miércoles, 22 de junio de 2016

Ser nadie también es ser alguien

EXPRIMIDO TEATRAL

Obra: Nadie quiere ser nadie (historias de la clase media).
Directora y autora: Mariela Asensio.
Interpretan: Florencia Ansaldo, José Joaquin Araujo, Lucía Aduriz, Salomé Boustani, Guillermo Jáuregui, Mario Mahler, Natalia Olabe, Andrea Strenitz.[1]
Función: Sábado 4 de junio - 2016






« ¿Alguna vez te preguntaste en qué se parece lo que soñaste para tu vida con lo que tu vida en realidad es? ¿Alguna vez te encontraste cara a cara con tu frustración? »
M. A.

Uno podría decir que en Nadie quiere ser nadie (historias de la clase media), donde Mariela Asensio es la dramaturga, directora y en una primera temporada actriz de la pieza, los “etiquetados” como “los de la clase media” no es que no quieran ser nadie, sino que no son alguien porque o quieren ser como los ricos o no quieren ser como los pobres, es decir, y lo digo en el sentido más quimérico y artificial que legitima el material utilitarista del dinero, ser “alguien” en esta “nueva sociedad” del consumo, proclive a infestar todo con su “obsolescencia programada”, es tener y hacer parte de todo lo que queremos a cualquier costo, incluyendo dejando de ser uno mismo.
A esta familia de “clase media” la compone o instituye un padre obsesivo por mantener las apariencias,

«Somos personas que trabajan. Aprendimos a fuerza de voluntad la importancia del esfuerzo. Nos auto superamos. Nadie nos regaló nada y todo lo que construimos es el resultado de una gran convicción. No queremos grandes lujos pero aspiramos a la dignidad en su más amplio sentido: Capacidad de ahorro. Quince días en un crucero. Un plasma en cada habitación. Amamos la vida que supimos construir y por eso nos cuidamos de la inseguridad. Vivimos en comunidad sin molestarnos. Equilibramos la vida campestre con la urbana. Tenemos solárium, salón de eventos, cancha deportiva y empleados. Les inculcamos valores a nuestros hijos para que el día de mañana sean personas de bien.»

una madre que aparenta ser madre y esposa, que renunció a su sueño de ser maestra para cambiar el tapiz del sofá y renovar la vajilla; una hija que no sabe si aparentar o ser ella misma, lo que igualmente ignora,

«No, no dije eso… quiero decir, si naciste en medio de la prosperidad y la
abundancia, ¿está mal que usufructúes tu realidad existencial en favor tuyo?»

Y un hijo que se fue a estudiar al extranjero a cumplir los sueños que no puedo realizar en su propia Patria. A esta familia se suma Maricruz [la única de todo el elenco que tiene nombre propio y no un simple y manoseado sustantivo], que es la señora que contrata la familia de “clase media” para asear, cocinar, lavar, limpiar y menguar un poco la capacidad de humillación en la que se regodea todo aquel con algo de dinero y poder sin responsabilidad,

« ¿Por qué será que nos cuesta tanto llamar a nuestras empleadas por su nombre? Y nos referimos a ellas con títulos como la señora, la chica, la doméstica, la mucama, la muchacha, la sierva o la sirvienta. No debería existir conflicto alguno a la hora de hacer alusión a ellas, después de todo tienen nombre como cualquier cristiano ¿o no?»

A este elenco se suman cuatro sustantivos más: el extranjero,

«No era nadie allí y no soy nadie aquí. Pero no ser nadie siempre es mejor bien lejos de los que te quieren ver ganar. Yo no nací para ganar y no hubo modo de que lo entendieran. No soy bueno haciendo nada en particular pero desde aquí puedo escribir largos mensajes contando lo bien que me va. Puedo también enviar fotografías con mi cara sonriente. Construyendo así la imagen perfecta que todos quieren admirar. Mientras tanto sirvo mesas en un bar, y rezo para que la propina sea generosa, y rezo también para poder pagar la habitación pero por sobre todo rezo para poder tener un poco de esperanza. Rezo por una vida mejor. Rezo por la autorrealización…»

 el empleado de seguridad, la aspirante a actriz y la psicóloga, que en su momento diría lo que podría ser el resumen ideológico y crítico de la pieza:

«La clase alta es delgada, la clase baja es gorda y la clase media hace dieta.
Nunca seré lo suficientemente delgada ni lo asquerosamente cerda.»  

