martes, 7 de junio de 2016

La Pilarcita que no vi

EXPRIMIDO TEATRAL  
Obra: La Pilarcita.
Dirección y dramaturgia: María Marull.
Lugar: El Camarín de las Musas.
Función: Viernes. 06 – Mayo – 2016. 8:00 pm

 Que sólo se anhelan aquellas cosas en las que uno cree por lo que creer es, muchas veces, esperar; a tal punto que, de tanto esperar, al final anhelamos que pase cualquier cosa sin importar si es en lo que creemos o lo que anhelamos.
Fue la sensación que salí amasando con torpeza, después de que vi La Pilarcita, pieza escrita y dirigida por María Marull; una puesta en escena impoluta. De una modesta hostería nos instala todo el tiempo en la terraza, en la que vemos ropa de cama tendida, una mesa metálica con sus respectivas sillas, una piscina pequeña y un habitáculo que hace de estancia para huéspedes.
Celina, quien está a cargo de la hostería, es estudiante de medicina e hija de los dueños de la posada, todo el tiempo es alguien que quiere ser; Celeste, su amiga, es todo el tiempo alguien que pretende ser; Selva, es la huésped que llega de la ciudad a este remoto pueblo correntino con su pareja [que no vemos] a tratar de recuperar lo que fue con lo que le queda de fe en el amor y en la vida, puesta en una santa popular litoraleña, La Pilarcita, un personaje a quien le harán fiesta y homenajearán a cambio de milagros.
La dirección de los actores es de una precisión tan cartográfica que parece que permanecieran inmutables al espacio y a ellos mismos, que su ir y venir está dado por líneas trazadas en el piso que no alcanzamos a ver, dejando como espina dorsal a la construcción de la situación y los personajes un texto lírico y puesto de tal forma que aquellas frases corrientes y habituales toman un tinte poético.
Es así como vi lo que la mayoría vio, pero que, y no sé porqué, terminé por hacer lecturas que ninguna de las personas con las que he hablado han leído y es, tal vez, por eso que termino escribiéndolo.
 En La Pilarcita vi por el personaje: Celina, a aquellos seres condenados a estar remendando a su propia vida los retazos de una vida que le es ofrecida por los demás y a la que de renunciar, dejaría de soñar y de ser; es reflejo de esos seres que como una tortuga nace, crece, recibe los mejores logros académicos y laborales, y morirá en el mismo caparazón, desapareciendo bajo el hartazgo de lo que los demás quieren lo que ella quiere ser.
Vi por el personaje: Celeste, aquellos seres sumergidos en un confort retroalimentado por sí mismos; enamorada de amores usados, viviendo vidas vividas, cosiendo una y otra vez las mismas ilusiones, porque esperar es mejor a inventarse dificultades y si hay dificultades tener a mano excusas en desuso sustentadas por las circunstancias que como la mayoría, se salen de nuestras manos.
Y vi por el personaje: Selva, la decadencia inevitable en la que terminamos todos los que anhelamos algo cuando creemos en ello, porque se nos olvida que somos seres contingentes, se nos pasa por alto las carencias que vienen intrínsecas a nuestra condición humana. En Selva, aunque evidente su incompletud existencial, su desasosiego constante por tener algo que ya le pertenece, sus frustraciones, su inacabada vida aún al final de la misma, no me dejó de sorprender esa perseverancia tenaz de ser en el amor y en la fe, dos cosas evidentemente muertas.

Sin olvidarme del personaje Hernán, hermano de Celina, que a mi parecer es “el músico con guitarra” en la pieza, La Pilarcita me puso frente a un espejo en el que se resalta la perfectibilidad de la vida cuando en ella nos conformamos al paisaje de la costumbre y que al momento de querer mudarnos de esa holgura nos descubrimos cautivos de una voluntad imaginada y viciada de hastíos e insatisfacciones que por alimentar lo poco de vida, buscaremos siempre.

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