Disimular
es fingir no tener lo que se tiene.
Simular
es fingir tener lo que no se tiene.
Jean Baudrillard
¿Recuerdan
que lo que sustituyó la obra satírica fue la Comedia, y que los atenienses
disfrutaban de todo lo que en ella se proponía de grotesco, obsceno y vulgar, y que lo que más los
deleitaba era su agudeza crítica, su ingenio punzante y su riqueza lírica?
Pues, ahora en la ciudad, las propuestas para teatro – si tomamos Comedia en su
sentido retórico e inusual, cuando así se nombraba cualquier obra teatral – tienen mucho
de grotesco, obsceno y vulgar, pero carecen de verosimilitud, zozobrando en
unas incoherencias técnicas y estéticas desplazadas a ser el último
esbozo, denotando falta de profundización conceptual y trabajo de ensayo, sobre todo el
ensayo, ese espacio de indagación, hallazgo y puesta en prueba concerniente a la
transgresión y transformación del teatro en sus más híbridas
teatralidades desde el punto de vista heurístico para tantos en desuso – teatralidad entendida
como todo aquello que es el teatro menos el texto (Pavis, 2011) –; siendo este momento,
el del ensayo, primordial para la convergencia y divergencia de todas las
dramaturgias en construcción; y ni hablar de un teatro de la tragedia cuando
seguimos creyendo que decir teatro dramático es
casi un pleonasmo (Lehmann, 2017; 20).
En la
ciudad se está vendiendo un tipo de teatro como quien del huevo sólo
comercializa con la cáscara, un “teatro de la simulación”, y
aunque haya un basamento “socioantropológico” como
la Teatrología que expone: “Cuando en un determinado marco
espaciotemporal se da una interacción simbólica recíproca entre actores y público
basada en la producción y la recepción de acciones simuladas y que evoluciona dentro de
un conjunto significativo ligado a una determinada práctica
cultural, entonces el teatro se constituye como una manifestación
social y estética específica” (Pavis, 2011: 463), la
experiencia teatral es regular, o decididamente mala.
Hay más de
lo que ya se sabe y se ha visto, pero en lugar de un campo de exploración,
una referencia o una vocación en esencia, es la repetición de
los vestigios de una metáfora inutilizable vaciando los espacios del signo y
del sentido, dando al “cualquiercosismo” prenda de garantía en
esta transacción, no dialógica ni didáctica ni de transgresión
semiótica,
sino de un “simulacro de la teatralidad” donde como hacedores
nos sumamos a “un mundo en el que la más elevada función de signo es hacer desaparecer la realidad, y
enmascarar al mismo tiempo esa desaparición” (Baudrillard, 2000: 17).
El
teatro de esta ciudad parece no hacer hoy otra cosa, encontrando propuestas de
una delgadez poética que apenas alcanzan para dos o tres funciones u obras como jeans usados, aunque los preferidos, rotos y desgastados de tanto
darles bola, son lugares comunes como la analogía que
acabo de hacer, y a creer que las nuevas posibles performatividades les basta
cualquier discurso paralingüístico, como el que recién
hago.
¿Qué nos
está
proponiendo el teatro de esta ciudad, hoy? Ante propuestas que marcaron
tendencia y hasta fueron ejemplos a seguir, hoy su poder de influjo es escaso y
hasta caduco. Lo que está proponiendo nuestro teatro de hoy es lo mismo del
pasado que no está mal si guardamos las distancias, pero es un teatro sin la
vitalidad que demanda un proceso creativo, sin la resistencia que éste
implica, sin el brío que debería rebosar la escena al momento de la función.
Parafraseando
al filósofo,
hay obras de teatro que enturbian sus conceptos y técnicas
para hacerlas parecer más profundas.
Todo
el tiempo parece que estamos faltando a nuestra palabra y con nuestras acciones
sobre aquella teatralidad que – y voy a describirla con las palabras que tomó
Ileana Diéguez de Josette Féral –: “es un acto de transformación de
lo real, del sujeto, del cuerpo, del espacio, del tiempo, por lo tanto un
trabajo a nivel de la representación; un acto de transgresión de
lo cotidiano por el acto mismo de la creación; un
acto que implica al cuerpo, una semiotización de
los signos; la presencia de un sujeto que pone en su lugar las estructuras de
lo imaginario a través del cuerpo” (2014:45). Y es que también hay
quienes ansían para sus teatralidades aquel tipo de público
espectador con discurso de curador deleuziano para con su retórica
o labor de community manager y aplauso almibarado, salven de la
mediocridad estética y técnica su propuesta.