El espacio que propone la obra es una casa de campo que por un efecto de metonimia sólo vemos un sofá fucsia; luego el espacio cambia al consultorio/apartamento de la psicóloga en el que por el mismo efecto semántico vemos el mismo sofá del mismo color, pero ahora como un diván y así, cambian de un lugar de cautiverio a otro por un cambio ilustrativo de la luz.
El entramado que construye los personajes parte del arquetipo (sus gestos, sus acentos, sus tonos, su vestuario), una caracterología propia del rol o papel o función en la pieza que en unos soliloquios fragmentados los actores parecen dictar al público, excepto por muy pocos momentos en los que interactúan los actores/personajes o, como en un par de escenas, Maricruz canta acompañada por El empleado de seguridad, que por cierto, una de las canciones es Un mundo ideal… y así van cerrando conmigo de qué va la obra.
Algunas preguntas que en algún momento dice la directora/dramaturga que se hizo para llegar a esta propuesta, son preguntas que nos hacemos solapadamente en algunos momentos; en otros momentos mordiéndonos los labios tratando de atrapar las palabras para que no nos develen, por ejemplo, la envidia o la curiosidad sobre aquella otra persona que parece ser más o deseo que sea menos que esto que busco ser y que no puedo pero que hago el mejor esfuerzo por aparentarlo convirtiéndonos en un globo de helio igual que esa otra persona, tan vulnerables.
¿Soy lo que tengo? ¿Y esta frustración es porque me falta algo o porque no tengo lo que dicta el comercio? ¿Esto que sueño alcanzar nunca se hará realidad? ¿Por qué todo crecimiento es indicativo de “ascender”? ¿Ser alguien implica tener algo y no tenerlo es ser nadie?
En esta pieza hay una sinceridad con la que no pretendemos identificarnos al inicio, luego nos va dando vergüenza hasta caer en un tedio de no querer mirar a la persona que está al lado de la butaca porque me puede evidenciar el sonrojo (puedo decir que en un 95 % de las personas que estábamos como público en la función que vi éramos de “clase media”).
En esta pieza dramatúrgica que para mí fue más expositiva que representativa, hay una verdad para cada espectador que viene en tintes irónicos y mordaces, en matices y tonos de sarcasmo que develan una realidad desteñida por estar guardada todo el tiempo a la sombra de las apariencias, detrás de las puertas, debajo de las alfombras enmohecidas; una existencia por la que daríamos la vida para que no fuera revelada, pues de serlo, quedarían en evidencia nuestras más certeras fachadas y todo el maquillaje barato con el que enmascaramos nuestro auténtico ser se desleiría y quedaríamos expuestos, no habría nada interesante en nuestros sótanos, ni pecados por cometer ni cometidos, ni remordimientos por haberle deseado la muerte a quien nunca seríamos capaz de matar, ni de envidiar la fortuna de otros por la cual nunca haríamos lo que esos otros hicieron para conseguirla, ni miedos al fracaso por nunca intentarlo, ni mentiras, incluidas aquellas que nos decimos a nosotros mismos porque ante la verdad somos frágiles, impotentes e intolerantes, y no es que nadie quiera ser nadie, sino que “nadie quiere ser alguien” porque al decidir serlo no se sabría qué ser.



[1]Nota: En la temporada 2015, el rol de la Psicóloga fue interpretado por Teresita Galimany y el de la Actriz por Anahí Gadda. Hasta abril de 2016, el rol del Padre fue interpretado por Carlos Juárez.

lunes, 20 de junio de 2016

Agónico pero no enterrado



EXPRIMIDO TEATRAL

 


Obra: La agonía del difunto.
Autor: Esteban Navajas
Actores: Leonardo Crinigan, Marcelo Fernández, Laura Tobón, Viviana Vives
Adaptación y dirección: Lucía Videla
Función: Sábado 16 de abril de 2016.

