jueves, 31 de enero de 2019

Encuentro de kamikazes del teatro en Medellín*


En Medellín hace ya cinco años la cartelera teatral eleva su telón por primera vez en el año, diríamos que con un Festival - y así, sin comillas -, porque de eso se trata el Encuentro de Monólogos que llega en este 2019 a su quinta versión. Una cita ya para algunos grupos y espectadores de sagrada asistencia desde su versión número uno y para otros, propios y ajenos del quehacer creativo de la representación teatral, una convocatoria de infaltable participación.
Ahora le pregunto: ¿usted que ya suma o se sumará a los más de 3.700 asistentes que hasta ahora se han reunido en los pasados encuentros, sabe de qué hablamos cuando hablamos de monólogo? Ya sabemos que la organización del evento encabezada por Edwin García “El Molo”, es colosal, sin duda nada fácil, ya que para celebrar el teatro hay que pasar por “las verdes y las maduras” como dicta la sabiduría popular, no obstante, quiero apuntar en este texto hacia lo que en muchas ocasiones termina siendo una falsa suposición cuando creemos que monólogo es un término cierto e incontestable en el momento que lo referenciamos con clichés conceptuales o lugares comunes, lo que para mí incrementa el valor y el reconocimiento al reto que se viene proponiendo “El Molo” cada año con este Encuentro de “actores/actrices kamikazes”.
“Hacer teatro es crear presente”, nos dice Serrano (2015: 13), y esto es lo que debe lograr un actor/actriz sin partner o compañero/compañera escénica, pese a ello, no se debe decir que está solo/sola porque, y aquí estriba la dificultad mayor que tiene el actor o la actriz que decide hacer un monólogo, se tiene así mismo/misma, tiene todo lo que pueda arañarle a la escenificación de la puesta en escena e incluso tiene al público, para articular la fábula con la ya muy depreciada acción dramática, y esto bajo – con – contra – entre y sobre los criterios de la espacialidad, la temporalidad y el personaje; así, es todo un Universo el que debe elaborar un (1) solo actor/actriz, por lo que creo legitima llamarles “actores/actrices kamikazes” y que en este 5° Encuentro de Monólogos van a asaltar la escena, van a embestirla por lo menos 10 grupos locales, 5 nacionales y 2 internacionales en varios espacios de la ciudad incluyendo la Plazuela San Ignacio.
Discusión técnica aparte, el actor/actriz es el que hace, el que acciona, como lo apunta Aristóteles en su Poética: “representación [...] de acción” como fundamento de la mímesis. Sin embargo, hay una crisis de la acción. Sabemos que finalizando el siglo XIX, hubo un descentramiento de ésta, e incluso una fragmentación si vamos a la dramaturgia chejoviana, por ejemplo, o ya una postura radical a su eliminación si buscamos reconocerla en el “teatro estático” de Maeterlinck, que proponía “movimientos de otra naturaleza: movimientos ❛del alma❜”. También podríamos recurrir como lo sugiere Sarrazac a los tres niveles que señala Michel Vinaver y con los cuales dice, puede ser aprehendida la acción de una pieza teatral: la acción conjunto, la acción detalle y la acción molecular (Sarrazac, 2013: 38), pese a ello, y es lo que quiero decir, el actor/actriz – de actus (acto) y agere (llevar a cabo): el que hace la acción – es el que, por su compromiso corporal en el hacer, puede en consecuencia hablar y sentir desde el lugar del personaje, diferenciándose del que sólo habla como el orador/a o del que sólo siente o padece como el performer o ejecutante de una acción física, o del que sólo expone el mundo describiéndolo con su cuerpo como el bailarín/a o mimo (Serrano, 2015: 25).
De este 5° Encuentro de Monólogos que da apertura el próximo 10 de enero en el Matacandelas con el grupo Frastricida y su propuesta El atravesado, y una velada poética, he visto algunas obras como La balada de la P. de la Casa del teatro; las dos obras que serán presentadas en la Plazuela San Ignacio: Tribulaciones de un abogado que quiso ser actor y Monólogo para una actriz triste con Ramiro Tejada y Nora Quintero respectivamente, un actor y una actriz que ya, sin duda, hacen parte de la historia teatral de la ciudad; los grupos con las obras que reúne la Noche Poe en la terraza del Claustro de Comfama: El Trueque con Corazón delator, Elemental teatro con El gato negro y el grupo Frastricida con El cuervo. Hay danza contemporánea con el grupo Malas compañías y títeres con el grupo Jabru Teatro. Ya he visto al imperdible Cicuta teatro que viene desde Pereira y al muy recomendado Camilo Colmenares que viene de Bogotá con su propuesta “Yo no me llamo Freddie Mercury”. En fin, ya les había dicho que son más de 20 obras las que hacen parte de este encuentro con las artes escénicas, con todo esto y estimulado por uno de los objetivos del mismo encuentro: “replantear la mirada del espectador sobre el monólogo”, quise escribirle a usted, más como espectador del quehacer teatral que como hacedor, para movilizarle un poco ciertos conceptos legados de forma acrítica o contaminados por la condición pluridisciplinar del ahora llamado teatro contemporáneo, que silencian “el trabajo de carpintería” que tiene el actor o la actriz cuando deciden ser el único vehículo de complejos procesos inter e intrasubjetivos, entreabriendo la puerta para sacar ese denso manierismo promovido por las instituciones mercantiles dominantes, sustituyendo un resultado con proceso, estudio y experimentación por un simple diseño en el discurso.
Llegando a este punto, sólo queda la invitación a que inicien con este 5° Encuentro de Monólogos su cita semanal con el teatro de la ciudad por todo el año. 
Gracias por leer, comentar y compartir.
A modo de coda: De pie estoy aplaudiendo por el milagro vivo escénico teatral que cumple 40 años y tiene por nombre Matacandelas. Mi sombrero con cuero cabelludo a su director Cristóbal Peláez. Larga vida y mucha mierda.

