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“La tragedia está muy
bien ordenada. Todo es seguro y tranquilizador. En el drama, con todos esos
traidores, esos malvados fanáticos, esa perseguida inocencia, ese fulgor de
esperanza, es horrible morir, como un accidente… En la tragedia puede uno estar
tranquilo… Después de todo, en el fondo, todos son inocentes. No porque uno
mate y el otro sea muerto, es sólo cuestión del reparto de papeles. Y además,
la tragedia es sobre todo tranquilizadora, porque desde el principio se sabe
que no hay esperanza, esa sucia esperanza… En el drama se lucha, porque se
espera en cierto modo poder salvarse. Es repugnante. Eso tiene un sentido. Pero
aquí todo es absurdo. Todo es vano. Finalmente, ya no hay que intentar nada.”
Antígona
de Jean Anouilh,
citado por Albin Lesky en La tragedia griega.
“Los
dramas de Maeterlinck son sobre todo una epifanía, una purificación de las
almas. Sus dramas son un coro de almas que cantan a media voz el sufrimiento,
el amor, la belleza y la muerte. Hay en ellos una simplicidad que transporta
lejos de la tierra, un goce estático o una armonía que anuncia el reposo.”
Vsevolod Meyerhold – Historia y técnica
del teatro
“…la ceguera también es
esto, vivir en un mundo donde se ha acabado la esperanza”.
José
Saramago – Ensayo sobre la ceguera.
Sin
mucho esfuerzo podríamos decir que La Isla de los Muertos (1880) de
Arnold Böcklin (1827 – 1901), inicial y paradójicamente llamada Un Lugar
Tranquilo, es el espacio ideal para Los Ciegos (1890), obra escrita
por Maurice Maeterlinck (1862 – 1949) que sumada a La Intrusa (1890), Las
Siete Princesas (1891) y Pelleás y Mélisande (1892), integran la
serie “teatro estático” como una nueva forma de ver y representar el teatro
buscando otras formas de expresión. En palabras del autor: “Hay un trágico
cotidiano que es mucho más real, mucho más profundo y mucho más conforme con
nuestro ser verdadero que lo trágico de las grandes aventuras. Es fácil
sentirle, más no mostrarle, porque lo trágico esencial no es simplemente
material o psicológico. No se trata ya aquí de la lucha determinada de un ser
contra otro, de la lucha de un deseo contra otro, del eterno combate de la
pasión y del deber. Trataríase más bien de hacer ver lo que hay de sorprendente
en el solo hecho de vivir” (Lo trágico cotidiano, Maeterlinck,
1990).
La
obra de Böcklin, es uno de los trazos profundos del movimiento simbolista
cuando los poetas buscaban reivindicar contra los valores del materialismo y el
pragmatismo, en reacción al naturalismo y al realismo, narraciones opuestas a
la realidad visible, reivindicando el sueño frente a la razón, más allá del
divertimento y la sustantividad informada; lo que en palabras sustraídas del
manifiesto literario publicado en 1886 por Jean Moréas (1856 – 1910) define
como “enemigo de la enseñanza, la declamación, la falsa sensibilidad y la
descripción objetiva”. De esta forma parecía incontenible el surgimiento
posible de un teatro donde el ser humano se enfrentara con su peor tragedia: su
propia realidad existencial.
Baudelaire
y Flaubert, quienes fueron los que más insistieron en tan ardua campaña de la
escritura para teatro, fracasaron en su tarea dramatúrgica, despertando en el
pensamiento estético de la época la necesidad de una dramática que exigía que
fuera un dramaturgo de oficio el que provocara una colisión estética y final al
naturalismo, y es aquí donde Maeterlinck con su obra Los Ciegos, abre
paso al teatro hacia ese universo oscuro y enigmático debido al uso audaz de
metáforas que buscaban evocar las afinidades ocultas por medio de la
sinestesia, como en su momento lo definieron Stéphane Mallarmé (1842 – 1898) y
Paul Verlaine (1844 – 1896), precursores del movimiento en la década de 1870.
Maeterlinck
abre paso a un teatro que “no es en los actos, sino en las palabras, donde
se encuentran la belleza y la grandeza de las bellas y grandes tragedias.”
