lunes, 30 de abril de 2012

Todo idealismo frente a la necesidad es un engaño.






            Han sido pocas las ocasiones, sin embargo, ha sido. E ir al estreno de una obra de teatro es, muchas veces, ir al primer “ensayo con público” y, en algunas oportunidades, encontrar una irresponsabilidad desmesurada con la que algunos grupos ponen al público a ser espectador de propuestas todavía en proceso de experimentación o exploración técnica de la escenografía o la utilería, el sonido o las luces; o en la interpretativa, develando un completo desconocimiento del texto “haciéndolo morcilla”; es decir, propuestas inconclusas – sin contar con las preocupadas o por cumplirle a un contrato económico más que a un compromiso artístico o por el espectáculo que provoca la risa fácil en el público, más que por el quehacer teatral –.
Sé que el público como invitado final a la propuesta teatral tiene su tarea, y parte de ella no es atrofiar su imaginario (el que el buen teatro estimula), buscando resolver los errores o las equivocaciones de una propuesta inconclusa o mal preparada con argumentos recalcitrantes como los de una “estética experimental” o lo del “fortalecimiento de nuevos lenguajes” ¡Eso es engaño! Cuando lo que vemos es una pereza mental evidenciada en una convergencia forzada de estéticas, lenguajes y búsquedas que no llevan a ninguna parte, salvo a concebir un público con un criterio mediocre o equivocado. Dice Monleón: los "criterios teatrales, están condicionados por su experiencia: el que ve mal teatro difícilmente puede [tener] seriedad sobre cómo debería ser un teatro que no lo fuera [...] no a través del ajusticiamiento sistemático del único y mediocre teatro que ve".
            Y aquí mi pretexto, ¿Qué tipo de criterio puede adquirir un público que ve igualmente obras, estética y técnicamente, mediocres? Un teatro pobre culturalmente es el asilvestramiento del público. Quienes ven mal teatro difícilmente podrán obtener criterios sobre un teatro que no lo fuera. Tal despreocupación por la formación de un criterio, ahora bulle en el medio teatral de la ciudad, y se evidencia en la sobreoferta actual que, entre otras cosas, está insensibilizando en el público lo que determina, en parte importante, el teatro: la poética del espectáculo.
            Estoy de acuerdo sobre que las posiciones dogmáticas castran la capacidad de observación, sin embargo, las vendas que se les está poniendo vienen del quehacer artístico con las fauces sobre las taquillas o haciendo lobbies, sin importar que el resultado sea tan falso como el mismo aplauso al que este tipo de quehacer escénico se va acostumbrando y va mal acostumbrando, en su sentido conceptual y de criterio, al público. El precio de una entrada no es sinónimo del valor de una propuesta de teatro, no por ser de alto valor económico garantiza su alto valor en calidad estética y técnica. No todo lo que se presenta en un escenario es teatro, y es algo que el público debe saber diferenciar dentro de la lista casi inagotable de lo que compone las artes escénicas. Sólo por poner un par de ejemplos.
            El poco público que renuncia a la t.v. o a las salas 3D o al partido de fútbol, entre otras cosas que hacen del ser humano borregos, parece estarse quedando igualmente ignorante y frustrado, cronistas antes que críticos, con “criterios” llenos de un paternalismo tolerante y apabullante. Con un criterio lleno de palmaditas en la espalda, de un discurso que no se resuelve más allá de la palabra: “interesante”.
            Es mi demanda por un público con criterio y mi reclamo por una oferta de propuestas con sentido y contenido crítico (de criterio porque está en crisis, por suerte finalmente).
            Cuando se sale de una obra de teatro, y aún más de un estreno, la sensación que no debe quedar en la sensibilidad del espectador – si esta se logró despertar en algo – es la de salir timado. Sensación que se me quedó por un instante después de salir de aquella obra que está dentro las propuestas de las artes escénicas, aunque no sabría cómo pronunciarla, sé que no era teatro.
            Aunque todo idealismo sea, frente a la necesidad, un engaño como alguna vez lo dijo Nietzsche.

2 comentarios:

  1. Saludos Sr Sánchez, resulta curioso leer estas líneas de su parte, puedo decir que tengo un pensamiento gemelo al suyo en los puntos claves de este artículo, pero también tengo una sombra del mismo que es la que vendo fuera, porque el original no siempre merece ser externado.

    Después de leer su artículo, me surge una interrogante: ¿Qué tanto como artistas podemos pedirle al público?.

    Nos hemos preocupado por tener una educación artística intelecual, no obstante ¿Está el público preparado para eso?

    Desde hace 8 meses, satisfago mis deseos altruistas dando clases de teatro en una cárcel de máxima seguridad de mi país. Cuando llegué ellos tenían años haciendo teatro sin profesor. Comedias baratas, y cosas que no tiene nombre. Le costó hacerse la idea de un "buen teatro", y les trato de enseñar todo lo que puedo. Muchos no saben leer ni escribir, otros no saben ni siquiera la diferencia entre decir "Si no" y "Sino", no obstante he luchado para que aprendan teatro.

    Después de una ardua labor de trabajo, llega el día de la función. Todos los chicos expresaron que nunca habían sentido una energía como esa, decían que consideraban mágico lo que les estaba pasando en escena, algo que no podían comprender, no obstante el público no aplaudió al final.

    En conclusión: A nadie le gustó la obra. Luego de esos hicimos unos cuentos de Edgar Allan Poe dramatizados. Nadie aplaudió igualmente. Pasado unas semanas presentamos la obra y los cuentos en una salón especial para invitados de otras provincias, y hasta ganaron un premio.

    ¿Cómo hacer para poner al público de la cárcel al nivel del público cultural? ¿Cuáles son las exigencias del público de la cárcel, y cuáles son las de un público artístico? Los artistas alabaron mi trabajo, el público de la cárcel dice que desde que yo llegué he dañado el grupo de teatro, acostumbrados a ver hombres trasvestidos, que se tocan sus partes íntimas, dicen groserías entre otras cosas.

    ¿Cómo hacerle entender a mi abuela de 91 años, que "Esperando a Godot de Samuel Beckett" "La casa de Bernalda Alba" entre otras son obras de teatro? Para ella sino da risa no es teatro, considera que el teatro que hace llorar o molestar no debe existir, porque los que pagan para ir a ver cosas que le hagan sufrir son "imbéciles". ¿Qué hacer para cambiarla? ¿Qué hacer para que todos los públicos de teatro piensen igual? ¿Cómo decirles que es buen teatro y que no? Nunca convenceré a los reclusos que ellos están equivocados, ni a mi abuela. Al final, uno nunca sabe cual es el tipo de público que le va a tocar.

    Para muestra aquí le dejo un breve video de sólo dos minutos de la obra con los chicos de la cárcel, es un ensayo: https://www.facebook.com/photo.php?v=10151215343098636&set=o.160798640701442&type=3&theater

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    1. Sr. del Orbe.
      Le invito a que lea la siguiente reflexión que, precisamente, expone una posibilidad de acercamiento a lo que para mí sería la "formación" del público, por lo menos, en el teatro.
      Reciba mi abrazo fraterno.
      http://teatropos.blogspot.com.ar/2016/02/parafrasis-nitzscheana.html

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