“Interpretamos
un espectáculo teatral exactamente como interpretamos un acontecimiento al que
asistimos o en el que participamos: este acontecimiento no lo leemos, no lo
decodificamos como haríamos con un mensaje lingüístico ordinario - es decir, no
estético”.
Georges Mounin
Por estos días, después de ver algunas
obras de teatro en estreno y remontadas, recordé cuando vi La mujer del
animal (2016) de Víctor Gaviria y que cuando, de pronto, hacía parte de
algún argumento que llegaba a la mesa del tinto compartido o al lugar de
ensayo, me sentía en la obligación de preguntar a los o a las que traían la
película para nutrir algún contexto, desde qué punto de vista debía interpretar
la película como referencia: si desde lo cinematográfico (técnica y arte), si
desde el tema (maltrato machista, abuso doméstico, violencia de género) o si
desde el tratamiento mismo del tema, a lo que recibía por réplica ese gesto en
el que se frunce el ceño y los labios, acompañado por una leve inclinación de
la cabeza y un “¿cómo así?”, por lo que, acto seguido, yo exponía que la
película sólo era interesante por su tema: sustancial, primordial, actual y
necesario sobre cualquier mesa, pupitre o escritorio para su disertación
reflexiva, sin embargo, lo demás, el tratamiento del tema y lo cinematográfico,
no tenía nada nuevo, nada arriesgado, una película llana y simple, en la que se
ultraja crudamente a una mujer apaleándola y violándola sin más. Punto. Y no es
que no quisiera ver o no quisiera saber sobre dicha realidad, pues, disfruté
estéticamente Irreversible (2002) de Noé o Elle (2016) de LeBlanc
o Miss Violence (2013) de A. Avranas, por poner sólo tres ejemplos que se diferencian de La mujer del
animal, precisamente, en el sentido de que esta última es una exposición
casi que ordinaria por su tajante, rotunda y absolutista interpretación de la
realidad sin ningún freno técnico ni artístico (no hay elipsis, no hay fuera de
campo, no es un buen guion), que termina por abismar la película en un campo
ético y estético estéril.
Tarkovski en Esculpir el tiempo,
nos recuerda en palabras de V. Ivanov lo que es el símbolo, y que yo lo
relacionaría con lo que más adolece la película de Gaviria y, por supuesto, con
el teatro que por estos días he visto:
“El símbolo sólo es verdadero como tal cuando en su significado es
inagotable e ilimitado, cuando en su lenguaje secreto (hierático y mágico)
expresa alusiones y sugerencias de algo inefable que no se puede expresar con
palabras. Tiene muchas caras, muchos significados y en su última profundidad es
siempre oscuro. Tiene configuración orgánica como el cristal. Se asemeja
incluso a una mónada y así se diferencia de la alegoría, de la parábola o de la
comparación, complejos y con varios niveles. Los símbolos son incomprensibles,
no se pueden reproducir con palabras”. (2005:128)
De resaltar que, en común acuerdo,
tácito por supuesto, casi todo el teatro de la ciudad está en un firme
propósito de trazar dramaturgias con temas actuales que buscan poner miradas
que confronten a los que no quieren ver, voz en cuello para quienes no la
tienen y para que escuchen quienes no quieren escuchar; temas que debaten la
actitud indolente frente a los que justifican matar por no pensar igual; temas
en los que nos identificamos como víctimas o victimarios: el arribismo, la
homofobia, el bullying, el suicidio, el machismo, temas sin duda fundamentales,
trascendentales para una sociedad anestesiada y viciada en una amnesia
conveniente, sin embargo, varias de esas propuestas parecen no tener propósito,
finalidad o ambiciones poéticas o estéticas, ni siquiera por emancipación de
sus teatralidades y semióticas de la representación, pues, en su lugar deciden
explicarlo todo, tratando de poner en “palabras leídas” lo que no logran
construir con su composición escénica.
Arengas y peroratas almibaradas,
diatribas y sermones empalagosos, descripciones complacientes, rayando con una
especie de ¿“teatro tautológico”?