(Maeterlinck, 1990)
De
esta forma es que el “teatro estático” como tragedia no depende de las acciones
de los personajes ni de la interacción posible entre ellos, sino de lo que sus
palabras ponen en evidencia, lo que en este sentido, Jorge Dubatti, por
ejemplo, en su ensayo Maurice Maeterlinck y el drama simbolista (en el
Centenario del estreno mundial de “El Pájaro Azul”, 2009) afirma que a
la obra de Maeterlinck la caracteriza con precisión esa búsqueda y revelación
de los misterios de la vida a través de las palabras: “Maeterlinck reclama
al espectador una disponibilidad espiritual hacia lo sagrado, el Misterio, el
Enigma en tanto indescifrable pero no por eso menos perceptible como
sentimiento y experiencia. Invita además al reconocimiento del arte desde su
autonomía y soberanía, y a encontrar en éste una consecuente instrumentalidad
espiritual.” (Dubatti, 2009); a este movimiento del “teatro estático” no se
nos puede escapar otro de sus representantes, Fernando Pessoa (1888 – 1935),
con su El Marinero (1933) y que su autor define como “drama estático en
un cuadro”; y dirigido hacia la “tragedia de un teatro simbolista” con obras
como Yerma (1934), La casa de Bernarda Alba (1936) y Bodas de
sangre (1933), el poeta y dramaturgo Federico García Lorca (1898 – 1936),
evidencia el simbolismo como instrumento de creación y lenguaje trágicos, por
ejemplo, en Así que pasen cinco años (1931) y en el dibujo “invisible” de la muerte en la
escena final de Doña Rosita la soltera (1935 – Mediante efectos sonoros, cambios de luz, etc)
inspirados en La Intrusa de Maeterlinck, a quien en una ocasión, aunque
casi nunca menciona con frecuencia, lo hizo dedicándole dos adjetivos
concluyentes: “enorme y admirable”. (Impresiones y paisajes, Federico
García Lorca, 1918). Sin embargo, este “teatro estático” no es nuevo o así lo
expone Meyerhold: “Las mejores tragedias antiguas, Las Euménides, Antígona,
Electra, Edipo en Colonna, son estáticas, carecen no sólo del llamado
„argumento‟, sino incluso de acción psicológica. Las tragedias antiguas
constituyen ejemplos de teatro inmóvil, en los que la fuerza trágica está
representada por el destino y por la posición del hombre en el universo (...)
Es necesario un teatro inmóvil también en el plano técnico, un teatro que
considere el movimiento como música plástica, como expresión exterior de una
emoción interior (movimiento entendido como ilustración). La técnica del teatro
inmóvil prefiere por esto gestos contenidos y movimientos limitados; teme los
movimientos superfluos porque distraen al espectador de los complejos
sentimientos interiores que pueden captarse únicamente en un rumor, en una
pausa, en el temblor de una voz, en una lágrima que vela los ojos del actor.”
(Meyerhold, 1992, p. 159)
La isla de los muertos I (1880), óleo sobre tabla, 74 x 122 cm, Museo Metropolitano de Arte, Reisinger Fund, Nueva York.
¿Cómo
sucede la tragedia en Los Ciegos de Maeterlinck? Sabemos que Friedrich
Nietzsche (1844 – 1900) en el momento de escribir El nacimiento de la
tragedia en el espíritu de la música (1872) era un gran admirador de Arthur
Schopenhauer (1788 – 1860) y fue la obra El mundo como voluntad y
representación (1819) de este autor el que en principio orientó de alguna
forma la obra nietzscheana. En consideraciones sobre la naturaleza y el sentido
de la tragedia como que “El placer que la tragedia nos proporciona no
pertenece al sentimiento de lo bello, sino al de lo sublime. Una escena sublime
de la naturaleza que se desarrolla ante nosotros, muchas veces nos produce el
efecto de anular la voluntad para mantenernos en disposición puramente
contemplativa; pues, de igual modo, ante la catástrofe trágica nos desprendemos
hasta de la misma voluntad de vivir. El campo de acción de la tragedia es el
aspecto aterrador de la vida, ofreciéndonos el espectáculo de la miseria
humana, el reinado del error y del azar, la pérdida del justo, el triunfo de
los malvados; contemplamos, pues, todo aquello que más repugna a nuestra
voluntad en el sistema del mundo. Este espectáculo nos conduce a apartar la
voluntad de la vida, a no amar a ésta ni a desearla”[1],
descripción sobre la tragedia que calzaría como un guante a Los Ciegos de
Maeterlinck, dado que es la propuesta del dramaturgo simbolista un despliegue
sobre la conciencia trágica ante los horrores en los que se resuelve la
existencia fútil al tratar de penetrar en la artificialidad de los deseos, en
los caprichos de las pasiones y en la exquisitez de la voluntad de vivir.
