“La
mejor experiencia para aprender qué hacer y qué no hacer en teatro es viendo
teatro”, no recuerdo de quién la escuché o dónde la leí, pero esta es una
sentencia a modo de invitación que ahora le hago a usted como lector/a y
espectador/a, aún más a los que están directamente vinculados/das con el
quehacer teatral, porque es que uno no deja de preguntarse sobre cómo hacen
teatro sin ver lo que hacen con el teatro y en el teatro: colegas, estudiantes y
aquellos profesores/ras que se arriesgan a salir de la burbuja académica.
Ahora,
sumergiéndonos más en la pretensión de este texto, en Ojo al cine
(2009), Andrés Caicedo antes de su afilado comentario/crítica a Serpico
(1973) dirigida por Sidney Lumet y protagonizada por Al Pacino, escribe que “es
más saludable defender un buen film que atacar uno malo”, porque ve en el
espectador una falsa y tal vez justificada presunción sobre que el que comenta
o critica el cine no le gusta el cine, algo parecido sucede con el teatro y sus
disertadores, comentadores, exegetas o simples críticos, cuando es lo
contrario, sólo que puede ser que, como expone Caicedo: “Quizás se comprenda
mejor un film [u obra de teatro] que se ama, quizás un mal film [u obra de
teatro] sea activante de ciertos prejuicios, que ya pertenecen a la moral del
crítico y tal vez no sostenidos por la obra misma”. [Los corchetes son míos]
La
anterior es una aclaración que me parece necesaria dado que es la primera vez
que haré una breve lista de las obras de teatro que - para mí - por su calidad
dramática, por su riesgo en la exploración de lenguajes - lo más alejados
posible del “canon convencional escénico” de Medellín - y por su “osadía” en la
propuesta y apropiación de un estilo, hacen parte de este muy personal ranking
2018.
¿Lo
haría usted? Sin importar cuáles sean sus parámetros le invito a que lo haga y
me avisa si así lo hace y conversamos.
Esta,
por ejemplo, es una lista con siete propuestas, ingenua, corta y de un
entreverado gusto estético, que sólo destacará lo vasta que es nuestra
cartelera teatral medellinense. Hágale el quite al orden, no acata ningún
carácter jerárquico, ni están valoradas de preferible a sobresaliente.
La
única condición que me puse, eso sí, es que sean propuestas de grupos locales. Gracias
por leer.
Obra: Especies de Espacios
Dramaturgia: Versión libre del
texto homónimo de Georges Perec
Dirección: Elizabeth Arias.
Fue al descubrir el grupo
francés de experimentación literaria OuLiPo creado en 1960, que tuve la
oportunidad de acercarme a Perec y, en consecuencia, a algunos de sus textos,
atrapándome su eclecticismo, su mirada hexadecagonal sobre una mismidad
sustantiva y tentacular, y su proclividad por lo consuetudinario, lo infraordinario
y sobre todo aquello que sucede cuando no está sucediendo nada.
Las cosas
y Tentativa de agotar un lugar
parisino, son los textos que mejor dan cuenta de esa predilección por lo
prosaico de este autor, y, por supuesto, Especies
de Espacios, texto en el que el protagonista es el “Espacio”, aunque
suene redundante, o a mí me sonó redundante, pero verlo en la puesta en escena
que propone Arias como lector/espectador da cuenta de que no es así.
Con esta propuesta me
sorprendí a mí mismo disfrutándola mucho; viendo como era conjugada una obra
literaria sobre otro campo semántico y semiótico como el teatral. Incluyendo el
Prólogo, la obra es una concatenación de 14 espacios que los performers
o “ejecutantes de una acción” [Ricardo y Tatiana] nos van mostrando con trazos
en el espacio escénico, y los vamos transitando, así, como sin querer, tropezando
con lo múltiple, lo fragmentado y lo diverso del espacio en nosotros y de
nosotros mismos en el espacio.
