lo demás en reseñas o comentarios de buena fe en algún periódico o programa de radio digital que terminan siendo cortinas publicitarias.

Demasiadas son las coyunturas en las que el Ser Humano, el mundo y el arte vienen olvidando sus puntos de apoyo y referencia, sus inicios, sus luchas por Ser y Hacer lo que hasta ahora se ha logrado, así mismo el teatro de mi ciudad como consecuencia de un entorno que llaman decrépitos teórica y técnicamente a Artaud, a Meyerhold, a Grotowski, a Barba, a Brook, a Kantor, y puede ser si no se contradijeran al momento de "hacer teatro" o ¿Qué posibilidad tiene la humanidad de enfrentarse a sí misma como advierte Miller que es el teatro, cuando éste tiene por superficie una limpidez, un "simulacro" por crítica? Toda esta re-generación teatral es un tránsito constante, igual que lo social, lo económico, lo político, sin embargo, doblegarnos a sólo el entretenimiento como predilección creativa con la pretensión de cultivar esa parte de la sociedad de rutinas depresivas y hasta embrutecedoras, simulando cambiarles sus universos cuando, al final, la banalización del quehacer teatral es embozado por una frivolidad general sólo por una sala llena o por un asunto de moda (Vargas Llosa, 2012), dejando a unos pocos grupos temas que fueron tabú durante mucho tiempo y empiezan a ser tratados por el teatro de hoy, una transformación que no hay que pasar por alto y a la que nos debemos sumar.
Tal vez la respuesta a "¿Qué nos está proponiendo nuestro teatro de hoy?" Sea, entre otras que ustedes seguramente tienen, un escenario de burbujas autistas a las que nos convocan a presenciar el desgaste temático y a copias estéticas y técnicas mal hechas, un "teatro de la simulación" donde confunden "estilo" con "fórmula", cuando la metaforización es un ejercicio directo del imaginario enciclopédico. Y si, además, los teatreros no ven y dejan de estudiar teatro, pone en evidencia la sentencia del ya ausente Gilberto Martínez: Quien sólo sabe de teatro ni de teatro sabe.