Del
mismo modo, y siendo el concepto nietzscheano sobre la tragedia el que aquí me
interesa, es el Coro lo que mejor calza a la obra de Maeterlinck; veamos,
después de la casi irrefutable diferenciación que hace Nietzsche entre lo
apolíneo y lo dionisíaco, concebidos como dos componentes fundamentales por su
oposición y complementación al mismo tiempo en el espíritu griego; dos
realidades que Schopenhauer habría llamado “representación” una y la otra “voluntad”;
y después de que Nietzsche establece un dios de la mitología griega como
personificación de cada componente así: lo dionisíaco de Dioniso, que según
Nietzsche es un dios sufriente pero, a la vez, exaltadamente jubiloso: el dios
del vino y de la embriaguez, que bendecía la identificación entusiasta de todos
los miembros de la comunidad durante la apoteosis de la orgía. Deidad que
combina, según la descripción nietzscheana, la más despiadada crueldad con la
más amable benevolencia, el ímpetu salvaje con la clemencia y la benignidad. Y
lo apolíneo de Apolo, que encarna las fuerzas opuestas es, en cambio, de
acuerdo con la tradición griega que Nietzsche interpreta, el dios
resplandeciente, es decir, la divinidad de la luz, el dios de las artes
figurativas que preside el mundo de la representación, el de la fantasía y “la
bella apariencia de lo onírico”. Es, también, como Nietzsche subraya, el dios
vaticinador, el intérprete de los sueños y del destino. Frente a Dioniso, que
patrocina la fusión orgiástica de los espíritus, Apolo, en cambio,
simbolizaría, más bien, el principio de individualización. Ambos principios
tuvieron en el origen, según Nietzsche reconoce, su cauce propio: lo dionisíaco
en las exaltadas festividades orgiásticas donde todo desenfreno estaba
permitido y donde se buscaba la compenetración mística de los protagonistas de
la fiesta, asumiendo así el “desgarramiento del principium individuationis”
como un fenómeno artístico; lo apolíneo, en las artes representativas, es
decir, en la pintura y escultura o, también, en la poesía épica[2].
Después
de esta diferenciación que describe en varios apartes de su obra o como “un
coro dionisíaco que se descarga en un mundo apolíneo de imágenes”, o bien
como “una representación simbólica de la sabiduría dionisíaca por medios artísticos
apolíneos” o, finalmente, como una “visión que es en su totalidad una
apariencia onírica y por tanto de naturaleza épica, más, por otro lado es
objetivación de un estado dionisíaco”, afirma Nietzsche que la tragedia,
originariamente, fue “coro y nada más que coro: de lo cual sacamos nosotros
la obligación de penetrar con la mirada hasta el corazón de ese coro trágico,
que es el auténtico drama primordial”, y como Nietzsche da al coro el papel
apolíneo de hacer explícito el sufrimiento, así mismo Maeterlinck no duda hacer
de esta pieza un gran coro que proclama la verdad del mundo y no otra sino “la
de lo espantoso y absurdo del ser”, un gran coro compuesto por doce ciegos
(seis hombres y seis mujeres, una de ellos con un niñito en brazos) que esperan
a ser regresados a su refugio guiados por el sacerdote que yace muerto entre
ellos, “en medio, hacia el fondo de la noche, sentado, muy anciano, envuelto
en una capa”; seis mujeres a la izquierda y, separados por un árbol
descuajado y pedazos de roca, seis hombres a la derecha, ubicados
diametralmente a los lados de quien sería su única salvación, el cadáver del
sacerdote, que inevitablemente nos evoca la Última Cena con Jesús y los doce
apóstoles, sólo que en esta ocasión hablaríamos de un Jesús muerto y rodeado
por sus discípulos, que al reconocerlo muerto y muerta su única salvación,
desesperan pidiendo misericordia, desesperados, a lo que sólo les responde el
silencio rasgado por leves sonidos de pasos que muelen las hojas y el viento, y
que el niño, el único que puede ver, pero no hablar, parece ser testigo de
aquella presencia que los demás no pueden descifrar, y que Maeterlinck haciendo
uso del simbolismo como plástica ligada al diálogo, limita la situación a la
palabra explicitando el elemento esencial y decisivo de la tragedia: lo
irremediable.