La obra es una
invitación persuasiva a habitar, a albergar, franqueando uno a uno y de forma
simultánea los espacios que a su vez nos traspasan, y dicha concatenación o eslabonamiento
de espacios, no es de forma lineal, y he aquí lo que me dejaba sin parpadeo, sino
de una forma que yo simbolizaría con la Matrioshka, la muñeca rusa, que sólo se
alberga a sí misma, y que de este modo, vi yo, cómo del espacio “página” salía
el espacio “cama” y de este surgía el espacio “habitación” que daba paso al
espacio “apartamento” para luego encontrarnos en el espacio “inmueble” y éste
en el espacio “calle” y luego el “barrio” y la “ciudad” y así sucesivamente
hasta llegar al espacio “mundo”, el de lo soñado, lo imaginado, lo inabarcable,
desbordándose todo esto en el espacio “espacio”, sobrepasándose y vuelto en sí
mismo, quedando en mí como espectador la posibilidad siguiente de volver a
ponerlo todo dentro de sí, hasta terminar en el Prólogo.
Todo este universo de
especies de espacios que describo con vertiginosa fascinación, es trazado sobre
un escenario – como dije antes – que, al principio, cree uno vacío cuando no, y
súbitamente, como espectador estás arrebujado en esa “espiral espacial”, al que
lo y la invito para que se deje llevar.
Acepten mi invitación
y vayan a verla.
Obra: La casa de Bernarda
Alba - dale café, mucho café -.
Grupo: Elemental Teatro.
Dramaturgia: Versión libre de la
obra homónima de Federico García Lorca.
Dirección: John Viana.
Esta es una “puesta
en abismo” con la que Elemental Teatro logra desligarse de la escritura
lorquiana que estruja hasta el tuétano la existencia, obstinándose en la suya
propia desde una estética neogótica, logrando desentrañar signos, generando
nuevos significados y proponiendo un lenguaje teatral auténtico y de reveladora
continuidad al trabajo exploratorio de Viana con su grupo, en consonancia
podemos destacar Diálogo en el jardín del palacio (2010), De la muerte
sin exagerar o un cielo bajo la tierra (2013) o Malditos poetas malditos
(2017), propuestas que no han salido de su repertorio y que siguen activas.
En esta versión de la
obra lorquiana se infiere la fuerza dramatúrgica del Poeta, razón por la cual sería
un pleonasmo hablar de él; ese brío y potencia dramática que develan las
palabras de G. Lorca, la encontramos en un elenco que deja “sangre en la arena”
en cada función: Cielo en la piel ofídica de Angustias; Manuela ancilada a una
especie de “sometimiento canino” en el que flota La Criada; Johana dándose paso
entre la mezquindad y las quejas de Magdalena. La acritud acibarada de Amelia
en el gesto de Angie. En el tránsito tortuoso y gradual, mientras ceba la
falacia y la envidia, Verónica se da al carácter de Martirio mientras Susana se
da al significado de ruptura que Adela simboliza ante el establishment
categórico y déspota de su madre, Bernarda.
Ya entre La Abuela,
Bernarda Alba y La Poncia se distribuyen todo lo permitido: silencios,
distancias, encierros, castigos, y todo lo que no: sentir, desear, amar, la
verdad. Estos tres personajes interpretados por Juan Pablo, John Viana y Kevin
respectivamente, superan esos argumentos maniqueos producto de la
discriminación sexista y no porque sean hombres “haciendo de” mujeres, sino
porque son hombres/mujeres.
En la propuesta Viana
no escatima nada para dar cuenta de lo vivos y actuales que son los Personajes,
sus conflictos, deseos y frustraciones; logrando ser tan cotidianamente reales
y desesperanzadores que resalta la connotación decimonónica en la que todavía
navega esta sociedad machista, homofóbica, xenófoba y aporofóbica.
Es una obra que en el
2019 seguirá llenando teatros y que así sea.
Obra: Prestidigitación.
Grupo: DeRReojo Teatro
Dirección y dramaturgia: Ricardo España.