Sin
embargo, y aunque parece que describo un ocaso, no lo hay, lo que sí hay
es crisis, un estado por el que siempre ha transitado el quehacer teatral y
seguirá
franqueando, pero “crisis” no
debería ser
sinónimo
de “pérdida
de calidad estética y técnica” y, todavía
menos, temática, en este sentido se podría tener en cuenta, al menos, las 36 situaciones trágicas
del comediógrafo Gozzi, redescubiertas, interpretadas y reformuladas por George
Polti, también comediógrafo (Ceballos, 2013), y tener más
opciones que una prometida y vacía carcajada para el público
espectador. Los resultados finales de varias propuestas que ahora se presentan
en las salas de teatro y otros escenarios intersticiales de la ciudad, sugieren
escabullirse de los procesos de investigación y experimentación, ya
no les dan el tiempo – el mínimo, si de ser esto posible – y terminan por ser
propuestas enlatadas o de engorde, poniendo de lado criterios y prácticas
colectivas y heterárquicas por intereses económicos
e institucionales en muchas ocasiones.
¿Cuántos
de los que se sumergen en el quehacer teatral lo siguen leyendo, investigando,
experimentando, debatiendo, estudiando? ¿Cuántos
ven las obras de sus colegas? ¿Cuántos
tienen en su repertorio obras escritas por dramaturgos locales?
Sin
duda, el teatro, el nuestro, parece anclado en una zona de confort decimonónica
sustentada en valores ficticios: lo incuestionable y lo infalible, sobre los
que sólo
saben el artista, el amigo del artista y el curador o crítico
si tiene el mismo nivel de cultura que el artista dice tener, ¿y el público
espectador? Siempre estará equivocado si no renuncia a su juicio razonable de
la realidad e intelecto, desligándose de esa dictadura pseudointelectual de estéticas
vacías,
políticamente
correctas. Y es que hay un público espectador que aplaude, sin análisis,
sin estudio, guardando silencio ante propuestas nefastas.
Permítanme
un paréntesis:
Público espectador: toser, encender el celular, dormirse en plena función
hasta pararse e irse en medio del espectáculo, más allá de ser una evidente falta de cultura, también
puede ser más beneficioso para una obra de teatro que si aplaude ajeno a todo sentir
y saber ante lo que vio. No le haga daño al teatro. Con estos actos, al menos, los
creadores se preguntarán: “¿Por qué?”,
si usted se distrae, si no lo atrapa la obra, si lo pone a bostezar, si lo echa
del recinto. Créame que el aplauso es el primer apunte crítico
que usted como público espectador tiene y hace de una obra de teatro. Otra
cosa, igualmente, es que los teatreros, teatristas y teatrólogos
de hoy en esta ciudad están tan alejados del debate intelectual y estético, a excepción de
unos pocos que comentan alguna que otra obra y en soliloquio para no sumar
enemigos, pues, la crítica es exigua, y tampoco hay cultura de respeto y
deliberación cuando la hay, resumiendo lo demás en reseñas o comentarios de buena fe en algún periódico o programa de radio digital que terminan siendo cortinas publicitarias.
Demasiadas son las coyunturas en las que el
Ser Humano, el mundo y el arte vienen olvidando sus puntos de apoyo y referencia, sus inicios, sus luchas por Ser y Hacer lo que hasta ahora se ha logrado, así mismo el teatro de mi ciudad como consecuencia de un entorno que llaman decrépitos teórica y técnicamente a Artaud, a Meyerhold, a Grotowski, a Barba, a Brook, a Kantor, y puede ser si no se contradijeran al momento de "hacer teatro" o ¿Qué posibilidad tiene la humanidad de enfrentarse a sí misma como advierte Miller que es el teatro, cuando éste tiene por superficie una limpidez, un "simulacro" por crítica? Toda esta
re-generación teatral es un tránsito constante, igual que lo social, lo económico,
lo político, sin embargo, doblegarnos a sólo el entretenimiento como predilección creativa con la pretensión de cultivar esa parte de la sociedad de rutinas depresivas y hasta embrutecedoras, simulando cambiarles sus universos cuando, al final, la banalización del quehacer teatral es embozado por una frivolidad general sólo por una sala llena o por un asunto de moda (Vargas Llosa, 2012), dejando a unos pocos grupos temas que fueron tabú durante mucho tiempo y empiezan a ser tratados por
el teatro de hoy, una transformación que no hay que pasar por alto y a la que nos debemos sumar.
Tal vez la respuesta a "¿Qué nos
está
proponiendo nuestro teatro de hoy?" Sea, entre otras que ustedes seguramente tienen, un escenario de burbujas autistas a las que nos convocan a presenciar el desgaste temático y a copias estéticas y técnicas mal hechas, un "teatro de la simulación" donde confunden "estilo" con "fórmula", cuando la metaforización es un ejercicio directo del imaginario enciclopédico. Y si, además, los teatreros no ven y dejan de estudiar teatro, pone en evidencia la sentencia del ya ausente Gilberto Martínez: “Quien
sólo
sabe de teatro ni de teatro sabe”.