Diciendo
con Nietzsche que el coro constituye el elemento fundamental de la tragedia,
hay tres tipos de voces que pueden ser relevantes en el coro: Una primera es
cuando por medio del coro habla la Polis, el ciudadano medio, con el cual todos
o casi todos se identifican y que va comentando los episodios de la tragedia
hablando como si fuera el sentido común, expresando los temores ancestrales,
las expectativas recónditas que los protagonistas comparten, pero que no hacen
explícito para no comprometer sus ideales; una segunda voz del coro es la de la
tradición, origen y fundamento de las instituciones y la mentalidad de la
Polis. Mientras los ciudadanos del común son construcciones socio-culturales,
el héroe gesta su condición de tal a través de la transgresión de las
instituciones y las normas vigentes. De allí que la tradición interpele al
héroe casi que "maternalmente" a través del coro, cuando lo invita a
la prudencia, no sea que suscite la envidia de los dioses o la ira de las
erinias; y finalmente, una tercera voz que habla de la sabiduría poética, esa
que Esquilo y Sófocles -profundos conocedores de la sociedad de su tiempo, de
las tradiciones, pero también de los anhelos, vicisitudes y conflictos del
hombre griego- terminan por formular. Del mismo modo, Los Ciegos como
coro es apenas un grupo de individuos, con personajes sin nombres propios, sin
jerarquización alguna de protagonismo, invidentes todos, también son unificados
por el color y el estilo de sus ropajes que fácilmente nos convoca a el
"quitón", una especie de túnica interior larga hasta los pies, ceñido
por un cinturón, la "clámide", una capa corta, y el "himatión",
que era semejante a una capa larga, que Maeterlinck decribe como “vestiduras
amplias, sombrías y uniformes” haciendo abstracción material de sus cuerpos
aligerando su pesadez conectando de alguna forma su individualidad y psicología
en el orden de la trascendencia.
¿Puede
ser legítimo hablar de “Tragedia” cuando hablamos de Los Ciegos? Dada la
participación de lo trágico debido a la situación trágica en la que están
inmersos los personajes de la obra teniendo como tema el conflicto
absolutamente trágico con un final fúnebre, sí.
Bastaría,
acaso, hacer alusión a lo irremediable como elemento esencial decisivo
de lo trágico, si tenemos en cuenta la distinción conceptual que Lesky en su El
problema de lo trágico hace. Comencemos porque la visión radicalmente
trágica del mundo, puesta en Los Ciegos, cumple con la destrucción
incondicional de fuerzas y valores, sin solución y que no puede explicarse por
ningún sentido trascendente,
“EL CIEGO MAS VIEJO: No nos hemos
visto nunca unos a otros. Nos preguntamos y nos respondemos; vivimos juntos,
estamos siempre juntos, pero no sabemos lo que somos… Por mucho que nos
toquemos con las dos manos… los ojos saben más que las manos”
Como
segundo punto, Lesky, traza y designa el conflicto trágico absoluto como
aquel al que se refería Goethe cuando hablaba de lo trágico, un conflicto que
por muy absoluto que fuera en sí mismo no representaría al mundo por entero,
por lo que es concebible que tenga que finalizar con la muerte y la
destrucción,
“LA CIEGA MAS VIEJA: No sabíamos
nada… No le hemos visto nunca… ¿Cuándo hemos sabido algo bajo nuestros pobres
ojos muertos?... No se quejaba… Ahora es demasiado tarde… ¡He visto morir a
tres, pero así, nunca! Ahora nos toca a nosotros…”
Y
como tercer fenómeno, Lesky, separa los anteriores, la situación trágica,
que es donde se levantan las fuerzas opuestas unas contra otras y el ser humano
no encuentra solución a su conflicto y ve su existencia entregada a la
destrucción, excepto, que en Los Ciegos a diferencia de lo que plantea
Lesky al final de esta acepción, la situación trágica se experimenta
dolorosamente con todo su peso y es definitiva.
