Está claro que ya son pocos los que sentimos turbación
o algún tipo de desbarajuste emocional, psicológico o intelectual, si para un
instante memorable en nuestras vidas tuviéramos que elegir ir a ver una obra de
teatro, y nos tropezamos con propuestas que ya no invitan a reflexionar,
sobretodo en esta época de la apatía artística, creativa y sensible.
Sin entrar en disquisiciones subvencionadas por
Aristóteles, Stanislavski, Artaud, Grotowski, o Deleuze, discursos tan manoseados que ya hacen parte de los decálogos que guardamos en un cajón y apenas recordamos
al momento de sustraer teorías semióticas y semiológicas de este lenguaje
milenario del arte, cuando realmente nos permitimos sobrecoger por un espectáculo e
incluso ofrecer nuestro aplauso, nos damos cuenta que la mayoría lo hace como un acto de adulación y no de crítica. Siendo el aplauso un indicador medio y relativo de aprobación con la propuesta. Hasta para aplaudir se tendría que tener un criterio.
Cuando yo voy a una obra de teatro espero no
encontrarme con una analogía de la realidad, con una tautología prosaica e
ilustrativa del entorno en el que siempre he estado sumergido, sin ningún tipo
de intrepidez mental. Espero no encontrarme con una actividad meramente imitativa, extrañando
aquellas propuestas que le despeñan a uno la existencia, casi de forma
sanguinaria e inhumana (Artaud), que lo precipitan a uno sin conmiseración
alguna contra universos inconclusos de los que uno debe asirse de un signo
puesto allí o de un símbolo puesto en el lugar menos pensado, para concluirlo; que
no está de más decir que es algo imposible porque es inagotable, ¿quién va a un
lugar al que de la forma más atroz te despedazará cualquier posición
establecida por la razón?
Hay quienes decidimos ir y hacer teatro porque es allí donde
se cuecen los verdaderos conflictos ideológicos que surgen en el alzamiento de
una sociedad con convicciones políticas y filosóficas, con todas las múltiples
perspectivas hacia donde se proyecta la palabra equidad, por ejemplo, en donde
la diferencia del pensamiento es relevante, reconocida y defendida, que es una
forma de retroalimentación en el teatro. Cuando en otras manifestaciones
artísticas y muchas de ellas en el teatro, puede ser que seamos más conformistas
y condescendientes.
Hay quienes eligen ver una obra de teatro en un acto
puramente espontáneo, de improvisación total, deliberadamente lejos de todo
tipo de imperativo cultural, generando un diálogo constante con el gusto por el
vodevil barato que enriqueciendo el
esnobismo eligen sin autonomía, guiados por el consumo masivo, haciendo parte
de esa masa bastarda que no tiene pies ni cabeza, sin contenido, vacía. Eligen
una propuesta teatral en la que veo y miro lo ya mirado y visto, que no me
invita a discernimientos puesto que ya estoy frente a una “realidad
seleccionada” y revelada en un orden preciso de imágenes repetidas; veo lo
necesario, lo que debo ver para entender la historia, sin sutilezas ni ambages,
a diferencia de aquel teatro que además
de narrarme la historia me la ilustra con metáforas y metonimias, que harán en
mí un tejido de múltiples lecturas y reflexiones, además, tengo la posibilidad
de elegir qué miro de la escena, si sobre o debajo, dentro o fuera, contra o entre
las grietas que la narración va dejando abiertas y desangrándose sobre el
escenario para mirar y mirar largamente el tiempo que yo quiera.
Finalmente, tampoco un teatro que gravita entre
argucias o artimañas académicas y conceptuales que estrangula la contemplación
platónica en la búsqueda de realidades
superiores que uno puede encontrarse; parafraseando a Nietzsche, solazarse
náufrago en una contemplación serena, con la voluntad extinguida, sin la
codicia y el afán del egoísmo, ebrios.
Puede ser que sea de los que sólo nos gusta aquello que podemos entender fácilmente que es lo mismo gustar de aquello que sólo está bajo nuestro control y por eso se prefiera un teatro ligth, sin embargo, no por eso vulgar, decadente y sin poética.
Puede ser que sea de los que sólo nos gusta aquello que podemos entender fácilmente que es lo mismo gustar de aquello que sólo está bajo nuestro control y por eso se prefiera un teatro ligth, sin embargo, no por eso vulgar, decadente y sin poética.
Finalmente y contra toda opinión, como apuntó Duchamp
en su momento, no son los pintores sino
los espectadores quienes hacen los cuadros, opinión que comparto si la
comparamos con el teatro, por ejemplo, quien acuñó a la dramaturgia de Beckett o
Ionesco el concepto de teatro del absurdo,
no fue exactamente un dramaturgo perteneciente al teatro del absurdo, sino un
crítico de nombre Martin Esslin quien escribió muy original El teatro del
absurdo (1961), con esto quiero decir que el espectador tiene gran
responsabilidad en la calidad de las obras de teatro ofrecidas y propuestas por
los diferentes grupos, y no sólo teatro, también está la danza, los títeres, la
narración oral, la música.
Parafraseando a
Óscar Wilde: Si como público decimos que una obra de teatro es oscura en exceso,
quiere decir que se ha dicho o hecho algo hermoso y, además, original; pero cuando
se describe una obra de teatro como obscena en exceso, quiere decir que se ha
dicho o hecho algo hermoso y, además, verdadero.
Ya está en nosotros como público espectador cuál de las dos posiciones queremos cultivar y obviamente como hacedores.
Ya está en nosotros como público espectador cuál de las dos posiciones queremos cultivar y obviamente como hacedores.
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