Han
sido pocas las ocasiones, sin embargo, ha sido. E ir al estreno de una obra de
teatro es, muchas veces, ir al primer “ensayo
con público” y, en algunas oportunidades, encontrar una irresponsabilidad
desmesurada con la que algunos grupos ponen al público a ser espectador de
propuestas todavía en proceso de experimentación o exploración técnica de la
escenografía o la utilería, el sonido o las luces; o en la interpretativa,
develando un completo desconocimiento del texto “haciéndolo morcilla”; es decir,
propuestas inconclusas – sin contar con las preocupadas o por cumplirle a un
contrato económico más que a un compromiso artístico o por el espectáculo que
provoca la risa fácil en el público, más que por el quehacer teatral –.
Sé que el
público como invitado final a la propuesta teatral tiene su tarea, y parte de
ella no es atrofiar su imaginario (el que el buen teatro estimula), buscando
resolver los errores o las equivocaciones de una propuesta inconclusa o mal
preparada con argumentos recalcitrantes como los de una “estética experimental”
o lo del “fortalecimiento de nuevos lenguajes” ¡Eso es engaño! Cuando lo que
vemos es una pereza mental evidenciada en una convergencia forzada de
estéticas, lenguajes y búsquedas que no llevan a ninguna parte, salvo a
concebir un público con un criterio mediocre o equivocado. Dice Monleón: los "criterios teatrales, están condicionados por su experiencia: el que ve mal teatro difícilmente puede [tener] seriedad sobre cómo debería ser un teatro que no lo fuera [...] no a través del ajusticiamiento sistemático del único y mediocre teatro que ve".
Y
aquí mi pretexto, ¿Qué tipo de criterio puede adquirir un público que ve
igualmente obras, estética y técnicamente, mediocres? Un teatro pobre
culturalmente es el asilvestramiento
del público. Quienes ven mal teatro difícilmente podrán obtener criterios sobre
un teatro que no lo fuera. Tal despreocupación por la formación de un criterio,
ahora bulle en el medio teatral de la ciudad, y se evidencia en la sobreoferta
actual que, entre otras cosas, está insensibilizando en el público lo que
determina, en parte importante, el teatro: la poética del espectáculo.
Estoy
de acuerdo sobre que las posiciones dogmáticas castran la capacidad de
observación, sin embargo, las vendas que se les está poniendo vienen del
quehacer artístico con las fauces sobre las taquillas o haciendo lobbies, sin
importar que el resultado sea tan falso como el mismo aplauso al que este tipo
de quehacer escénico se va acostumbrando y va mal acostumbrando, en su sentido
conceptual y de criterio, al público. El precio de una entrada no es sinónimo
del valor de una propuesta de teatro, no por ser de alto valor económico
garantiza su alto valor en calidad estética y técnica. No todo lo que se presenta
en un escenario es teatro, y es algo que el público debe saber diferenciar
dentro de la lista casi inagotable de lo que compone las artes escénicas. Sólo
por poner un par de ejemplos.
El
poco público que renuncia a la t.v. o a las salas 3D o al partido de fútbol,
entre otras cosas que hacen del ser humano borregos, parece estarse quedando
igualmente ignorante y frustrado, cronistas antes que críticos, con “criterios”
llenos de un paternalismo tolerante y apabullante. Con un criterio lleno de
palmaditas en la espalda, de un discurso que no se resuelve más allá de la
palabra: “interesante”.
Es
mi demanda por un público con criterio y mi reclamo por una oferta de
propuestas con sentido y contenido crítico (de criterio porque está en crisis,
por suerte finalmente).
Cuando
se sale de una obra de teatro, y aún más de un estreno, la sensación que no
debe quedar en la sensibilidad del espectador – si esta se logró despertar en
algo – es la de salir timado. Sensación que se me quedó por un instante después
de salir de aquella obra que está dentro las propuestas de las artes escénicas,
aunque no sabría cómo pronunciarla, sé que no era teatro.
Aunque
todo idealismo sea, frente a la necesidad, un engaño como alguna vez lo dijo
Nietzsche.