Es la habilidad en el
trucaje, esa pericia en la manipulación de la “realidad de los objetos” lo que
en suma es la prestidigitación. Cambiar de lugar las cosas o de color o de
forma o simplemente hacerlas desaparecer y todo a la vista de los espectadores,
sin embargo, en esta propuesta teatral, truco es artimaña o treta y en lugar de
habilidad, diría que es la mal llamada astucia o sagacidad del carroñero
hambriento que cunde este país, a la vista, ya no sólo de espectadores, sino de
cómplices, que sucede el “acto de magia”, pero ya no una desaparición – algo a
lo que todavía no nos acostumbramos por suerte y por el trabajo acérrimo de
líderes y lideresas sociales –, sino una aparición ¡dos apariciones! Pero cuál
más fantasmagórica, si la de un hombre que regresa a su hogar – si regresar es
volver a ese punto en el que creemos que todo se detuvo – con la esperanza
egoísta de seguir siendo cuando ya todo ha dejado de ser, o mejor, ya no es,
porque la ausencia mata la esperanza en los otros y construye el olvido. O la
mujer que tiene por hija sus huesos exhumados de una fosa común y
“regresa/aparece” en ese momento que limpia las falanges de lo que antes eran
manos o su fémur de lo que en su momento fueron pasos o su cráneo que sigue siendo
el lugar de sus pensamientos y la piensa y ella, su hija, regresa como por arte
de amor y magia.
Un buen elenco, una
buena propuesta espacial “no convencional” y una buena historia. No dejen de ir
a verla.
Obra: Doppelgänger [en
alemán, “el doble que camina”]
Grupo: Una co-producción
entre las compañías Berrobambán de Galicia, España y Arca de N.O.E. de
Medellín, Colombia.
Dramaturgia: Paula Carballeira. Dirección:
Chiqui Pereira.
Fue una única función
en modo pre-estreno. Fue el 25 de septiembre en Elemental Teatro. Fue una propuesta
que asaltó, aunque vacilante y movediza, y a su vez belicosa, los
confinamientos y líneas al borde de lo que coarta nuestra “tribu teatral”: el
Dogma.
Doppelgänger, ha sido
para mí y a nivel local, por supuesto, el mejor tratamiento a la simultaneidad,
a lo que podríamos tomar por ambiguo y adjetivarlo de polivalente.
Esta propuesta fue una
clara experiencia sobre uno de los primeros niveles a los que podemos llegar si
eliminamos la dialéctica entre el texto dramatúrgico/literario y el texto
dramatúrgico/escénico. Una propuesta inconclusa - en palabras del director -,
que llegó a desajustar o por lo menos a desordenar un poco la “zona de confort”
del espectador/a indulgente y de aplausos complaciente, al haber sido confrontado
con una obra desprendida de las “escrituras teatrales no dramáticas”.
No encuentro cómo
poner una sinopsis, excepto describir lo que veía, pero no lo haré porque
“mataría el poema”, sin embargo, el siguiente fragmento podría dar cuenta de su
fábula o mythos: “A mi lado siento a alguien que no soy yo, pero que se me
parece como una sombra o un reflejo. Me mira, me juzga, me quiere, me odia.
Vivimos en el mismo país, pero tenemos ideas opuestas. Es mi rival, mi enemigo.
Yo soy su rival, su enemigo. Está en el otro bando. Estoy en el otro bando.
Quiero destruirlo y al mismo tiempo lo necesito. Es él o yo. Ambos o ninguno. Es
la guerra. La Guerra Civil. La lucha fratricida. Es mi conciencia. Es mi
memoria. Es mi olvido. Es la posibilidad o no de vivir en paz conmigo mismo”.
Es una obra que
espero veamos “terminada”.
Obra: Esperpentos o la
suerte de X333
Grupo: El Pulpo, teatro
físico.
