EXPRIMIDO
TEATRAL
Dirección
y dramaturgia:
María Marull.
Lugar: El Camarín de las
Musas.
Función: Viernes. 06 – Mayo
– 2016. 8:00 pm
Que sólo se anhelan
aquellas cosas en las que uno cree por lo que creer es, muchas veces, esperar;
a tal punto que, de tanto esperar, al final anhelamos que pase cualquier cosa
sin importar si es en lo que creemos o lo que anhelamos.
Fue la sensación que
salí amasando con torpeza, después de que vi La Pilarcita, pieza escrita y
dirigida por María Marull; una puesta en escena impoluta. De una modesta
hostería nos instala todo el tiempo en la terraza, en la que vemos ropa de cama
tendida, una mesa metálica con sus respectivas sillas, una piscina pequeña y un
habitáculo que hace de estancia para huéspedes.
Celina, quien está
a cargo de la hostería, es estudiante de medicina e hija de los dueños de la
posada, todo el tiempo es alguien que quiere ser; Celeste, su amiga, es todo el
tiempo alguien que pretende ser; Selva, es la huésped que llega de la ciudad a
este remoto pueblo correntino con su pareja [que no vemos] a tratar de
recuperar lo que fue con lo que le queda de fe en el amor y en la vida, puesta
en una santa popular litoraleña, La Pilarcita, un personaje a quien le harán
fiesta y homenajearán a cambio de milagros.
La dirección de los
actores es de una precisión tan cartográfica que parece que permanecieran
inmutables al espacio y a ellos mismos, que su ir y venir está dado por líneas trazadas
en el piso que no alcanzamos a ver, dejando como espina dorsal a la
construcción de la situación y los personajes un texto lírico y puesto de tal
forma que aquellas frases corrientes y habituales toman un tinte poético.
Es así como vi lo
que la mayoría vio, pero que, y no sé porqué, terminé por hacer lecturas que
ninguna de las personas con las que he hablado han leído y es, tal vez, por eso
que termino escribiéndolo.
En La Pilarcita vi por el personaje: Celina, a
aquellos seres condenados a estar remendando a su propia vida los retazos de
una vida que le es ofrecida por los demás y a la que de renunciar, dejaría de
soñar y de ser; es reflejo de esos seres que como una tortuga nace, crece,
recibe los mejores logros académicos y laborales, y morirá en el mismo
caparazón, desapareciendo bajo el hartazgo de lo que los demás quieren lo que
ella quiere ser.
Vi por el
personaje: Celeste, aquellos seres sumergidos en un confort retroalimentado por
sí mismos; enamorada de amores usados, viviendo vidas vividas, cosiendo una y
otra vez las mismas ilusiones, porque esperar es mejor a inventarse
dificultades y si hay dificultades tener a mano excusas en desuso sustentadas
por las circunstancias que como la mayoría, se salen de nuestras manos.
Y vi por el
personaje: Selva, la decadencia inevitable en la que terminamos todos los que
anhelamos algo cuando creemos en ello, porque se nos olvida que somos seres contingentes,
se nos pasa por alto las carencias que vienen intrínsecas a nuestra condición
humana. En Selva, aunque evidente su incompletud existencial, su desasosiego
constante por tener algo que ya le pertenece, sus frustraciones, su inacabada
vida aún al final de la misma, no me dejó de sorprender esa perseverancia tenaz
de ser en el amor y en la fe, dos cosas evidentemente muertas.
Sin olvidarme del
personaje Hernán, hermano de Celina, que a mi parecer es “el músico con
guitarra” en la pieza, La Pilarcita me puso frente a un espejo en el que se
resalta la perfectibilidad de la vida cuando en ella nos conformamos al paisaje
de la costumbre y que al momento de querer mudarnos de esa holgura nos
descubrimos cautivos de una voluntad imaginada y viciada de hastíos e
insatisfacciones que por alimentar lo poco de vida, buscaremos siempre.

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