* Este artículo lo escribí para SalaLlena.com:
https://www.salallena.com/noticias/Encuentro-de-kamikazes-del-teatro-en-Medell%C3%ADn/110

domingo, 6 de enero de 2019

El 2018 en siete obras de teatro y un epílogo para el 2019 **




“La mejor experiencia para aprender qué hacer y qué no hacer en teatro es viendo teatro”, no recuerdo de quién la escuché o dónde la leí, pero esta es una sentencia a modo de invitación que ahora le hago a usted como lector/a y espectador/a, aún más a los que están directamente vinculados/das con el quehacer teatral, porque es que uno no deja de preguntarse sobre cómo hacen teatro sin ver lo que hacen con el teatro y en el teatro: colegas, estudiantes y aquellos profesores/ras que se arriesgan a salir de la burbuja académica.
Ahora, sumergiéndonos más en la pretensión de este texto, en Ojo al cine (2009), Andrés Caicedo antes de su afilado comentario/crítica a Serpico (1973) dirigida por Sidney Lumet y protagonizada por Al Pacino, escribe que “es más saludable defender un buen film que atacar uno malo”, porque ve en el espectador una falsa y tal vez justificada presunción sobre que el que comenta o critica el cine no le gusta el cine, algo parecido sucede con el teatro y sus disertadores, comentadores, exegetas o simples críticos, cuando es lo contrario, sólo que puede ser que, como expone Caicedo: “Quizás se comprenda mejor un film [u obra de teatro] que se ama, quizás un mal film [u obra de teatro] sea activante de ciertos prejuicios, que ya pertenecen a la moral del crítico y tal vez no sostenidos por la obra misma”. [Los corchetes son míos]
La anterior es una aclaración que me parece necesaria dado que es la primera vez que haré una breve lista de las obras de teatro que - para mí - por su calidad dramática, por su riesgo en la exploración de lenguajes - lo más alejados posible del “canon convencional escénico” de Medellín - y por su “osadía” en la propuesta y apropiación de un estilo, hacen parte de este muy personal ranking 2018.
¿Lo haría usted? Sin importar cuáles sean sus parámetros le invito a que lo haga y me avisa si así lo hace y conversamos.
Esta, por ejemplo, es una lista con siete propuestas, ingenua, corta y de un entreverado gusto estético, que sólo destacará lo vasta que es nuestra cartelera teatral medellinense. Hágale el quite al orden, no acata ningún carácter jerárquico, ni están valoradas de preferible a sobresaliente.
La única condición que me puse, eso sí, es que sean propuestas de grupos locales. Gracias por leer.

