Nada más lamentable
que un espectador se quede sólo con el punto de vista de su butaca. Ni nada más
decepcionante que un teatrista se quede sólo con el punto de vista del
escenario, de su obra.
Nadie, en teoría, dice
lo contrario a que todo punto de vista es respetable, y se memorizan la frase
de Voltaire: No estoy de acuerdo con lo
que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo; una frase ya
popular que da cuenta de lo que finalmente importa: el respeto por las
diferentes posiciones ideológicas, estéticas, filosóficas, sin importar si son
o no con argumentos coincidentes entre sí, no obstante, ¿qué otro argumento,
además de haber visto la obra de teatro, puede necesitar un espectador para
reprobarla o no desde su potestad estética? Como también cabe preguntar, ¿qué
puede ser más desnaturalizado en un teatrista[1] que
pretender que la investigación, los ensayos y la producción de una obra,
determina que la obra vaya a ser de gusto
para todos?
Dos puntos de vista,
la del espectador y la del teatrista, que exhortados por una sola presentación,
dada la condición de efímera que caracteriza a cada presentación de una obra de teatro, colisionan, originando
un tercer punto de vista y que podríamos llamar criterio, que no es más que la aptitud que da valor al grado de
concepción asertiva en el ser humano por la realidad, y en nuestro caso
particular, por una obra de teatro.
Ahora,
ni el teatrista tiene la obligación de hacer pedagogía o ilustrar su propósito para
hacerse entender con su propuesta [y en esto no sólo aplica para el teatro] ni
el espectador está obligado a ser un avezado esteta para comprenderla, y no
hablo de que haya actitudes desobligantes o desdeñosas por uno u otro, sino que
tiene tanto derecho el espectador a levantarse de la butaca si no comparte lo
que ve en la escena como lo tiene el director en su libre expresión artística;
y esto apoyado en el respeto por la diferencia, considero que establece para
espectadores y creadores la oportunidad de dialogar, debatir, disertar, sobre
el quehacer mismo, pues, estoy seguro, que en este sentido es el teatro el verdadero
beneficiado.
Hay tantas
propuestas sobre la escena que dan lástima como espectadores hundidos en el
sopor de la comodidad de la butaca.
Una vez por
cualquier razón, alguien me dijo que tuviera cuidado al regalar un libro porque
era regalar una parte de mí mismo con la que averiguarían más sobre mí; lo
mismo pienso de una obra de teatro, de quien la hace para “regalarla” a un
público y de quien “regala” una boleta para ver una obra de teatro.
De
una pregunta existencial o estética o social o de todas o de ninguna, sino de
la simple necesidad de expresar lo
que se piensa y/o se siente, un hacedor teatral decide escribir, montar y
presentar a un público su propuesta, y
con la misma posible intrepidez dubitativa un espectador decide hacer parte del
público de una determinada obra de teatro, esto es claro, ¿y si todas esas
preguntas o interrogantes las compartimos? ¿Qué tal si, como espectadores somos
conocedores de lo que suscitó al creador [dramaturgos, directores, actores,
tramoyistas, sonidistas, vestuaristas, escenógrafos, músicos, taquilleros…]
para poner de forma imprescindible éste o aquel signo o éste o aquel símbolo,
antes y/o después de la obra? Al tiempo que como creadores nos permitimos la
permeabilidad y nos dejamos seducir por el imaginario, traspasado o no por
nuestra obra, del espectador.
En el teatro nunca
hay dos funciones iguales como no hay dos espectadores que aun estando codo a
codo, vean la misma obra.
¿Por qué esa pequeña
carroza bajo una luz cenital azul con la que el director quiere simbolizar el
proletario, el espectador “ve” la soledad de los viejos ancestros? Sólo por
poner un ejemplo, y no estoy diciendo que se tengan que homogeneizar la obra
del teatrista con el imaginario del espectador, sino que se debería abrir un
espacio en el que uno y otro expongan sus preguntas y por qué no, sugerencias,
sin falsas adulaciones ni deliberados daños a la integridad misma del acto
creativo [aunque bien sé que es primero la invitación eminente al respeto y a
la tolerancia, de lo que tanto carece el ego creativo y crítico]
Preguntar desde los
dos lados, agrietando fortificaciones de ese acero inoxidable que es el
prejuicio; derribando las barbacanas circundadas por convencionalismos y
suspicacias que sólo ponen en evidencia envidias y celos, sentimientos
imperantes sobre la concepción e interpretación del concepto estético ¡Qué
necedad!
Preguntar de un
lado y del otro con el aplomo de la camaradería y la solidaridad, de la
complicidad por el trabajo hecho y logrado con compromiso y sincera
responsabilidad, sin el escrúpulo soberbio del ignorante o la displicencia con
la que muchas veces se delata el capitalista.
El sentido original
de la palabra preguntar, viene del
latín percontari, que significa
tantear, buscar qué tanta profundidad tiene el mar o un río, derivado a su vez
de contus que significa remo o
percha. Del griego κοντός [kontós]:
palo o vara; necesario lo anterior para señalar algo tan simple como que: una
pregunta no es otra cosa que la marca de agua que te da como respuesta un palo al
ser sumergido en el agua y retirado luego, midiendo que tan profundo es ese mar,
ciénaga o charquito; clara esta concepción de la palabra preguntar, entendemos por qué hay tantos espectadores y creadores
que enturbian sus obras y/o discursos para hacerlas y hacerse parecer más
profundos[2].
Nada más común que
engañarse a sí mismo, sobre todo cuando lo que se delibera en el ágora es una
propuesta a la que se le invierte tiempo, dinero y neuronas, todo
irrecuperable, y no sólo para creadores y productores de la obra, sino también para
el espectador, y lo relevante del tema no es que hayan obras de falsos
semblantes en los teatros de menor o mayor convocatoria, sino que haya un
público que todavía se deslumbre por este tipo de propuestas hasta el aplauso
de pie, y aún más absurdo es que, como teatristas conscientes de que lo
deliberado en el ágora argumenta y da razón a lo cercana que está mi propuesta
a una agotadora y mal acostumbrada mediocridad, siga trabajando sobre la misma
línea temática y estética, ¿por qué? ¿Por dinero? ¿Reconocimiento? ¿Falsa
rebeldía? ¿Falta de dedicación, de trabajo? ¿Por facilismo? O por qué parecemos
no darnos cuenta que cuando un director también actúa puede terminar
repitiéndose en la caracterización de sus personajes, que debe hacer un trabajo
diferente al de sus actores; cómo no darnos cuenta que por mucho trabajar, un
grupo de teatro se va resolviendo como si de un algoritmo se tratara,
terminando por resolver sus montajes con una fórmula, acomodándose en ella, llamándola técnica y auto/prescribiéndose cada vez, otra vez; cómo negar que
el “remontaje” de una obra de teatro es un eufemismo porque, puede ser desde un
operador técnico hasta el actor principal o director, lo que hay que remontar,
la propuesta en su esencia por consecuencias obvias de sensibilidad estética,
cambia, es otra obra como es una función diferente noche a noche.
Son estas y otras
muchas cosas que los creadores sabemos y evadimos, que el público, aunque
también lo reconoce, pocas veces o nunca lo expone, siendo el teatro el mayor
lesionado.
Abramos ese espacio
para preguntar. El teatro contemporáneo con todos los experimentos que lo
nutren no debería perder su capacidad de criterio objetivo por una imposición mercantilista
de un lado, que de ningún modo parte del gozo y la sensibilidad estéticas;
cuando de otro lado las excepciones son contadas, de difícil detección, por lo
que también sabemos como espectadores y teatristas que no todo está demolido, que
hay ofertas teatrales en las que como creadores hay riesgo y vértigo puestos en la
escena, que como espectadores logramos conmovernos y celebrar el talento
descubierto en alguna propuesta.
Preguntarnos y dar
posibles respuestas en un espacio en el que logremos rescatar al teatro de esta
aparente putrefacción en el tuétano, controvertir como público a los creadores
y viceversa, en favor de aquellos artistas todavía insobornables, a favor de un
público que sea más que un dedo apuntando desde la selva de las butacas qué es
un éxito y un fracaso teatral.
No es un espacio de
acreditación a la mediocridad o de amparo a la ley del menor esfuerzo. No es un
espacio de adulaciones ni indulgencias discursivas, sería un espacio para
retroalimentar el quehacer teatral, en el que simplemente no haga falta generar
ningún tipo de turbulencia para
comentar, sugerir y apreciar el teatro.
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