Dramaturgia: Versión libre de
“The applicant” de Harold Pinter
Dirección: Juan Fernando
Vanegas Vasco
Poner en escena a Beckett,
a Tardieu o a Pinter, no deja de ser un riesgo, siempre será un riesgo, porque
no son complacientes con el público expectante y muy contrario a su pensamiento
acrítico; son ellos, junto a Genet, Arrabal, Albee, entre otros, siempre
desconcertantes por lo ya juiciosamente manoseado el concepto de “teatro del
absurdo”, que en palabras de Ionesco: “Absurdo es lo desprovisto de propósito…
Separado de sus raíces religiosas, metafísicas y trascendentales, el hombre
está perdido, todas sus acciones se transforman en algo falto de sentido,
absurdo, inútil”. (Esslin, 1964: 15) Y qué bien estas palabras describen la
propuesta de El Pulpo, a la que le suman Daniel Baena y Erik Sebastián una
“poética corporal” de evidente trabajo exploratorio con disciplina y estudio,
originando un lenguaje poco convencional y nada parecido al “naturalista” que
nos tienen acostumbrados gran parte de los grupos de la ciudad.
A modo de sinopsis:
En pasmosa calma, en un espacio blanco, aséptico y elegantemente distópico que
hace de oficina, es recibido un solicitante de empleo que es víctima de un
entrevistador de sutileza disimulada, pero acechante, hasta casi reducir a un
último aliento al solicitante para probarlo y, finalmente, aprobarlo tras
varios exámenes físicos y verbales.
A esta propuesta
estrenada el 1/Nov/2017 y que tuvo una excelente proyección en este 2018, les
invito a que la vean, si quieren tener una experiencia sobre la refuncionalización de una dramática creada
a partir de unos cuerpos atravesados por una partitura de movimientos en
deconstrucción de los personajes y una buena composición desde su dirección
escénica, y que seguro tendrá su temporada en el próximo 2019.
Obra: Bio-lencia
Grupo: Anamnésico Colectivo
Teatral
Dramaturgia: Basada en el texto:
Para contribuir a la confusión general de Aldo Pellegrini.
Dirección: Felipe Caicedo.
Caicedo con su
colectivo teatral nos ha puesto como espectadores o en la incertidumbre de
estar “contra la pared” o en el vértigo de la cuerda floja. Asistir a las
(a)puestas escénicas de Anamnésico Teatro es hacerse partícipe, literalmente,
de un pluriverso poco ligero y de difícil asimilación como sucede en esta
propuesta basada en el texto del surrealista argentino Aldo Pellegrini.
Son cuatro cuadros o
“poescenas” [poemas visuales en escena] – así son concebidas por el grupo mismo
–, aunque quiero agregar la “poescena” que basaron en el texto de Juan Villoro:
Conferencia sobre la lluvia, por su (a)puesta técnica y estética, por supuesto;
así serían cinco fuerzas subversivas, presentadas en un orden aleatorio
propuesto por el público espectador en un juego provocador de (re)presentación
en el que su devenir escénico, más allá de su mímesis o representación, es de
un inconformismo con el modelo de “realidad teatral” evidente en una
re-creación, si bien textocentrista, de “puesta-en-juego” polifónica y
policromática que recrudece la complejidad de las relaciones humanas.
Es una propuesta que
seguramente tendrá más temporadas en el 2019, no la dejen pasar de largo.
Obra: #1984
Grupo: Teatro Escarlata.
Dramaturgia: A-versión de “1984”
de George Orwell
Dirección: Sergio Dávila
Teatro Escarlata es el
nombre de un grupo que apenas está surgiendo en la ciudad, es el más joven de
esta lista, creo yo, pero por quienes hasta ahora se han parado tras y en la
escena en su nombre, estaríamos prestos como espectadores comprometidos con el
teatro de la ciudad, a seguirles la pista, yo les estoy siguiendo la pista.
Hasta ahora sólo
tienen dos piezas puestas al público: una versión de El almuerzo desnudo de W.