Obra: Especies de Espacios
Dramaturgia: Versión libre del texto homónimo de Georges Perec
Dirección: Elizabeth Arias.

Fue al descubrir el grupo francés de experimentación literaria OuLiPo creado en 1960, que tuve la oportunidad de acercarme a Perec y, en consecuencia, a algunos de sus textos, atrapándome su eclecticismo, su mirada hexadecagonal sobre una mismidad sustantiva y tentacular, y su proclividad por lo consuetudinario, lo infraordinario y sobre todo aquello que sucede cuando no está sucediendo nada.
Las cosas y Tentativa de agotar un lugar parisino, son los textos que mejor dan cuenta de esa predilección por lo prosaico de este autor, y, por supuesto, Especies de Espacios, texto en el que el protagonista es el “Espacio”, aunque suene redundante, o a mí me sonó redundante, pero verlo en la puesta en escena que propone Arias como lector/espectador da cuenta de que no es así.
Con esta propuesta me sorprendí a mí mismo disfrutándola mucho; viendo como era conjugada una obra literaria sobre otro campo semántico y semiótico como el teatral. Incluyendo el Prólogo, la obra es una concatenación de 14 espacios que los performers o “ejecutantes de una acción” [Ricardo y Tatiana] nos van mostrando con trazos en el espacio escénico, y los vamos transitando, así, como sin querer, tropezando con lo múltiple, lo fragmentado y lo diverso del espacio en nosotros y de nosotros mismos en el espacio.
La obra es una invitación persuasiva a habitar, a albergar, franqueando uno a uno y de forma simultánea los espacios que a su vez nos traspasan, y dicha concatenación o eslabonamiento de espacios, no es de forma lineal, y he aquí lo que me dejaba sin parpadeo, sino de una forma que yo simbolizaría con la Matrioshka, la muñeca rusa, que sólo se alberga a sí misma, y que de este modo, vi yo, cómo del espacio “página” salía el espacio “cama” y de este surgía el espacio “habitación” que daba paso al espacio “apartamento” para luego encontrarnos en el espacio “inmueble” y éste en el espacio “calle” y luego el “barrio” y la “ciudad” y así sucesivamente hasta llegar al espacio “mundo”, el de lo soñado, lo imaginado, lo inabarcable, desbordándose todo esto en el espacio “espacio”, sobrepasándose y vuelto en sí mismo, quedando en mí como espectador la posibilidad siguiente de volver a ponerlo todo dentro de sí, hasta terminar en el Prólogo.
Todo este universo de especies de espacios que describo con vertiginosa fascinación, es trazado sobre un escenario – como dije antes – que, al principio, cree uno vacío cuando no, y súbitamente, como espectador estás arrebujado en esa “espiral espacial”, al que lo y la invito para que se deje llevar.
Acepten mi invitación y vayan a verla.

Obra: La casa de Bernarda Alba - dale café, mucho café -.
Grupo: Elemental Teatro.
Dramaturgia: Versión libre de la obra homónima de Federico García Lorca.
Dirección: John Viana.

Esta es una “puesta en abismo” con la que Elemental Teatro logra desligarse de la escritura lorquiana que estruja hasta el tuétano la existencia, obstinándose en la suya propia desde una estética neogótica, logrando desentrañar signos, generando nuevos significados y proponiendo un lenguaje teatral auténtico y de reveladora continuidad al trabajo exploratorio de Viana con su grupo, en consonancia podemos destacar Diálogo en el jardín del palacio (2010), De la muerte sin exagerar o un cielo bajo la tierra (2013) o Malditos poetas malditos (2017), propuestas que no han salido de su repertorio y que siguen activas.
En esta versión de la obra lorquiana se infiere la fuerza dramatúrgica del Poeta, razón por la cual sería un pleonasmo hablar de él; ese brío y potencia dramática que develan las palabras de G. Lorca, la encontramos en un elenco que deja “sangre en la arena” en cada función: Cielo en la piel ofídica de Angustias; Manuela ancilada a una especie de “sometimiento canino” en el que flota La Criada; Johana dándose paso entre la mezquindad y las quejas de Magdalena. La acritud acibarada de Amelia en el gesto de Angie. En el tránsito tortuoso y gradual, mientras ceba la falacia y la envidia, Verónica se da al carácter de Martirio mientras Susana se da al significado de ruptura que Adela simboliza ante el establishment categórico y déspota de su madre, Bernarda.
Ya entre La Abuela, Bernarda Alba y La Poncia se distribuyen todo lo permitido: silencios, distancias, encierros, castigos, y todo lo que no: sentir, desear, amar, la verdad. Estos tres personajes interpretados por Juan Pablo, John Viana y Kevin respectivamente, superan esos argumentos maniqueos producto de la discriminación sexista y no porque sean hombres “haciendo de” mujeres, sino porque son hombres/mujeres.
En la propuesta Viana no escatima nada para dar cuenta de lo vivos y actuales que son los Personajes, sus conflictos, deseos y frustraciones; logrando ser tan cotidianamente reales y desesperanzadores que resalta la connotación decimonónica en la que todavía navega esta sociedad machista, homofóbica, xenófoba y aporofóbica.
Es una obra que en el 2019 seguirá llenando teatros y que así sea.

