"Lo que no te gusta de mi propuesta teatral mejóralo en tu propuesta."
Por
lo menos en el tiempo que llevo haciendo el ejercicio de aprender y hacerme en
el quehacer teatral hace algunos años, he comprendido, entre otras muchas cosas,
dos importantes para este momento:
1. – Que no se debe
dejar de hacer el ejercicio de aprender, y parte importante de este ejercicio,
no claro para todos, es ver – de asistir a los teatros y ser parte del
acontecimiento teatral – las propuestas de los demás, salir del ostracismo en
el que muchos prefieren quedarse, intocables. No puede ser argumento de nuestra
crítica la opinión de terceros, al referirse a una propuesta, ya hay
demasiado magíster en teatro que no
hace teatro.
2. – "Un hombre no es otra cosa que lo que hace
de sí mismo", escribió Sartre. Y un artista todavía más, es decir, lo que
hacemos finalmente, es lo que nos define, defiende y argumenta nuestras críticas
y criterios.
El primer nombre
para este escrito fue algo así como: “¿Teatro
Sugestivo?”, y cabe decir que fue a la salida de una obra de teatro, de la
que no pude cristalizar ninguna palabra que no fuera referida al abismal
desconcierto que gestó en mí: “si esto es teatro, debe ser teatro sugestivo” me
dije. Luego de cavilar deduje que era algo que pertenecía a las artes
escénicas, sí, pero teatro teatro, no. ¿Sugestivo? "Sugestión: Acción y efecto de sugestionar. Denominación dada al proceso psicológico
mediante el cual personas, medios de comunicación, libros, y toda clase de
entes que manipulen conceptos y sean capaces de emitir información pueden
guiar, o dirigir, los pensamientos, sentimientos o comportamientos de otras
personas. Dominar la voluntad de alguien, llevándolo a obrar en determinado
sentido."
Tampoco me satisfizo, pues, recordé los tres niveles elementales del acto de habla y es ineludible la tarea que tiene el teatro de comunicar, de decir algo, cualquier cosa, cumplir con "el efecto que el enunciado (la obra) produce en el receptor (el público/espectador) en una determinada circunstancia (o acontecimiento teatral)"; en palabras de Grotowski: “Vemos al teatro, especialmente en su aspecto carnal y palpable, como un lugar de provocación, como un desafío que el actor se propone a sí mismo e, indirectamente, a otra gente.”[1]
Tampoco me satisfizo, pues, recordé los tres niveles elementales del acto de habla y es ineludible la tarea que tiene el teatro de comunicar, de decir algo, cualquier cosa, cumplir con "el efecto que el enunciado (la obra) produce en el receptor (el público/espectador) en una determinada circunstancia (o acontecimiento teatral)"; en palabras de Grotowski: “Vemos al teatro, especialmente en su aspecto carnal y palpable, como un lugar de provocación, como un desafío que el actor se propone a sí mismo e, indirectamente, a otra gente.”[1]
Provocar,
suscitar, causar, incitar, avivar, y un largo etcétera en el que no encontraríamos
la palabra sugestión, salvo para
asociar a aquellas propuestas que por sugestión, tratan al público como a un
animal ávido de ser domesticado con credos sin dioses, con paliativos para sus
inseguridades y pérdidas existenciales e intelectuales, y consigue todo eso a merced
de un lenguaje “teatral” maltratado, tan patibulario y quimérico que sólo provoca risa y no una risa cualquiera,
sino una especie de mueca espasmódica que se aparta de ser apreciable: "De todas las risas que hablando propiamente
no son tales, sino que más bien remplazan el aullido, sólo tres a mi juicio
merecen detenerse sobre ellas, a saber: la amarga, la de dientes afuera y la
sin alegría. Corresponden a – ¿cómo decirlo? – a una excoriación progresiva del
entendimiento y el paso de una a otra es el paso de lo menos a lo más, de lo
inferior a lo superior, de lo exterior a lo interior, de lo grosero a lo sutil,
de la materia a la forma. La risa amarga
ríe de lo que no es bueno, es la risa ética. La risa de dientes afuera ríe de
lo que no es verdadero, es la risa judicial. ¡Lo que no es bueno! ¡Lo que no es
verdadero! ¡En fin! Pero la risa sin alegría es la risa no ética por este
gruñido – ¡Ja! –, así, es la risa de las risas, la ‘risus purus’, la risa que
se ríe de la risa, homenaje estupefacto a la broma suprema, en resumen, la risa
que se ríe – silencio, por favor – de lo desdichado."[2]
Todo lo dicho hasta
ahora, fue la primera impresión que se generó en mí después de ver dicha
propuesta y a la que quise llamar "Teatro
Sugestivo" con sentida equivocación, por supuesto, por las razones ya
expuestas y que, por el uso de los elementos que, más bien, colisionaban con la
escena, preferí llamar "Teatro con
Complejo de Eróstrato", definido, para mí, así: Propuestas que disfrazan la
pobreza y las falencias de la poética teatral con grandes e inmejorables
efectos de luces y sonido. Mucho fresnel o elipsoidal con el reflector dicroico
incluido e incluso luz robótica. Un sonido surround,
sonido envolvente o sonido 3D. La escenografía, más cerca de la de un set de
grabación para una película que para una obra de teatro, saturada de objetos
que nunca se usan, que son literalmente parte del decorado, así mismo el
vestuario pomposo; el maquillaje y, por supuesto, la interpretación de los
actores, sobre una línea de la ilustración más allá que de la caracterización ¿Puede
haber en el teatro algo más terrible, insultante y deprimente que la banalidad
hecha alarde y suntuosidad? Escribió Chejov: “El arte de escribir consiste en
decir mucho con pocas palabras.” Sobra decir lo aplicable de esta frase al
quehacer teatral.
Aquí radica mi
error en haberlo llamado "Teatro
Sugestivo", ya que, el uso de estos elementos buscaban, para mí,
“sugestionar” al público; hacerle “sentir” lo que no lograba el actor, ni el
director con su trabajo teatral: Una poética escénica. Subestimando en el
público su capacidad de imaginar, distrayéndolo con ilustraciones que terminaban
por sepultarla. Sin embargo, el uso de estos elementos no era para sugestionar tanto como hubiera querido; el público no supo finalmente de qué iba la historia y hablaba más de los efectos vacíos de sentido, del atrezzo por su valor económico más que de su significado en la propuesta. Debo decir que para mí al teatro se le arrebata su poética
cuando se vuelve una réplica idéntica de la realidad, siendo este un fragmento
de aquella. El teatro sucede y en lugar de sugestionar al público habría que provocarlo.
Finalmente,
este "Teatro con Complejo de Eróstrato",
es un tipo de propuesta que busca reconocimiento a cualquier precio; actores y
directores que sólo buscan ser famosos, mismo motivo que llevó a Eróstrato a
incendiar el Templo de Artemisa en Éfeso, considerada una de las 7 maravillas
del mundo (año 356 a. C.)
Cuando
hablé con el director de la propuesta y, con su permiso, comentarle lo que
acabo de escribir, después de beberse de un solo trago un tequila, me dijo sin
pestañear: “Lo que no te gusta de mi propuesta teatral mejóralo en tu
propuesta.” Y metió en su boca un pedazo de limón bañado en sal. Entonces, supe
que el mejor argumento como artista en el quehacer teatral, es el trabajo. Y él
tenía razón.