“En
medio, hacia el fondo de la noche, está sentado un Sacerdote muy anciano,
envuelto en ancha capa negra. El busto y la cabeza ligeramente inclinados y
mortalmente inmóviles, se apoyan contra el tronco de una encina enorme y
cavernosa. El rostro es de inmutable lividez de cera, y en él se entreabren los
labios violeta. Los ojos, mudos y fijos, no miran ya del lado visible de la
eternidad…”
Es
así como nos podemos volver a encontrar con el texto de Nietzsche cuando
describe el arte como “un mago que salva y cura; únicamente él es capaz de
retorcer esos pensamientos de náusea sobre lo espantoso y lo absurdo de la existencia,
convirtiéndolos en representaciones con las que se puede vivir: esas
representaciones son lo sublime, sometimiento artístico de lo espantoso, y lo
cómico, descarga artística de la náusea de lo absurdo”, descubriendo del
lenguaje trágico el “producto de una mirada que penetra en lo íntimo y
horroroso (en lo dionisíaco y sufriente) de la naturaleza”.
Los Ciegos junto al acantilado de una isla rodeada por el mar son tan vulnerables como aquel hombre que Nietzsche cita de Schopenhauer: “Como un pescador en una barca, tranquilo y lleno de confianza en su frágil embarcación, en medio de un mar desencadenado, que, sin límites y sin obstáculos, eleva y abate, mugiendo, montañas de olas espumosas, el hombre individuo, en medio de dolores, permanece impasible y sereno, apoyado con confianza en el principium individuationis”, ahora supongamos que esa duda que por un segundo llega a sospechar el hombre de la balsa sobre aquella calma aparente, sobre una verdad más real e intensa, es la verdad que abrazó a los ciegos en aquel lugar lejos de su refugio y que apenas se atreven a confrontar descubriendo en un mundo de aparente calma y equilibrio que el caos llega de la mano de la muerte, convirtiéndose en animales que provocan lástima, entrando como aquel hombre en un estado dionisíaco de perturbación extraordinaria ante las potencias titánicas de la naturaleza que los rodea y de su propia naturaleza, ciegos, algunos de nacimiento, y viejos, sin la menor esperanza de recuperar el equilibrio inicial, víctimas de su propia condición humana, por lo que no cabría duda que la verdad del Sileno sería tan reveladora en esta situación como lo fue en Nietzsche: “lo que debes preferir es no haber nacido, no ser, ser nada. Y además lo que mejor puedes anhelar es… morir pronto”
“PRIMER CIEGO DE NACIMIENTO: ¡Hay un
muerto entre nosotros, os digo! ¡Oh! ¡Oh! ¡He tocado la cara de un muerto!
¡Estáis sentados junto a un muerto! ¡Estáis sentados junto a un muerto! ¡Sin
duda, uno de nosotros a muerto de repente! ¡Pero hablad, que yo sepa quiénes
son los que viven! ¿Dónde estáis? ¡Responded! ¡Responded todos a la vez! (Los ciegos
responden sucesivamente, excepto la Ciega loca y el Ciego sordo; las Tres
viejas han dejado de rezar) Ya no distingo vuestras voces!... ¿Habláis todos lo
mismo? ¡Todos tiemblan!”
Caronte de pie, abrigado por un sudario y acompañado sólo por lo que parece un ataúd, desliza sobre la superficie inmutable su barca hacia las entrañas de una isla rocosa, su morada, el inframundo; ya no alcanzamos a ver más que ese pequeño bosque de cipreses del que, probablemente, sólo se escuchen los lamentos despedazados a gritos de los ciegos, allí, desahuciados.
Caronte de pie, abrigado por un sudario y acompañado sólo por lo que parece un ataúd, desliza sobre la superficie inmutable su barca hacia las entrañas de una isla rocosa, su morada, el inframundo; ya no alcanzamos a ver más que ese pequeño bosque de cipreses del que, probablemente, sólo se escuchen los lamentos despedazados a gritos de los ciegos, allí, desahuciados.
[1]
Schopenhauer,
A.: El mundo como voluntad y representación, vol. II. Madrid - Buenos
AIRES – México. 1960
[2]
Nietzsche. F.: El
nacimiento de la tragedia. Tr.: Andrés Sánchez Pascual. Madrid, Alianza.
1977.
[3]
Este texto es resultado académico de la Maestría en
Dramaturgia en la Universidad Nacional de las Artes (IUNA), guiado por el
profesor Héctor Levy Daniel. A quien agradezco


Excelente ensayo. Muchas gracias. Saludos!
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