La esencia de lo que vemos y disfrutamos hasta la mueca
de la carcajada o el aturdimiento de la existencia, invitándonos a la controversia
o no, de una obra de teatro, es lo que hacemos día a día, hora tras hora, sin
escatimar tiempo ni regatear hambres ni dosificar sudor, sangre y lágrimas
sobre el escenario. La esencia que detona lo sublime, lo insuperable, lo excepcional,
lo soberbio, en una obra de teatro, es ese único momento en el que es casi que
una obligación equivocarnos; cometer todos los errores posibles con el objetivo
máxime de superarlos, volverte a equivocar e intentarlo nuevamente,
equivocándote otra vez, equivocándote con un mejor error[1].
La esencia que
hace de una obra de teatro inmemorial para quien la hace y para quien la ve, no
está en el maquillaje reluciente armonizado con las luces de última tecnología
y la cantidad de humo lanzado sobre el escenario como una calima en la que se
camufla los actores ni en la fastuosidad de la escenografía o el vestuario, no,
la esencia de una obra de teatro está en el ensayo,
incluso por sobre el actor, pues, un actor sin ensayo es como un fantasma en el
escenario, sin sangre.
Peter
Brook: Lo más importante del proceso
creativo es la parte de los ensayos […] El lenguaje de los ensayos es como la
misma vida.
El
ensayo para una obra de teatro es la prueba en escena de un nuevo universo; es
una disertación creativa sin otro artilugio que el imaginario aguijoneado por
ciertos alfileres argumentativos y dialécticos; es el espacio de exploración y
entrenamiento físico, intelectual, crítico y de discernimiento para el actor y
el director; es en el que se tienta el significado de las palabras y las cosas,
del tiempo y el espacio, del cuerpo y la existencia; es un estar aquí y ahora
en el que se tienta el sentido de verdad de la realidad.
¿Qué otro momento
del proceso creativo conduce a la construcción de las acciones [físicas y
dramáticas] que faculten, que concedan hilo y aguja para el tejido vivo de una
verdad, que no existe antes de que la ensayemos?
Ensayar es hacer
teatro del teatro, en el sentido cabal de la palabra, una función más como nos
lo expone Artaud: algo tan localizado y
tan preciso como la circulación de la sangre por las arterias, o el desarrollo,
caótico en apariencia, de las imágenes del sueño en el cerebro, y esto por un
encadenamiento eficaz, por un verdadero esclarecimiento de la atención.
¿En
qué puede estar pensando un actor o actriz que dice hacer teatro y que no
ensaya? Y ensayar no es sólo el entrenamiento físico, también lo es la nutrición
intelectual para, por lo menos, apropiarse de lo que Dubatti llama Convivio teatral [2], con lo que señala
lo obvio: que el teatro exige la presencia viva y real del cuerpo y la mente
presentes; y hay actores y actrices para teatro que superan el IQ de Hawking y Kasparov
juntos, cuando de ingeniarse excusas se trata, ya sea para no asistir o asistir
y no estar al 150% en la escena de ensayo. No es actor el que simplemente se
para sobre un escenario como si fuera una lámpara, sino aquel que investiga,
explora y experimenta con el cuerpo y la mente qué es Ser la lámpara.
Aunque
por la experiencia doy fe que hay actores de
teatro y para teatro, aunque ninguna
de las dos posiciones (de – para) justifica a un actor que dice hacer teatro y
no asiste o llega a medias a un ensayo. Todos los actores (dramaturgos,
directores, actrices, luminotécnicos, vestuaristas, escenógrafos, etc) para teatro son aquellos
afortunados que lograron encontrar la posibilidad de solamente hacer teatro en
su vida, es decir, que la única demanda que la vida tiene para estos venturosos
es el teatro mismo, sin embargo, los hay que hallando esta oportunidad entre lo
desprovisto de generosidad que es el arte en general, le revientan las vísceras
contra la pared y la desperdician, y cuando ya se dan cuenta el tiempo ha
pasado y, sin autorización alguna les ha arrebatado sus capacidades físicas y
los ha despojado de sus inquietudes y talento, ya no son tan afortunados. Y
están los actores de teatro
que hacen de todo menos teatro o porque hastiados se abandonan a la realidad
sustantiva y monocorde del asalariado o
porque deciden hacer dinero y no arte, también están aquellos que suman a su
quehacer teatral otros oficios y labores: docencia, comunicación, publicidad y
diseño, administración, contabilidad, trabajo comunitario, ya que no se puede
vivir 100% del quehacer teatral por razones que llevan más de 30 años madurando
y apenas hoy están dando modestos brotes en términos como la
autosostenibilidad, la industria cultural, exploración e investigación en el
campo del mercadeo, la formación del público; aquí recuerdo una frase de Cristóbal
Peláez[3], La pléyade de profesoristas, talleristas,
induccionistas, sensibilistas, creativistas y el trabajo a destajo didáctico y
pedagógico están sacando mucho sensible, mucho estudiado, mucho capacitado y el
teatro...de...para abajo, y la contrariedad no creo que esté en entretejer
todos esos oficios, la contradicción está en que, como se sigue configurando la
vida en sentido vertical, al teatro lo pongan en el trasero cuando, para quien
se denomine teatrero o teatrista, debe ser lo sustancial, por lo que no hay
pretexto para faltar a un ensayo o no estarlo íntegramente cuando se asiste a
él, inyectando a la obra impuntualidad, indisciplina, indisposición y una
parquedad propositiva que no hace otra cosa que incrementar la sobreoferta que
hay ahora en la ciudad, producto de un teatro
in vitro, envasado, embutido.
Un actor o actriz o
director o sea el que esté en el ensayo no tiene derecho alguno de destruir con
frivolidad y descuido, como lo anota Grotowski en su Declaración de principios[4],
el origen por el cual se da tal congregación en un ensayo: la obra de teatro.
Para finalizar este comentario sustraigo algunas palabras de una entrevista a Jorge Eines:
darle al ensayo el valor más alto de la
actitud interpretativa: el que sabe ensayar, sabe actuar. Se actúa
como se ensaya[5]. No es algo
que hay que pasar rápido porque lo importante pasa en el día del estreno, sino
que lo importante está pasando en cada ensayo: uno se apodera del ensayo y
acaba apoderándose del acto interpretativo, es decir, del personaje.[6]
Nos vemos en el ensayo.
[1]“Intenta
nuevamente. Fracasa otra vez. Fracasa mejor.” S. Beckett.
[2] “La base
insoslayable del acontecimiento teatral está en el convivio. Para que haya
convivio dos o más personas tienen que encontrarse en un punto territorial y
sin intermediación tecnológica que sustraiga la presencia viviente, aurática de
los cuerpos en la reunión. El teatro es una reunión territorial de cuerpos.” Documento: Convivio y tecnovivio: el teatro entre infancia y babelismo de
J. Dubatti.
[3]Cuaderno de reflexiones
sobre la cosa teatral: Casos y cosas del teatro en esta ciudad. http://www.matacandelas.com/CasosyCosaDelTeatro.html
[4]
GROTOWSKI, Jerzy. Hacia un teatro pobre.
México. Siglo XXI editores. 1976.
[5]
El subrayado es mío.
[6]
Entrevista a Jorge Eines: “Un ensayo sin libertad no es un ensayo” http://harlanmagazine.com/2014/04/10/jorge-eines-un-ensayo-sin-libertad-no-es-un-ensayo/