En síntesis: texto y palabras, nada más
que palabras y texto.
Puedo aceptar que alguien me recuerde
que por encima del espectador de la tragedia griega estaba el oyente, a lo que
podía responder que por la época del Estagirita las palabras por las que todo
ha pasado y pasará, no buscaban, como en algunas de las obras últimas que he visto,
hacer comprender con el texto la fábula, si la hubiera o el espacio con toda su
composición plástica, si la hubiera, ni mucho menos pretender que el espectador
conozca y descifre a los personajes, de haber personajes, con una dramaturgia
escrita sin resonancia polisémica alguna, cuando lo “no dicho” es de una
función taxativa en todos y cada uno de los trazos, matices y
(de)construcciones “no verbales” de la dramaturgia y puesta escénicas, ¿si el
drama es la acción en la escena y el actor o actriz se ocupa de su elaboración
y ejecución, por qué la reducen - a la acción dramática de haberla - a la
palabra descriptiva? Como espectador siento que castran mi imaginación, que
subvaloran mi capacidad de apreciación, que desestiman mi competencia crítica,
lo que quiero decir, me recuerda a Artaud que, después de asistir a una
representación teatral de Bali (Indonesia), se refería al teatro occidental
como subsidiario de la literatura dramática: “Nuestro teatro, atrapado en un
ejercicio puramente verbal, ha ignorado lo que debería sustentarlo
especialmente, aquello que sucede en escena, todo cuanto ese aire escénico
mesura, circunscribe y toma cuerpo en el espacio; movimientos, formas, colores,
vibraciones, actitudes, gritos” (Argüello, 2016:37).
Tenemos mucho que decir y todo es
significativo, preponderante, sin embargo, parecen suprimir la experiencia
estética; cuando elegimos el teatro como lenguaje de expresión, al menos,
debemos caer en la cuenta que una lectura, ni siquiera una interpretación, en
voz alta - excepto si es una “lectura dramática”, que llaman -, una lectura no
es más que el inicio de la resignificación de sentidos, que lo que sigue es la
estimulación del imaginario propio y el de los espectadores, darle “rodeo” como
lo sugiere Sarrazac, trasegando el texto e interpretarlo ya no como una simple
enunciación, inscripción o descripción, sino como una trans/cripción sin la
necesidad imperante de comunicar algo, a excepción, de posibilitar una
experiencia estética, un acto poético, que tiene su fin en sí mismo:
“La emancipación de la representación es también ahora algo ya asumido.
Ésta es la razón por la cual la exigencia de “hacer entender un texto”, que se
vuelve a veces un eslogan cómodo, resulta una obviedad - sí, en efecto es la
mínima exigencia -, ya que sólo aclara uno de los aspectos del trabajo
específico de toda puesta en escena frente a una obra dada, puesto que la obra
de teatro excede por naturaleza su propio texto” (Danan, 2012:34)
Para finalizar, estudiando la cartelera
teatral de la ciudad se evidencia claramente que los grupos les apuestan más a
obras rentables como producto final y muy poco al proceso creador del artista,
y esto no sólo en propuestas nuevas, sino también en creaciones que tuvieron
éxito y que arruinan con remontajes afanados.
El teatro fue, es y será un espectáculo,
contemplar en su sentido etimológico,
y que si recordamos a Platón de forma espontánea, es a través de la
contemplación que el espíritu puede ascender y obtener el discernimiento de las
formas del bien, del mal o/y de otras formas divinas, sin embargo, esa
tendencia a la espectacularización superficial, esa proeza fraguada en un
pseudovirtuosismo que no va más allá de una percepción transparente en su
interpretación del mundo, que ni siquiera invita a la reflexión estética, es la
apuesta a un teatro de la obsolescencia.
Por estos días, también, he visto
propuestas de una dedicación poco valorada, transformando en estéticas y
poéticas la brutalidad, la realidad atroz y la desidia a la que nos quieren
acostumbrar y en la que, por fortuna, el quehacer teatral sigue siendo un
refugio de resistencia.
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