Obra: Prestidigitación.
Grupo: DeRReojo Teatro
Dirección y dramaturgia: Ricardo España.

Es la habilidad en el trucaje, esa pericia en la manipulación de la “realidad de los objetos” lo que en suma es la prestidigitación. Cambiar de lugar las cosas o de color o de forma o simplemente hacerlas desaparecer y todo a la vista de los espectadores, sin embargo, en esta propuesta teatral, truco es artimaña o treta y en lugar de habilidad, diría que es la mal llamada astucia o sagacidad del carroñero hambriento que cunde este país, a la vista, ya no sólo de espectadores, sino de cómplices, que sucede el “acto de magia”, pero ya no una desaparición – algo a lo que todavía no nos acostumbramos por suerte y por el trabajo acérrimo de líderes y lideresas sociales –, sino una aparición ¡dos apariciones! Pero cuál más fantasmagórica, si la de un hombre que regresa a su hogar – si regresar es volver a ese punto en el que creemos que todo se detuvo – con la esperanza egoísta de seguir siendo cuando ya todo ha dejado de ser, o mejor, ya no es, porque la ausencia mata la esperanza en los otros y construye el olvido. O la mujer que tiene por hija sus huesos exhumados de una fosa común y “regresa/aparece” en ese momento que limpia las falanges de lo que antes eran manos o su fémur de lo que en su momento fueron pasos o su cráneo que sigue siendo el lugar de sus pensamientos y la piensa y ella, su hija, regresa como por arte de amor y magia.
Un buen elenco, una buena propuesta espacial “no convencional” y una buena historia. No dejen de ir a verla.

Obra: Doppelgänger [en alemán, “el doble que camina”]
Grupo: Una co-producción entre las compañías Berrobambán de Galicia, España y Arca de N.O.E. de Medellín, Colombia.
Dramaturgia: Paula Carballeira. Dirección: Chiqui Pereira.

Fue una única función en modo pre-estreno. Fue el 25 de septiembre en Elemental Teatro. Fue una propuesta que asaltó, aunque vacilante y movediza, y a su vez belicosa, los confinamientos y líneas al borde de lo que coarta nuestra “tribu teatral”: el Dogma.
Doppelgänger, ha sido para mí y a nivel local, por supuesto, el mejor tratamiento a la simultaneidad, a lo que podríamos tomar por ambiguo y adjetivarlo de polivalente.
Esta propuesta fue una clara experiencia sobre uno de los primeros niveles a los que podemos llegar si eliminamos la dialéctica entre el texto dramatúrgico/literario y el texto dramatúrgico/escénico. Una propuesta inconclusa - en palabras del director -, que llegó a desajustar o por lo menos a desordenar un poco la “zona de confort” del espectador/a indulgente y de aplausos complaciente, al haber sido confrontado con una obra desprendida de las “escrituras teatrales no dramáticas”.
No encuentro cómo poner una sinopsis, excepto describir lo que veía, pero no lo haré porque “mataría el poema”, sin embargo, el siguiente fragmento podría dar cuenta de su fábula o mythos: “A mi lado siento a alguien que no soy yo, pero que se me parece como una sombra o un reflejo. Me mira, me juzga, me quiere, me odia. Vivimos en el mismo país, pero tenemos ideas opuestas. Es mi rival, mi enemigo. Yo soy su rival, su enemigo. Está en el otro bando. Estoy en el otro bando. Quiero destruirlo y al mismo tiempo lo necesito. Es él o yo. Ambos o ninguno. Es la guerra. La Guerra Civil. La lucha fratricida. Es mi conciencia. Es mi memoria. Es mi olvido. Es la posibilidad o no de vivir en paz conmigo mismo”.
Es una obra que espero veamos “terminada”.

