sábado, 20 de febrero de 2016

PARÁFRASIS NIETZSCHEANA

Nada más lamentable que un espectador se quede sólo con el punto de vista de su butaca. Ni nada más decepcionante que un teatrista se quede sólo con el punto de vista del escenario, de su obra.
Nadie, en teoría, dice lo contrario a que todo punto de vista es respetable, y se memorizan la frase de Voltaire: No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo; una frase ya popular que da cuenta de lo que finalmente importa: el respeto por las diferentes posiciones ideológicas, estéticas, filosóficas, sin importar si son o no con argumentos coincidentes entre sí, no obstante, ¿qué otro argumento, además de haber visto la obra de teatro, puede necesitar un espectador para reprobarla o no desde su potestad estética? Como también cabe preguntar, ¿qué puede ser más desnaturalizado en un teatrista[1] que pretender que la investigación, los ensayos y la producción de una obra, determina que la obra vaya a ser de gusto para todos?
Dos puntos de vista, la del espectador y la del teatrista, que exhortados por una sola presentación, dada la condición de efímera que caracteriza a cada presentación de una obra de teatro, colisionan, originando un tercer punto de vista y que podríamos llamar criterio, que no es más que la aptitud que da valor al grado de concepción asertiva en el ser humano por la realidad, y en nuestro caso particular, por una obra de teatro.

        Ahora, ni el teatrista tiene la obligación de hacer pedagogía o ilustrar su propósito para hacerse entender con su propuesta [y en esto no sólo aplica para el teatro] ni el espectador está obligado a ser un avezado esteta para comprenderla, y no hablo de que haya actitudes desobligantes o desdeñosas por uno u otro, sino que tiene tanto derecho el espectador a levantarse de la butaca si no comparte lo que ve en la escena como lo tiene el director en su libre expresión artística; y esto apoyado en el respeto por la diferencia, considero que establece para espectadores y creadores la oportunidad de dialogar, debatir, disertar, sobre el quehacer mismo, pues, estoy seguro, que en este sentido es el teatro el verdadero beneficiado.

Hay tantas propuestas sobre la escena que dan lástima como espectadores hundidos en el sopor de la comodidad de la butaca.
Una vez por cualquier razón, alguien me dijo que tuviera cuidado al regalar un libro porque era regalar una parte de mí mismo con la que averiguarían más sobre mí; lo mismo pienso de una obra de teatro, de quien la hace para “regalarla” a un público y de quien “regala” una boleta para ver una obra de teatro.

        De una pregunta existencial o estética o social o de todas o de ninguna, sino de la simple necesidad de expresar lo que se piensa y/o se siente, un hacedor teatral decide escribir, montar y presentar a un  público su propuesta, y con la misma posible intrepidez dubitativa un espectador decide hacer parte del público de una determinada obra de teatro, esto es claro, ¿y si todas esas preguntas o interrogantes las compartimos? ¿Qué tal si, como espectadores somos conocedores de lo que suscitó al creador [dramaturgos, directores, actores, tramoyistas, sonidistas, vestuaristas, escenógrafos, músicos, taquilleros…] para poner de forma imprescindible éste o aquel signo o éste o aquel símbolo, antes y/o después de la obra? Al tiempo que como creadores nos permitimos la permeabilidad y nos dejamos seducir por el imaginario, traspasado o no por nuestra obra, del espectador.
       
En el teatro nunca hay dos funciones iguales como no hay dos espectadores que aun estando codo a codo, vean la misma obra.

¿Por qué esa pequeña carroza bajo una luz cenital azul con la que el director quiere simbolizar el proletario, el espectador “ve” la soledad de los viejos ancestros? Sólo por poner un ejemplo, y no estoy diciendo que se tengan que homogeneizar la obra del teatrista con el imaginario del espectador, sino que se debería abrir un espacio en el que uno y otro expongan sus preguntas y por qué no, sugerencias, sin falsas adulaciones ni deliberados daños a la integridad misma del acto creativo [aunque bien sé que es primero la invitación eminente al respeto y a la tolerancia, de lo que tanto carece el ego creativo y crítico]

Preguntar desde los dos lados, agrietando fortificaciones de ese acero inoxidable que es el prejuicio; derribando las barbacanas circundadas por convencionalismos y suspicacias que sólo ponen en evidencia envidias y celos, sentimientos imperantes sobre la concepción e interpretación del concepto estético ¡Qué necedad!
Preguntar de un lado y del otro con el aplomo de la camaradería y la solidaridad, de la complicidad por el trabajo hecho y logrado con compromiso y sincera responsabilidad, sin el escrúpulo soberbio del ignorante o la displicencia con la que muchas veces se delata el capitalista.

El sentido original de la palabra preguntar, viene del latín percontari, que significa tantear, buscar qué tanta profundidad tiene el mar o un río, derivado a su vez de contus que significa remo o percha. Del griego κοντός [kontós]: palo o vara; necesario lo anterior para señalar algo tan simple como que: una pregunta no es otra cosa que la marca de agua que te da como respuesta un palo al ser sumergido en el agua y retirado luego, midiendo que tan profundo es ese mar, ciénaga o charquito; clara esta concepción de la palabra preguntar, entendemos por qué hay tantos espectadores y creadores que enturbian sus obras y/o discursos para hacerlas y hacerse parecer más profundos[2].

Nada más común que engañarse a sí mismo, sobre todo cuando lo que se delibera en el ágora es una propuesta a la que se le invierte tiempo, dinero y neuronas, todo irrecuperable, y no sólo para creadores y productores de la obra, sino también para el espectador, y lo relevante del tema no es que hayan obras de falsos semblantes en los teatros de menor o mayor convocatoria, sino que haya un público que todavía se deslumbre por este tipo de propuestas hasta el aplauso de pie, y aún más absurdo es que, como teatristas conscientes de que lo deliberado en el ágora argumenta y da razón a lo cercana que está mi propuesta a una agotadora y mal acostumbrada mediocridad, siga trabajando sobre la misma línea temática y estética, ¿por qué? ¿Por dinero? ¿Reconocimiento? ¿Falsa rebeldía? ¿Falta de dedicación, de trabajo? ¿Por facilismo? O por qué parecemos no darnos cuenta que cuando un director también actúa puede terminar repitiéndose en la caracterización de sus personajes, que debe hacer un trabajo diferente al de sus actores; cómo no darnos cuenta que por mucho trabajar, un grupo de teatro se va resolviendo como si de un algoritmo se tratara, terminando por resolver sus montajes con una fórmula, acomodándose en ella, llamándola técnica y auto/prescribiéndose cada vez, otra vez; cómo negar que el “remontaje” de una obra de teatro es un eufemismo porque, puede ser desde un operador técnico hasta el actor principal o director, lo que hay que remontar, la propuesta en su esencia por consecuencias obvias de sensibilidad estética, cambia, es otra obra como es una función diferente noche a noche.
Son estas y otras muchas cosas que los creadores sabemos y evadimos, que el público, aunque también lo reconoce, pocas veces o nunca lo expone, siendo el teatro el mayor lesionado.

Abramos ese espacio para preguntar. El teatro contemporáneo con todos los experimentos que lo nutren no debería perder su capacidad de criterio objetivo por una imposición mercantilista de un lado, que de ningún modo parte del gozo y la sensibilidad estéticas; cuando de otro lado las excepciones son contadas, de difícil detección, por lo que también sabemos como espectadores y teatristas que no todo está demolido, que hay ofertas teatrales en las que como creadores hay riesgo y vértigo puestos en la escena, que como espectadores logramos conmovernos y celebrar el talento descubierto en alguna propuesta.
Preguntarnos y dar posibles respuestas en un espacio en el que logremos rescatar al teatro de esta aparente putrefacción en el tuétano, controvertir como público a los creadores y viceversa, en favor de aquellos artistas todavía insobornables, a favor de un público que sea más que un dedo apuntando desde la selva de las butacas qué es un éxito y un fracaso teatral.
No es un espacio de acreditación a la mediocridad o de amparo a la ley del menor esfuerzo. No es un espacio de adulaciones ni indulgencias discursivas, sería un espacio para retroalimentar el quehacer teatral, en el que simplemente no haga falta generar ningún tipo de turbulencia para comentar, sugerir y apreciar el teatro.




[1] ¿Actor, teatrista o teatrero?
 http://www.teatro.meti2.com.ar/03-ACTUACION/03-01-ACTUACION/actorteatristateatrero/actorteatristateatrero.htm
[2] “Hay espíritus que enturbian sus aguas para hacerlas parecer profundas” F. Nietzsche.

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