Quien no conozca o al menos escuchado el título de la primera obra y la más taquillera de Esteban Navajas (Bogotá -1948), “La agonía del difunto” (1975), resultado del Taller de Dramaturgia del Teatro Libre de Bogotá, organizado y orientado por Jairo Aníbal Niño en 1975, para ser luego Premio de las Américas en 1976; desconoce un poco la historia del teatro que narra a esta Colombia aún hoy, gobernada por latifundistas, terratenientes o hacendados de cuello blanco unos o corbata otros con complejo de Presidentes que todavía se siguen eligiendo bajo el eufemismo manoseado de la democracia.
Pues, este retrato social con un lenguaje propio de la costa Caribe colombiana, hizo parte por estos días de la cartelera teatral de la ciudad de Buenos Aires; así que con una sensación en la que se mezclaba la curiosidad y la fascinación, después de rastrear cuántas obras referidas al conflicto social colombiano, escritas por un dramaturgo colombiano de los 70’ estaban, no sólo de paso, sino con una temporada de dos meses en el Buenos Aires de Gambaro, Pavlovsky, Spregelburd, decidí ir a ver a la única obra que había, ¡Ah! Y lo no menos importante: dirigida y actuada por argentinos.
A la sala que llegué, otra casa adaptada para teatro como las muchas a las que ya estamos acostumbrados y que aquí como allá pululan, con una capacidad de un poco más o un poco menos de 120 espectadores, estaba con todo su aforo agotado.
La escena estaba impecable, incluso, demasiado limpia para ser una especie de “casa de mayordomo” en la que entra y sale todo el mundo o nadie, hace mucho tiempo. La composición escenográfica tenía saltos anacrónicos que podían llegar a confundir la lectura de la época para el espectador, como una radio de los 60’ junto a un tocadiscos de los 80’; un saxofón actual y nuevo, un mosquitero tan diáfano como un vestido de novia que hace juego con un tapete-alfombra también blanco; candelabros con velas encendidas acompañadas sin necesidad por la iluminación general de la propuesta, entre otras cosas.
Los actores/personajes estaban cada uno en su posición esperando a que el público terminara su entrada al recinto; a la única que se le veía haciendo algo era a doña Carmen, que rezaba arrodillada junto a la cama en la que yace el supuesto cadáver de su marido, don Agustino. La acompañaban Benigno y Otilia, dos campesinos que a lo largo de la obra irán desbaratando la farsa de esa muerte y terminando por llevar a cabo la venganza en nombre de todos los peones en insurrección por abusos, asesinatos y desapariciones que don Agustino ha gestado en complicidad con las fuerzas militares,  enterrándolo vivo. El vestuario, me parece, reincidía en los mismos desaciertos que describí antes con la escenografía y en el mismo sentido de su falta de unidad estética y narrativa.
En último lugar empieza una interpretación del texto en el que los actores se tropezaban aquí y allá con algunas palabras, tal vez, desconocidas para ellos (no sabían, por ejemplo, que era una camándula, un rosario o un novenario), frases enteras en las que por mucho que me esforcé como espectador no logré obtener sentido ni significado alguno, en síntesis, una interpretación lisa. Eso sí, tenían todo muy bien memorizado, excepto por algunos y distantes silencios seguidos por miradas interrogativas entre los actores que evidenciaban cortes en la fluidez haciendo eco en la caída y recuperación inmediata del ritmo de la pieza.
Resalto, por supuesto, la capacidad de entrega de los actores y más de quienes personificaron a don Agustino y a Benigno. Nunca me ha parecido fácil la escena en la que don Agustino se levanta de la cama por primera vez, después de tres días de estar allí oculto en su propia muerte, y hacer una verdadera fiesta en connivencia con su esposa, interpretación que diferenciaba entre todos, además, por ser la única colombiana del elenco; pirueteando de aquí para allá, celebra su “resurrección” con un típico pasodoble clásico español propio de las corridas de toros, sin abandonar su actitud tiránica contra los campesinos como todo un buen “Patrón”. En cambio en Benigno como personaje antagónico, la rabia, la sed de sangre por el asesinato de su esposa, la tristeza puesta en un cuerpo enjuto y demacrado; el titubeo en sus palabras cuando el deseo de gritar lo traicionaba con el deber de callar, lo hacen el peor enemigo que pueda tener la suerte del “gran señor” y que así lo demuestra cuando sella la tapa, clavo a clavo, al cajón en el que dentro don Agustino todavía respira.
Finalmente, y lo que llega a suceder con muchas funciones de teatro en su noche de estreno, es que la propuesta deja en el público una impresión de boceto, pero la evidente e incuestionable responsabilidad escénica por parte de actores y actrices no dejan duda que muy pronto estarán equilibrando sobre el afilado lenguaje satírico que Navajas propone en su obra, por lo que voy a regalarme una función más y en la que muy seguramente voy a ser espectador de una comedia tan trágica como lo es historia de este país del Corazón de Jesús y que Navajas dejó en el papel con escalpelo en sustitución de la pluma.
           
SINOPSIS:
Agustino Landazábal, un rico terrateniente, se hace el muerto, con la complicidad de su mujer, Doña Carmen, con el fin de evitar que unos campesinos que han invadido las tierras altas de su finca, lleguen hasta la casa para matarlo, en venganza por los crímenes que él, de la mano del ejército, ha cometido contra los invasores. Al final, dos campesinos entierran vivo a don Agustino, quien no puede evitar su tragedia.

