Antes de hacer una
crítica a una obra de teatro siempre he pensado que para el crítico es más saludable
defender una buena obra, pero también es demasiado fácil minar con las palabras
lo que otros han hecho dejando alma y sangre sobre las tablas, por muy merecido que esto sea; otro asunto es
que las críticas terminan siendo lo que muchos piensan y quisieran decir, pero
que por motivos de afecto, ignorancia o por evitar ser agregados a la lista de
enemigos de alguien más, no las hacen, teniendo en cuenta que, casi siempre,
las críticas sólo son desfavorables para quienes son criticados, sin importar
lo que digan.
En la última propuesta que vi llamada “X” del grupo de teatro “X”, bajo la dirección y con la
dramaturgia de “X”, me confirmó algo sobre lo que cada vez estoy más convencido: el nivel de expectativa con el que se
vaya a ver una obra de teatro, muchas veces, es proporcional al nivel de
desilusión con el que sales después de la misma, y creo entender que este fenómeno, el de la expectativa Vs desilusión, es resultado de una preocupación que tienen muchos grupos por estar más en las redes sociales como sí de un spam habláramos, que estar sobre las tablas ensayando.
A una obra de teatro hay
que ir desprevenido, sin prejuicios, sin reloj, con el celular apagado, sin
adelanto alguno en la medida de lo posible, todavía más ahora, que a las obras
de teatro les están haciendo tráiler
como si de una película de cine se tratara [que es diferente a editar un vídeo
con fragmentos de la obra] o qué decir cuando ponen fotografías que ni tomadas
por Guy Bourdin, y puede que no esté mal, sólo que me llama la atención porque son lenguajes que llegan a confundir al espectador, pues, en muchos casos no vemos ni en el vídeo ni en el poster, ni en los múltiples y repetidos comentarios posteados en las redes sociales, lo que realmente es la obra, no consiguen trenzar:
fotografía/cine/teatro, que son lenguajes creativos diferentes y muy diferentes; entonces, cuando se está en la butaca esperando ver lo que le vendieron por youtube o el póster que
había puesto en la puerta del bar o los 158 "me gusta", termina uno por sentirse timado, pues, nada
de eso da a propios y ajenos las herramientas para tejer un posible acontecimiento teatral.
En esta propuesta que vi no
hay conflicto, o sea, nada qué contar por muy ergotizados que estuvieran basando su teoría inspirada en la obra de Hans-Thies Lehmamn; los personajes, apenas asomados en el gesto de
los actores y actrices, no tienen nada qué resolver, parecen “personajes” [que
no se me escapen las comillas] traídos de los cabellos como evocaciones
desfiguradas de presuntas imágenes en una posible vida real que aparecen en un
pretexto dramatúrgico para exorcizar malestares y no conflictos, exorcizar gustos [y de muy mal gusto] y no estéticas.
Es una propuesta dispersa,
llena de lugares comunes como comentarios y gags inconexos que parecen más
buscar hacer reír al público que enriquecer lo que apenas y a duras penas brotaba
como trama de una obra; con una puesta en escena que parece no creer en nada, burdamente cercana a ese tipo de representación objetiva y no idealizada
de la realidad que es la del Realismo,
diferente a la realidad con objetividad
documental en todos sus aspectos como es la del Naturalismo, y que casi encontramos de alguna forma cerca de la
invención en esta propuesta.
Es una propuesta a la que
le falta el vértigo del teatro.
Pienso que el teatro no
debe ser una simple réplica de la realidad, otro simulacro cualquiera, sino una poetización de la realidad por
patética y cruel que sea ésta y la poesía misma. El quehacer teatral es para
intentar otras posibles realidades en la escena o para llevar los bolsillos con
buen dinero en efectivo, ya lo anotó alguna vez Woody
Allen, el dinero no da la felicidad, pero procura una sensación tan parecida,
sin embargo, mucho dinero no es sinónimo de dejar de ser pobre sobre las tablas
y no veo ni hago teatro para sumar a ese exiguo y cancerígeno mundo de la obsolescencia programada en la que está
cayendo el Teatro y el arte en general.
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