domingo, 7 de febrero de 2016

FUGACES ALTERIDADES

Está claro que ya son pocos los que sentimos turbación o algún tipo de desbarajuste emocional, psicológico o intelectual, si para un instante memorable en nuestras vidas tuviéramos que elegir ir a ver una obra de teatro, y nos tropezamos con propuestas que ya no invitan a reflexionar, sobretodo en esta época de la apatía artística, creativa y sensible.
Sin entrar en disquisiciones subvencionadas por Aristóteles, Stanislavski, Artaud, Grotowski, o Deleuze, discursos tan manoseados que ya hacen parte de los decálogos que guardamos en un cajón y apenas recordamos al momento de sustraer teorías semióticas y semiológicas de este lenguaje milenario del arte, cuando realmente nos permitimos sobrecoger por un espectáculo e incluso ofrecer nuestro aplauso, nos damos cuenta que la mayoría lo hace  como un acto de adulación y no de crítica. Siendo el aplauso un indicador medio y relativo de aprobación con la propuesta. Hasta para aplaudir se tendría que tener un criterio.
Cuando yo voy a una obra de teatro espero no encontrarme con una analogía de la realidad, con una tautología prosaica e ilustrativa del entorno en el que siempre he estado sumergido, sin ningún tipo de intrepidez mental. Espero no encontrarme con una actividad meramente imitativa, extrañando aquellas propuestas que le despeñan a uno la existencia, casi de forma sanguinaria e inhumana (Artaud), que lo precipitan a uno sin conmiseración alguna contra universos inconclusos de los que uno debe asirse de un signo puesto allí o de un símbolo puesto en el lugar menos pensado, para concluirlo; que no está de más decir que es algo imposible porque es inagotable, ¿quién va a un lugar al que de la forma más atroz te despedazará cualquier posición establecida por la razón?
Hay quienes decidimos ir y hacer teatro porque es allí donde se cuecen los verdaderos conflictos ideológicos que surgen en el alzamiento de una sociedad con convicciones políticas y filosóficas, con todas las múltiples perspectivas hacia donde se proyecta la palabra equidad, por ejemplo, en donde la diferencia del pensamiento es relevante, reconocida y defendida, que es una forma de retroalimentación en el teatro. Cuando en otras manifestaciones artísticas y muchas de ellas en el teatro, puede ser que seamos más conformistas y condescendientes.
Hay quienes eligen ver una obra de teatro en un acto puramente espontáneo, de improvisación total, deliberadamente lejos de todo tipo de imperativo cultural, generando un diálogo constante con el gusto por el vodevil barato que enriqueciendo el esnobismo eligen sin autonomía, guiados por el consumo masivo, haciendo parte de esa masa bastarda que no tiene pies ni cabeza, sin contenido, vacía. Eligen una propuesta teatral en la que veo y miro lo ya mirado y visto, que no me invita a discernimientos puesto que ya estoy frente a una “realidad seleccionada” y revelada en un orden preciso de imágenes repetidas; veo lo necesario, lo que debo ver para entender la historia, sin sutilezas ni ambages,  a diferencia de aquel teatro que además de narrarme la historia me la ilustra con metáforas y metonimias, que harán en mí un tejido de múltiples lecturas y reflexiones, además, tengo la posibilidad de elegir qué miro de la escena, si sobre o debajo, dentro o fuera, contra o entre las grietas que la narración va dejando abiertas y desangrándose sobre el escenario para mirar y mirar largamente el tiempo que yo quiera.
Finalmente, tampoco un teatro que gravita entre argucias o artimañas académicas y conceptuales que estrangula la contemplación platónica en la búsqueda de realidades superiores que uno puede encontrarse; parafraseando a Nietzsche, solazarse náufrago en una contemplación serena, con la voluntad extinguida, sin la codicia y el afán del egoísmo, ebrios.
Puede ser que sea de los que sólo nos gusta aquello que podemos entender fácilmente que es lo mismo gustar de aquello que sólo está bajo nuestro control y por eso se prefiera un teatro ligth, sin embargo, no por eso vulgar, decadente y sin poética.
Finalmente y contra toda opinión, como apuntó Duchamp en su momento, no son los pintores sino los espectadores quienes hacen los cuadros, opinión que comparto si la comparamos con el teatro, por ejemplo, quien acuñó a la dramaturgia de Beckett o Ionesco el concepto de teatro del absurdo, no fue exactamente un dramaturgo perteneciente al teatro del absurdo, sino un crítico de nombre Martin Esslin quien escribió muy original El teatro del absurdo (1961), con esto quiero decir que el espectador tiene gran responsabilidad en la calidad de las obras de teatro ofrecidas y propuestas por los diferentes grupos, y no sólo teatro, también está la danza, los títeres, la narración oral, la música.
Parafraseando a Óscar Wilde: Si como público decimos que una obra de teatro es oscura en exceso, quiere decir que se ha dicho o hecho algo hermoso y, además, original; pero cuando se describe una obra de teatro como obscena en exceso, quiere decir que se ha dicho o hecho algo hermoso y, además, verdadero.
Ya está en nosotros como público espectador cuál de las dos posiciones queremos cultivar y obviamente como hacedores.

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