Datos curiosos:
1.      “La agonía del difunto” fue llevada al cine en 1981 bajo la dirección de Dunav Kuzmanich con guión del mismo Navajas y estrenada en 1982 en el 22° Festival Internacional de Cine de Cartagena.
2.      Dunav Kuzmanich escribió una veintena de guiones cinematográficos, entre los que se destacan “Cóndores no entierran todos los días” (1983), “San Antoñito” (1984) y “La nave de los sueños” (1995).
3.      En la misma edición (1976) del Premio Casa de las Américas en la que Esteban Navajas se hace acreedor del premio, el grupo de teatro La Candelaria, obtiene de igual forma el galardón por la pieza “Guadalupe años sin cuenta”.



martes, 7 de junio de 2016

La Pilarcita que no vi

EXPRIMIDO TEATRAL  
Obra: La Pilarcita.
Dirección y dramaturgia: María Marull.
Lugar: El Camarín de las Musas.
Función: Viernes. 06 – Mayo – 2016. 8:00 pm

 Que sólo se anhelan aquellas cosas en las que uno cree por lo que creer es, muchas veces, esperar; a tal punto que, de tanto esperar, al final anhelamos que pase cualquier cosa sin importar si es en lo que creemos o lo que anhelamos.
Fue la sensación que salí amasando con torpeza, después de que vi La Pilarcita, pieza escrita y dirigida por María Marull; una puesta en escena impoluta. De una modesta hostería nos instala todo el tiempo en la terraza, en la que vemos ropa de cama tendida, una mesa metálica con sus respectivas sillas, una piscina pequeña y un habitáculo que hace de estancia para huéspedes.
Celina, quien está a cargo de la hostería, es estudiante de medicina e hija de los dueños de la posada, todo el tiempo es alguien que quiere ser; Celeste, su amiga, es todo el tiempo alguien que pretende ser; Selva, es la huésped que llega de la ciudad a este remoto pueblo correntino con su pareja [que no vemos] a tratar de recuperar lo que fue con lo que le queda de fe en el amor y en la vida, puesta en una santa popular litoraleña, La Pilarcita, un personaje a quien le harán fiesta y homenajearán a cambio de milagros.
La dirección de los actores es de una precisión tan cartográfica que parece que permanecieran inmutables al espacio y a ellos mismos, que su ir y venir está dado por líneas trazadas en el piso que no alcanzamos a ver, dejando como espina dorsal a la construcción de la situación y los personajes un texto lírico y puesto de tal forma que aquellas frases corrientes y habituales toman un tinte poético.
Es así como vi lo que la mayoría vio, pero que, y no sé porqué, terminé por hacer lecturas que ninguna de las personas con las que he hablado han leído y es, tal vez, por eso que termino escribiéndolo.
 En La Pilarcita vi por el personaje: Celina, a aquellos seres condenados a estar remendando a su propia vida los retazos de una vida que le es ofrecida por los demás y a la que de renunciar, dejaría de soñar y de ser; es reflejo de esos seres que como una tortuga nace, crece, recibe los mejores logros académicos y laborales, y morirá en el mismo caparazón, desapareciendo bajo el hartazgo de lo que los demás quieren lo que ella quiere ser.
Vi por el personaje: Celeste, aquellos seres sumergidos en un confort retroalimentado por sí mismos; enamorada de amores usados, viviendo vidas vividas, cosiendo una y otra vez las mismas ilusiones, porque esperar es mejor a inventarse dificultades y si hay dificultades tener a mano excusas en desuso sustentadas por las circunstancias que como la mayoría, se salen de nuestras manos.
Y vi por el personaje: Selva, la decadencia inevitable en la que terminamos todos los que anhelamos algo cuando creemos en ello, porque se nos olvida que somos seres contingentes, se nos pasa por alto las carencias que vienen intrínsecas a nuestra condición humana. En Selva, aunque evidente su incompletud existencial, su desasosiego constante por tener algo que ya le pertenece, sus frustraciones, su inacabada vida aún al final de la misma, no me dejó de sorprender esa perseverancia tenaz de ser en el amor y en la fe, dos cosas evidentemente muertas.

Sin olvidarme del personaje Hernán, hermano de Celina, que a mi parecer es “el músico con guitarra” en la pieza, La Pilarcita me puso frente a un espejo en el que se resalta la perfectibilidad de la vida cuando en ella nos conformamos al paisaje de la costumbre y que al momento de querer mudarnos de esa holgura nos descubrimos cautivos de una voluntad imaginada y viciada de hastíos e insatisfacciones que por alimentar lo poco de vida, buscaremos siempre.