Obra: Esperpentos o la suerte de X333
Grupo: El Pulpo, teatro físico.
Dramaturgia: Versión libre de “The applicant” de Harold Pinter
Dirección: Juan Fernando Vanegas Vasco

Poner en escena a Beckett, a Tardieu o a Pinter, no deja de ser un riesgo, siempre será un riesgo, porque no son complacientes con el público expectante y muy contrario a su pensamiento acrítico; son ellos, junto a Genet, Arrabal, Albee, entre otros, siempre desconcertantes por lo ya juiciosamente manoseado el concepto de “teatro del absurdo”, que en palabras de Ionesco: “Absurdo es lo desprovisto de propósito… Separado de sus raíces religiosas, metafísicas y trascendentales, el hombre está perdido, todas sus acciones se transforman en algo falto de sentido, absurdo, inútil”. (Esslin, 1964: 15) Y qué bien estas palabras describen la propuesta de El Pulpo, a la que le suman Daniel Baena y Erik Sebastián una “poética corporal” de evidente trabajo exploratorio con disciplina y estudio, originando un lenguaje poco convencional y nada parecido al “naturalista” que nos tienen acostumbrados gran parte de los grupos de la ciudad.
A modo de sinopsis: En pasmosa calma, en un espacio blanco, aséptico y elegantemente distópico que hace de oficina, es recibido un solicitante de empleo que es víctima de un entrevistador de sutileza disimulada, pero acechante, hasta casi reducir a un último aliento al solicitante para probarlo y, finalmente, aprobarlo tras varios exámenes físicos y verbales.  
A esta propuesta estrenada el 1/Nov/2017 y que tuvo una excelente proyección en este 2018, les invito a que la vean, si quieren tener una experiencia sobre la refuncionalización de una dramática creada a partir de unos cuerpos atravesados por una partitura de movimientos en deconstrucción de los personajes y una buena composición desde su dirección escénica, y que seguro tendrá su temporada en el próximo 2019.

Obra: Bio-lencia
Grupo: Anamnésico Colectivo Teatral
Dramaturgia: Basada en el texto: Para contribuir a la confusión general de Aldo Pellegrini.
Dirección: Felipe Caicedo.

Caicedo con su colectivo teatral nos ha puesto como espectadores o en la incertidumbre de estar “contra la pared” o en el vértigo de la cuerda floja. Asistir a las (a)puestas escénicas de Anamnésico Teatro es hacerse partícipe, literalmente, de un pluriverso poco ligero y de difícil asimilación como sucede en esta propuesta basada en el texto del surrealista argentino Aldo Pellegrini.
Son cuatro cuadros o “poescenas” [poemas visuales en escena] – así son concebidas por el grupo mismo –, aunque quiero agregar la “poescena” que basaron en el texto de Juan Villoro: Conferencia sobre la lluvia, por su (a)puesta técnica y estética, por supuesto; así serían cinco fuerzas subversivas, presentadas en un orden aleatorio propuesto por el público espectador en un juego provocador de (re)presentación en el que su devenir escénico, más allá de su mímesis o representación, es de un inconformismo con el modelo de “realidad teatral” evidente en una re-creación, si bien textocentrista, de “puesta-en-juego” polifónica y policromática que recrudece la complejidad de las relaciones humanas.
Es una propuesta que seguramente tendrá más temporadas en el 2019, no la dejen pasar de largo.