S. Burroughs (2017), la primera y la segunda, esta: #1984, una propuesta que
gravita en esa sociedad orwelliana, que imaginaria o ficticia es en sí misma
despreciada como una realidad posible. Es una Londres distópica la que fue
descrita por Orwell hace 64 años (1947) como una novela de ficción cuando es
casi un inventario profético del estado sociológico y geopolítico en el que
ahora está instalado el siglo XXI, y Teatro Escarlata nos la pone de frente – a
esa sociedad/humanidad antiutópica – y sin consideración alguna como público
espectador [¿o diría vigilante y omnipresente?], transfigura por identificación
con Julia o Winston [siendo los verdaderos “personajes” orwellianos la actriz
Tatiana, el actor Sergio y nosotros como espectadores: “los pobres y
entretenidos para que no podamos rebelarnos”].
En esta a-versión [como
lo cataloga el grupo] estamos alojados y batallando contra el totalitarismo, no
desde el Ministerio de la Paz, el de la Verdad o la Abundancia, sino desde el
de la sala de torturas, expiación y readoctrinamiento: el Ministerio del Amor -
Habitación 101.
La puesta en escena
provocó en mí un sofoco por ahogo y angustia, llevado hasta el hartazgo y el
tedio por Julia/Tatiana/ElGranHermano sobre Winston/Sergio, mientras el relato
escénico se me antojó entre la corriente artística del Minimalismo
potencializada con la vanguardia de aquel Futurismo del mundo moderno: el de
las máquinas, también bisagras de los guiños al expresionismo de Fritz Lang o
al de Kafka, a las distopías de Jean Luc Godard, Aldous Huxley, Pier Paolo Pasolini
y Ray Bradbury, por mencionar algunos posibles lugares de ineludible referencia
del cine y la literatura.
Huxley dijo alguna
vez que “la experiencia no es lo que le sucede al hombre, sino lo que el hombre
hace con lo que le sucede”, y “1984” es el “ahora” como suceso, desde muchos
puntos de convergencia y divergencia, por el que parecemos alienados como
Teatro Escarlata en su a-versión nos lo grita, recordándonos las herramientas
propagandísticas de sometimiento desmoralizador y represor al pensamiento
crítico.
Véanla y participen
de ella. Y cuídense que “el Gran Hermano los ama, los cuida y los vigila”.
A modo de epílogo,
quiero compartirles un aparte del texto que Liliana Alzate escribe para Kiosko
Teatral - Bogotá, participando del Esto-vi en el 2018.
“Como cierre invito a
revisar a los directores de las escuelas de arte dramático de la ciudad sobre
las posturas foráneas que alinean nuestras poéticas y evidencian un pensamiento
colonial en la construcción del conocimiento teatral de nuestro país. También
incito a los jóvenes estudiantes y creadores escénicos a pensar el hecho escénico
nacional en pleno conocimiento de la otra historia teatral latinoamericana
pues, el que no reconoce su memoria está sentenciado a repetirse. Y así como
marchamos por el derecho a la educación pública exijamos cátedras de reflexión
crítica que dialoguen con nuestra historia teatral latinoamericana, que
reconozcan las teatralidades diversas (indio, afro, femenino, queer, y más), en
el arte colombiano. Pidamos profesores que indaguen y debatan las nuevas claves
de lectura de los discursos teóricos actuales y la práctica expandidas de
nuestros territorios, para lograr diálogos enriquecedores entre generaciones
que construyan un pensamiento propio para el público y la creación futura.
Resistamos a la mentalidad
posmoderna, occidental canónica asentada en la academia clásica, donde la
revisión de nuestro trasegar creativo y nuestras experiencias estéticas suenan
rancias y desactualizadas. Pues es evidente la vigencia de los discursos que
aún viven en nuestro territorio como lugares de exclusión, marginación o
privación de derechos. Solo si reconocemos nuestra propia interculturalidad de
la cual estamos hechos, podremos enfrentar nuestro pasado con dignidad y
capacidad transformadora. Y entonces, tal vez por fin reconocer nuestro
que-hacer escénico conjunto como arte vigente e imprescindible.
Por último invito a promover
la creación de espacios para los espectadores, que dialoguen mensualmente con
la academia, los investigadores y los creadores nacionales. Para así poder
presentar la diversidad de reflexiones que posibilitan la capacidad de
actualizar nuestros actos performativos en el teatro”.
**Este artículo lo escribí para SalaLLena.com: