Texto escrito por solicitud de Barra de Silencio y hecho con afecto sincero.
Con
Jhonny, el personaje de UFF… SIN ALIENTO (2005), me sentí vulnerado, desvalido,
bueno, tal vez no tan indefenso, pero sí impotente ante lo difícil que es, a
veces, darnos cuenta cuando pasamos de la monotonía a la costumbre y de ésta al
hábito; ya Flaubert nos advertía que al llegar a viejos las costumbres se
vuelven tiranías o se tornan necesidad si tomamos las palabras de San Agustín,
pero da igual, porque lo importante es que no nos damos cuenta hasta que de
pronto, nos llega al tuétano una pequeña y fría corriente de aire o somos el
vestigio de un posible aleteo de mariposa o un gran trozo de madera desgajada
de cualquier balcón nos descose el juicio como a un Bergerac cualquiera.
Ahora mismo,
Jhonny, un personaje que parece ir de fachada en fachada con su “Sombra” como
única compañía, me recuerda a Jonathan Noel, otro personaje, pero éste en el cuento
de Süskind, que es arrebatado, despojado de su vida euclidiana por una paloma,
haciéndose su vida un harapo existencial como a Jhonny, que es un Sísifo urbano, y no porque cualquier
parecido con la realidad sea siempre pura coincidencia, también le es arrancada
de su día a día su inalterable, en apariencia, cotidianidad.
Jhonny asomado
desde su burladero de la soledad, sortea el azar, el destino, lo que fracasa,
atesorando esa palabreja con la que se carea borrascas de todo tipo en una
sociedad como ésta que es tan parecida a la “de siempre”: la esperanza; tal vez
y sin saberlo, Jhonny se arrebuja en esa desesperanza que Maeterlinck describe
como fundada en lo que sabemos, que es nada, pero que dice también sobre la
esperanza, esa palabreja que atesora Jhonny desde su burladero/fachada, que es
sobre lo que ignoramos, que es todo. Hasta que tropieza y Jhonny de bruces se
da un “golpe de suerte”.
El trabajo de Barra
del Silencio con Luís Correa, bajo la dirección de María Teresa Llano en la
obra UFF… SIN ALIENTO, me permitió vivir un Universo en el que estamos tan sumergidos
que dejamos de ver, y que en la piel y el sudor de Correa, Jhonny toma vida
para darnos cuenta que, a veces, o somos un Jhonny o somos vecinos de un
Jhonny.
Esta propuesta
íntima, donde la escenografía principal puede ser la fachada de mi casa, donde
hay toda una dramaturgia del actor interactuando con una partitura de silencios
concatenados finamente con el gesto, es una propuesta que más para verla, es
para vivirla.
Y no puedo dejar de
anotar que en algún momento y no sé por qué razón, cuando vi la propuesta de
Barra del Silencio sobre una fachada y atravesada por un personaje como Jhonny
y su “Sombra” como única compañía, se me antojó algún intento telúrico de naturaleza
real o ficticia, provocado por todo aquello que se recoge minuto a minuto hasta
deshilvanar las costuras de la existencia y que al final de la puesta, cayera
la fachada y apareciera: “Ahí tienen su hijueputa casa pintada”; no sé, pero
esta frase que aparece al final de la película de Cabrera tiene algo de triunfo
amalgamado con la desolación, una sensación parecida a la que tuve cuando el
público aplaudió de pie el trabajo de Correa en UFF… SIN ALIENTO.
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