Obra: #1984
Grupo: Teatro Escarlata.
Dramaturgia: A-versión de “1984” de George Orwell
Dirección: Sergio Dávila

Teatro Escarlata es el nombre de un grupo que apenas está surgiendo en la ciudad, es el más joven de esta lista, creo yo, pero por quienes hasta ahora se han parado tras y en la escena en su nombre, estaríamos prestos como espectadores comprometidos con el teatro de la ciudad, a seguirles la pista, yo les estoy siguiendo la pista.
Hasta ahora sólo tienen dos piezas puestas al público: una versión de El almuerzo desnudo de W. S. Burroughs (2017), la primera y la segunda, esta: #1984, una propuesta que gravita en esa sociedad orwelliana, que imaginaria o ficticia es en sí misma despreciada como una realidad posible. Es una Londres distópica la que fue descrita por Orwell hace 64 años (1947) como una novela de ficción cuando es casi un inventario profético del estado sociológico y geopolítico en el que ahora está instalado el siglo XXI, y Teatro Escarlata nos la pone de frente – a esa sociedad/humanidad antiutópica – y sin consideración alguna como público espectador [¿o diría vigilante y omnipresente?], transfigura por identificación con Julia o Winston [siendo los verdaderos “personajes” orwellianos la actriz Tatiana, el actor Sergio y nosotros como espectadores: “los pobres y entretenidos para que no podamos rebelarnos”].
En esta a-versión [como lo cataloga el grupo] estamos alojados y batallando contra el totalitarismo, no desde el Ministerio de la Paz, el de la Verdad o la Abundancia, sino desde el de la sala de torturas, expiación y readoctrinamiento: el Ministerio del Amor - Habitación 101.
La puesta en escena provocó en mí un sofoco por ahogo y angustia, llevado hasta el hartazgo y el tedio por Julia/Tatiana/ElGranHermano sobre Winston/Sergio, mientras el relato escénico se me antojó entre la corriente artística del Minimalismo potencializada con la vanguardia de aquel Futurismo del mundo moderno: el de las máquinas, también bisagras de los guiños al expresionismo de Fritz Lang o al de Kafka, a las distopías de Jean Luc Godard, Aldous Huxley, Pier Paolo Pasolini y Ray Bradbury, por mencionar algunos posibles lugares de ineludible referencia del cine y la literatura.
Huxley dijo alguna vez que “la experiencia no es lo que le sucede al hombre, sino lo que el hombre hace con lo que le sucede”, y “1984” es el “ahora” como suceso, desde muchos puntos de convergencia y divergencia, por el que parecemos alienados como Teatro Escarlata en su a-versión nos lo grita, recordándonos las herramientas propagandísticas de sometimiento desmoralizador y represor al pensamiento crítico.
Véanla y participen de ella. Y cuídense que “el Gran Hermano los ama, los cuida y los vigila”.

A modo de epílogo, quiero compartirles un aparte del texto que Liliana Alzate escribe para Kiosko Teatral - Bogotá, participando del Esto-vi en el 2018.

“Como cierre invito a revisar a los directores de las escuelas de arte dramático de la ciudad sobre las posturas foráneas que alinean nuestras poéticas y evidencian un pensamiento colonial en la construcción del conocimiento teatral de nuestro país. También incito a los jóvenes estudiantes y creadores escénicos a pensar el hecho escénico nacional en pleno conocimiento de la otra historia teatral latinoamericana pues, el que no reconoce su memoria está sentenciado a repetirse. Y así como marchamos por el derecho a la educación pública exijamos cátedras de reflexión crítica que dialoguen con nuestra historia teatral latinoamericana, que reconozcan las teatralidades diversas (indio, afro, femenino, queer, y más), en el arte colombiano. Pidamos profesores que indaguen y debatan las nuevas claves de lectura de los discursos teóricos actuales y la práctica expandidas de nuestros territorios, para lograr diálogos enriquecedores entre generaciones que construyan un pensamiento propio para el público y la creación futura.
            Resistamos a la mentalidad posmoderna, occidental canónica asentada en la academia clásica, donde la revisión de nuestro trasegar creativo y nuestras experiencias estéticas suenan rancias y desactualizadas. Pues es evidente la vigencia de los discursos que aún viven en nuestro territorio como lugares de exclusión, marginación o privación de derechos. Solo si reconocemos nuestra propia interculturalidad de la cual estamos hechos, podremos enfrentar nuestro pasado con dignidad y capacidad transformadora. Y entonces, tal vez por fin reconocer nuestro que-hacer escénico conjunto como arte vigente e imprescindible.
            Por último invito a promover la creación de espacios para los espectadores, que dialoguen mensualmente con la academia, los investigadores y los creadores nacionales. Para así poder presentar la diversidad de reflexiones que posibilitan la capacidad de actualizar nuestros actos performativos en el teatro”.



**Este artículo lo escribí para SalaLLena.com: