miércoles, 8 de noviembre de 2017

OBRA DE TEATRO: HERBERT WEST: EL REANIMADOR

Obra: Herbert West: El Reanimador

Grupo Musical de Colombia
¿Dónde la vio?: Teatro Popular de Medellín (T.P.M.)
¿Cuándo?: Viernes 10 de marzo de 2017

Se puede pensar que en nuestra cartelera local de teatro no hay o hay pocas ofertas que puedan catalogarse como musicales, sin embargo, hay propuestas y varias, en las que se combinan música, canto, diálogo y baile; entre ellas contamos con la del grupo de Teatro Musical de Colombia, fundado en el 2010, que lo diferencia ser el primer grupo que tiene de médula creativa el Musical como género teatral; lo que es un riesgo creativo mantener el vigor de sus obras ante un público que es de difíciles y pocos trances estéticos, y si hablamos del género es más que un reto por ser una vivencia escénica en la que es predominante el canto, no obstante, la función a la que yo asistí no tenía butaca libre.

Herbert West: Reanimador, es un relato escrito por H. P. Lovecraft en 1922, dividido en seis capítulos, entre los que resalta para la versión del grupo TMC, a mi parecer, los últimos dos: El horror de las sombras y Las legiones de la tumba; si bien, al final no es una adaptación del relato ni la obra completa de Lovecraft, como me lo expresó uno de sus actores, sino una obra nueva basada en una existente, como debe ser al hacerse una traslación semiótica y semántica del lenguaje literario al lenguaje teatral, la propuesta logra concentrar todo lo que convoca y evoca el estilo y la estética literaria de Lovecraft: terror y ciencia ficción.

La obra se mueve estética y plásticamente muy cerca de lo neogótico, dejando suspendida una atmósfera galvanizada en colores terracota y verde oliva, diseminando  un tufillo medieval por todo el espacio que es trazado por una escenografía minimalista con apenas decorado, que pareciera sacada de Dogville, y todo esto en articulación con un vestuario y un maquillaje, que pareciera sacado de Sweeney Todd.

Una puesta en escena que me recordó aquellos espacios descritos por Beckford o Radcliffe, Shelley o Maupassant sobre cementerios, estepas y paredes herrumbrosas y corrompidas en lo que parecía el sótano de un castillo, y en el que Herbert West -Juan José Saldarriaga- y su ayudante, Elizabeth -Laura Duque- utilizaban para llevar a cabo el experimento que haría ganar la guerra: resucitar muertos, por lo que Clapman –Andrés Ramírez–, el de más alto rango militar encargado de la misión, los tiene prácticamente secuestrados en complicidad con Ulrick -Milthon Araque- y escoltado por Matelli -Ferney Arboleda-, porque él, Clapman, no sólo quiere que se resuciten muertos, sino soldados muertos; y la guerra daría a West el más difícil y mejor material para trabajar: cadáveres frescos, lo más posiblemente cercanos a su momento de la muerte, así el suero que les devolvería la existencia tendría mejores efectos que los logrados 17 años atrás que viene trabajando y experimentando.

Desde el inicio el espectador es expresamente advertido que lo que acaba de comenzar es un musical y que no hay ni habrá otra cosa hasta el final de la función que no sea bajo esa convención: el de una especie de “partitura musical en relieve”; lo que explicaría la fortaleza y mantenimiento del ritmo de la obra, la precisión de las intervenciones y el tránsito de los personajes trazando el espacio de forma coreográfica; que la caracterización de los personajes parezca acartonada y, por supuesto, los diálogos en su mayoría, sean cantados, y aquí me permito abrir un pequeño paréntesis: por momentos se dificultó la comprensión por una cuestión técnica, lo que se tendría que revisar, pues, en la función que presencié la música tenía el volumen muy alto y competía con las voces de los actores que, aún teniendo micrófonos, me perdí como espectador de varios de sus textos. Paréntesis cerrado.

Herbert West: El Reanimador, propuesta del TMC, es una historia devastadora sobre la naturaleza humana: el egoísmo y ambición de West; Elizabeth oscilando entre lo pusilánime y la traición; la ambición y el poder corruptos de Clapman; la hipocresía de Ulrick y la violencia física en general puesta en Matelli y Helena - Marlly López -, víctima final de todo este caos apocalíptico como resultado y extensión por toda la pieza como una peste.

La obra logra con facilidad la mezcla entre la tensión y la ironía del horror cimentados en una “dramaturgia de luces” muy bien elaborada y en unos efectos visuales poéticos de una potencia épica que por poco y atraviesan las líneas de cierta cursilería y convencionalismo, pero no, hay mutilaciones, asesinatos y muertos resucitados que sólo fortalecen la propuesta teatral y vigorizan lo grotesco, estéticamente hablando, de la obra.

No dejen de ver esta propuesta ni dejen de leer la obra de H. P. Lovecraft. Son manifestaciones artísticas que por más que hablen de universos distópicos, no están tan lejos de nuestra contemporaneidad.



Dirección general: Samuel Rojas con asistencia de Andrés Ramírez


Comentario escrito originalmente para Cuarta Pared:

http://programacuartapared.com/index.php/leer/item/72-comentario-el-reanimador

TEATRO: MALDITOS POETAS MALDITOS

Obra: Malditos Poetas Malditos
Grupo: Elemental Teatro
¿Dónde la vio?: Teatro Elemental Teatro
¿Cuándo?: Sábado 18 de marzo de 2017

Oscilante sobre la línea fronteriza entre el poema y la dramaturgia, Malditos Poetas Malditos del grupo Elemental Teatro es una puesta en escena resultado de lo que antes sería una lectura dramatizada, según me explicó su director John Viana; a quien le debemos propuestas como Diálogo en el jardín del palacio (2010) basada en el escrito realizado por F. Pessoa o De la muerte sin exagerar o un cielo bajo tierra (2013)  a partir de textos de W. Szymborska, también poetas e igualmente poesías que transmigraron de la prosa al lenguaje teatral, ¿qué digo hasta aquí? Que Viana se está debatiendo un estilo, una estética, entre las ya diversas que ha transitado.

Sabemos que fue Verlaine en su trabajo de ensayos Los poetas malditos [Les Poètes maudits] publicado en 1888 [con una primera versión en 1884] en donde, a modo de reconocimiento, honra a los poetas para él malditos: Corbière, Rimbaud, Mallarmé, Desbordes-Valmore, de L'Isle-Adam y Pobre Lelian [anagrama de Paul Verlain]; pero esquivando los lugares comunes o mejor, algunos de los “poetas malditos comunes”, y al contrario de lo que pensé y creo haber identificado, Viana solo tomó a Rimbaud para su propuesta, lo que invita a visitar otra lista, la que encabeza Baudelaire, a quien sí trabajaron, junto a Artaud, Keats, Poe, Bukowski y Pizarnik.

Después de terminar la obra se me enquistó en la piel un poema de Bukowski, que busqué al llegar a casa: Apostándole a la musa, y es que me pareció que definía lo que acababa de presenciar:

“...puedes seguir
golpeándolos contra la
pared.
A través de la oscuridad, la guerra,
con buena o mala
suerte
puedes continuar
golpeándolos,
con el deslumbrante relámpago
de la
palabra,
derribando a la vida en la vida,
y a la muerte demasiado tarde para
ganar verdaderamente
contra
ti.

Como espectador, al principio, la obra invita a dejarse abrazar por una oscuridad rasgada por ciertos halos de luz sobre un escenario sumergido en una nube de humo falso, blanco, que iba siendo surcado por tres siluetas femeninas, y todo esto acompañado por la música de proyectos como la de la banda danesa Blue Foundation (2000) o Pharmakon (2007), el proyecto de ruido industrial de Margaret Chardiet o Puce Mary, el proyecto de Frederikke Hoffmeier, a un volumen estruendoso para un logro escénico de gran magnitud. Finalmente, con un juego de luces se resaltan las figuras femeninas que terminan siendo mujeres y una de ellas, Laura Henao, avanza hacia el público, toma un micrófono que está junto a un atril y, en competencia con la ya estridencia mencionada, nos comparte Las letanías de Satán de Baudelaire; me dice ella que para su forma se acercó y se dejó movilizar por Diamanda Galás.
Inició la obra Malditos Poetas Malditos...

Es un performance art o arte en vivo que llaman, un acontecimiento escénico en el que prima la poesía visual como imagen experimental de la que tanto se habla en el arte contemporáneo; en la que se amalgaman estéticas y técnicas de la representación teatral con las artes plásticas. Una propuesta generada desde la sinestesia planteada por el simbolismo en donde no hay situación dramática definida. No hay conflicto o fuerzas en pugna definidas. No hay personajes, o mejor, hay entes no figurativos, sin ser y sin historias; nada excepcional para el grupo Elemental Teatro que nos han representado otros “no personajes” en obras anteriores. En contraste, yace la perturbación trágica, provocadora y visceral de un Olivier de Sagazan, a quien el director con los actores y actrices, suma en su lista de poetas malditos y al final de la obra le rinde un sugestivo homenaje y logra una transfiguración; de manera análoga a esta telaraña alquímica de intensidades y registros emocionales, por un buen lapso me sentí en una exposición museística de aquel movimiento contracultural surgido en el Reino Unido por allá por los 70 que como manifestación, la juventud urbana disconforme ante el artificio convencional de la sociedad y la crisis económica, se tomó la música e hizo punk rock [aunque en la propuesta de Viana sean otro tipo de experimentos musicales e igual disidentes] y se vistió de forma estrafalaria y anticonvencional con ropa de cuero desgastado y ajustada y botas y peinados, y como en Malditos Poetas Malditos, con la intención provocadora de generar una “violencia sinestésica” por una especie de búsqueda de conciencia en donde la vida debe actuar.

Malditos Poetas Malditos es una obra anárquica como lo es el arte por naturaleza, así se lo dije a Viana; y seduce al espectador no desde la posibilidad de involucrarlo en una situación dramática y aristotélica por su estructura narrativa, sino que, tras seducirlo y sumergirlo en ese universo desencadenante de incertidumbres simbolistas y sensacionistas, lo golpea interiormente, mudándolo de un lado para otro de la línea fronteriza entre el “poema maldito” y la dramaturgia contemporánea.

Reparto:
Laura Henao
Manuela Cardona
Susana Quiroz
Christian Sánchez
Kevin Torres

Equipo técnico: Angie Muriel y Wilson Zapata

Dirección artística, luces y sonido: John Viana

Comentario escrito originalmente para Cuarta Pared:
http://programacuartapared.com/index.php/leer/item/77-comentario-malditos-poetas-malditos

ESTA NO ES SÓLO UNA INVITACIÓN PARA IR A TEATRO

“Es, pues, el arte una actividad de liberación. ¿De qué nos libera? De la vulgaridad.
Yo no sé lo que tú pensarás, lector; pero para mí vulgaridad es la realidad de todos los días.”
José Ortega y Gasset

¿A dónde ha ido a parar el público que era capaz de discriminar y elegir? Es una pregunta que, aunque endosada a Bukowski, nos la hacemos todos los que estamos vinculados en la oferta del arte: el escritor por el lector, el músico por su audiencia, el cine y el teatro por sus espectadores, y estamos de acuerdo que es una pregunta egocéntrica, aunque como creadores somos conscientes de que hay obras que hacemos para el público y hay obras que hacen su propio público; Duchamp decía que contra toda opinión, no son los pintores sino los espectadores quienes hacen los cuadros, buena observación, si tenemos en cuenta que el público es más agudo y perspicaz de lo que él mismo cree, aunque hay quienes sugieren no decírselo porque se haría más acerado en su apreciación y crítica, algo que estaría bien, ser crítico, migaja que lamentablemente ha venido perdiendo, haciendo que de igual forma el arte se esté alojando en la complacencia, a todas luces un arte carente de osadía creativa.

Pero no nos vayamos lejos y no dilapidemos el hecho de que usted ha llegado hasta esta línea, por lo que le invito a interpelar su cercanía con el arte. Ante la pregunta de Bukowski podríamos decir que el público/espectador está en todas partes y no tendríamos que leer la obra de Ortega y Gasset para inferir que el espectador ante una manifestación artística llega y pasa, trastoca las ambiciones del creador, hace que todo ante él se estremezca y oscile, trasmute y huya, se renueve, permute y emigre. En tanto la obra inerme en un torrente de tiempo, busca sobrevivir a la excesiva precisión con que el lenguaje contemporáneo la galvaniza hasta el paroxismo con abstracciones técnicas y conceptuales, no tanto para evitar su desaparición, sino para aderezar su caída en la sosería mercantilista o en esta pequeña capital en la que hay tanto Magíster en el arte dramático o de la representación teatral, ¿dónde están haciendo teatro? Simple pregunta retórica.

¿Y qué sobre discriminar y elegir? Dígame quién no ha tenido situaciones en las que por vivir un buen momento prescinde de la sensatez o circunstancias en las que se resiste a no perder la lucidez a cambio de sobrevivir a un posible buen momento, quién no, sin embargo, y ya sea hacia uno u otro donde apunte nuestro deseo, nos tenemos que confrontar con una realidad coyuntural e ineludible: hay que tomar una decisión, y lo más difícil al tomar una decisión [además de tener que tomarla] es que sobre lo que vamos a decidir no tenemos ni idea, razón por la que en muchas ocasiones nuestra determinación queda al margen del marketing desarrollado por el comercio electrónico, ventas por Internet, redes sociales o el aún sobreviviente voz a voz, ya desahuciado por el Whatsapp, ahora, si hay personas que lo hacen para discriminar y elegir Presidentes y Gobernadores e incluso para elegir posibles relaciones sentimentales, no se va a usar para discernir y elegir, por ejemplo entre ir a teatro o a cine. Así que yo le pregunto a usted, ¿hace cuánto no va a teatro o a cine? Y podría preguntar por su última visita al museo o su último concierto, pero es que el teatro y el cine son tan cercanos como que uno está al extremo del cordón umbilical del otro, bastaría recordar el trabajo del ilusionista y cineasta Georges Méliès con su puesta en escena llena de trucajes, sobreimpresiones y sistemas mecánicos como si de una Deus ex machina se tratara; puesta en escena a la que Méliès le suma un bioscopio, aparato parecido al Cinematógrafo de los hermanos Lumière, como único “espectador” de esa vulgaridad a la que alude Ortega y Gasset, y que es con el que, por un error fortuito, descubre lo que llaman en el cine paso de manivela, la base del cine de animación , y lo que para mí es la primera aleación entre el cine primigenio y el teatro milenario, para muchos es polvo adherido a la tinta seca de la Historia, así de cercanos son para mí el teatro y el cine.

Pero la pregunta es: ¿Qué es lo que tengo que discernir para elegir como espectador si ir a cine o a teatro? Sabemos que son lenguajes diferentes que siguen de forma obstinada cotejándolos, equiparándolos, equivocadamente los siguen midiendo longitudinalmente con la misma escuadra. Yo voy a proponerle una respuesta que no tiene características de indivisa e imparcial, sobretodo porque yo vivo por y para el teatro, además, soy de los que tienen en cuenta que nadie está obligado al arte en general ni al teatro en particular ni a su gusto por él, que el teatro o cualquier manifestación artística, está hecho para ser amado u odiado y no necesariamente para ser comprendido, y podría decir lo mismo del cine.

La respuesta: El prejuicio. El prejuicio es lo que tengo que desollar, lo que tengo que escoriar, ulcerar, obligándome a su despojo, creo que tenemos que prescindir del prejuicio, que en su sentido más reducido es aquel comentario u opinión sin argumentos, el prejuicio es el trebejo más usado para poner bajo nuestro control aquellas obras que creemos que tenemos que comprender.

El prejuicio pone contra el paredón al cine y todavía más al teatro, los pone si no en el paredón en un cadalso que gravita entre argucias o artimañas académicas y conceptuales que estrangula la contemplación platónica en la búsqueda de realidades superiores, y digo que más al teatro que al cine porque el cine en esta urbe tiene mejor recibimiento y eso que si es local tiene otro tinte y bien desteñido, por ejemplo y especulemos, hay quienes les gusta las películas sobre la guerra, nada más este año 2016 en la nominación a mejor película de habla extranjera en los premios Óscar, compiten con la película colombiana El abrazo de la serpiente (2015), una sobre el holocausto nazi, Son of Saul (El hijo de Saúl, 2015) de Hungría y otra sobre el conflicto de Afganistán, Krigen (Una guerra, 2015) de Dinamarca, y podríamos pensar en otros títulos que no necesariamente están tildados por los premios Óscar, sino por el Oso de oro en Alemania o los Premios Goya en España o los Ariel en México, ¿conocía estos premios? Es a lo que me refiero con el prejuicio, ¿antes de la nominación a los Óscar había visto o tenía pensado ver la película de Ciro Guerra?

Ahora, ya hablando de teatro, que si es local tiene otro tinte y bien desteñido, por ejemplo y especulemos, si a usted le gusta el cine sobre la guerra sepa que hay teatro sobre el conflicto armado en Colombia, ha visto, por ejemplo el trabajo que hace Victoria Valencia y su grupo La mosca negra en Cindy, la niña que no pudo ver la próxima salida del sol o el trabajo de Félix Londoño con El Trueque y su versión de Antígona, El insepulto o yo veré qué hago con mis muertos, sepa excusarme, pero vio el trabajo de John Viana con Elemental Teatro basado en un poema de la polaca Wisława Szymborska, De la muerte sin exagerar o un cielo bajo tierra, finalmente, ya vio La casa grande del Matacandelas bajo la dirección de Cristóbal Peláez, propuesta basada en la obra homónima escrita por Álvaro Cepeda Samudio...

No sé cuántas salas para proyección de cine hay, pero basta saber que el 90% están en centros comerciales y que es su programación tan variada como la de teatro que tiene alrededor de 25 salas en la que cada una puede presentar, además de su propio grupo – porque la mayoría lo tiene –, grupos “sin sala” que llegan de todas partes de la ciudad y del país.

Esta no es sólo una invitación para ir a teatro, pero puedo poner sobre la balanza todo tipo de diferencias semióticas y semiológicas, filosóficas e ideológicas incluso diferencias tecnológicas y la oferta en la cartelera del teatro local rompe a trozos pequeños la cartelera de cine, si nos despojamos del prejuicio.

Les aseguro que disfruté tanto como ustedes cuando vi Monsters, Inc. (2001) o Buscando a Nemo (2003) o Del revés (Inside Out, 2015) que llamaron Intensa-mente, pero ¿ya conocen el trabajo de Manicomio de muñecos o el de La Fanfarria o Barra del silencio?

¿Les gustó Agosto (2013) película sobre el conflicto de la familia Weston, protagonizada por Meryl Streep y Julia Roberts, entre otros? Pues, tendrían que ver la propuesta de la Compañía Teatriados, Comedia salvaje, lo importante es que estemos todos juntos. Y como en el cine en el teatro encontramos suspense, comedia, drama, animación.

Esta es una invitación para que nos despojemos del prejuicio por lo que tendríamos más ángulos y planos diferentes para discriminar y elegir sobre cualquier experiencia que queramos tener libremente.

La ignorancia está menos lejos de la verdad que el prejuicio, Diderot.

Lo que sí es indubitable es que el teatro imperturbable en su esencia dionisíaca es ritual, a diferencia de la imagen digital que se repite ad infinitum.

El teatro sabe y entre más teatro más convulsiona bajo nuestros pies, vivo.


Artículo escrito para Cuarta Pared:
http://programacuartapared.com/index.php/leer/item/16-no-es-solo-invitacion-a-teatro