miércoles, 22 de junio de 2016

Ser nadie también es ser alguien

EXPRIMIDO TEATRAL

Obra: Nadie quiere ser nadie (historias de la clase media).
Directora y autora: Mariela Asensio.
Interpretan: Florencia Ansaldo, José Joaquin Araujo, Lucía Aduriz, Salomé Boustani, Guillermo Jáuregui, Mario Mahler, Natalia Olabe, Andrea Strenitz.[1]
Función: Sábado 4 de junio - 2016






« ¿Alguna vez te preguntaste en qué se parece lo que soñaste para tu vida con lo que tu vida en realidad es? ¿Alguna vez te encontraste cara a cara con tu frustración? »
M. A.

Uno podría decir que en Nadie quiere ser nadie (historias de la clase media), donde Mariela Asensio es la dramaturga, directora y en una primera temporada actriz de la pieza, los “etiquetados” como “los de la clase media” no es que no quieran ser nadie, sino que no son alguien porque o quieren ser como los ricos o no quieren ser como los pobres, es decir, y lo digo en el sentido más quimérico y artificial que legitima el material utilitarista del dinero, ser “alguien” en esta “nueva sociedad” del consumo, proclive a infestar todo con su “obsolescencia programada”, es tener y hacer parte de todo lo que queremos a cualquier costo, incluyendo dejando de ser uno mismo.
A esta familia de “clase media” la compone o instituye un padre obsesivo por mantener las apariencias,

«Somos personas que trabajan. Aprendimos a fuerza de voluntad la importancia del esfuerzo. Nos auto superamos. Nadie nos regaló nada y todo lo que construimos es el resultado de una gran convicción. No queremos grandes lujos pero aspiramos a la dignidad en su más amplio sentido: Capacidad de ahorro. Quince días en un crucero. Un plasma en cada habitación. Amamos la vida que supimos construir y por eso nos cuidamos de la inseguridad. Vivimos en comunidad sin molestarnos. Equilibramos la vida campestre con la urbana. Tenemos solárium, salón de eventos, cancha deportiva y empleados. Les inculcamos valores a nuestros hijos para que el día de mañana sean personas de bien.»

una madre que aparenta ser madre y esposa, que renunció a su sueño de ser maestra para cambiar el tapiz del sofá y renovar la vajilla; una hija que no sabe si aparentar o ser ella misma, lo que igualmente ignora,

«No, no dije eso… quiero decir, si naciste en medio de la prosperidad y la
abundancia, ¿está mal que usufructúes tu realidad existencial en favor tuyo?»

Y un hijo que se fue a estudiar al extranjero a cumplir los sueños que no puedo realizar en su propia Patria. A esta familia se suma Maricruz [la única de todo el elenco que tiene nombre propio y no un simple y manoseado sustantivo], que es la señora que contrata la familia de “clase media” para asear, cocinar, lavar, limpiar y menguar un poco la capacidad de humillación en la que se regodea todo aquel con algo de dinero y poder sin responsabilidad,

« ¿Por qué será que nos cuesta tanto llamar a nuestras empleadas por su nombre? Y nos referimos a ellas con títulos como la señora, la chica, la doméstica, la mucama, la muchacha, la sierva o la sirvienta. No debería existir conflicto alguno a la hora de hacer alusión a ellas, después de todo tienen nombre como cualquier cristiano ¿o no?»

A este elenco se suman cuatro sustantivos más: el extranjero,

«No era nadie allí y no soy nadie aquí. Pero no ser nadie siempre es mejor bien lejos de los que te quieren ver ganar. Yo no nací para ganar y no hubo modo de que lo entendieran. No soy bueno haciendo nada en particular pero desde aquí puedo escribir largos mensajes contando lo bien que me va. Puedo también enviar fotografías con mi cara sonriente. Construyendo así la imagen perfecta que todos quieren admirar. Mientras tanto sirvo mesas en un bar, y rezo para que la propina sea generosa, y rezo también para poder pagar la habitación pero por sobre todo rezo para poder tener un poco de esperanza. Rezo por una vida mejor. Rezo por la autorrealización…»

 el empleado de seguridad, la aspirante a actriz y la psicóloga, que en su momento diría lo que podría ser el resumen ideológico y crítico de la pieza:

«La clase alta es delgada, la clase baja es gorda y la clase media hace dieta.
Nunca seré lo suficientemente delgada ni lo asquerosamente cerda.»  

El espacio que propone la obra es una casa de campo que por un efecto de metonimia sólo vemos un sofá fucsia; luego el espacio cambia al consultorio/apartamento de la psicóloga en el que por el mismo efecto semántico vemos el mismo sofá del mismo color, pero ahora como un diván y así, cambian de un lugar de cautiverio a otro por un cambio ilustrativo de la luz.
El entramado que construye los personajes parte del arquetipo (sus gestos, sus acentos, sus tonos, su vestuario), una caracterología propia del rol o papel o función en la pieza que en unos soliloquios fragmentados los actores parecen dictar al público, excepto por muy pocos momentos en los que interactúan los actores/personajes o, como en un par de escenas, Maricruz canta acompañada por El empleado de seguridad, que por cierto, una de las canciones es Un mundo ideal… y así van cerrando conmigo de qué va la obra.
Algunas preguntas que en algún momento dice la directora/dramaturga que se hizo para llegar a esta propuesta, son preguntas que nos hacemos solapadamente en algunos momentos; en otros momentos mordiéndonos los labios tratando de atrapar las palabras para que no nos develen, por ejemplo, la envidia o la curiosidad sobre aquella otra persona que parece ser más o deseo que sea menos que esto que busco ser y que no puedo pero que hago el mejor esfuerzo por aparentarlo convirtiéndonos en un globo de helio igual que esa otra persona, tan vulnerables.
¿Soy lo que tengo? ¿Y esta frustración es porque me falta algo o porque no tengo lo que dicta el comercio? ¿Esto que sueño alcanzar nunca se hará realidad? ¿Por qué todo crecimiento es indicativo de “ascender”? ¿Ser alguien implica tener algo y no tenerlo es ser nadie?
En esta pieza hay una sinceridad con la que no pretendemos identificarnos al inicio, luego nos va dando vergüenza hasta caer en un tedio de no querer mirar a la persona que está al lado de la butaca porque me puede evidenciar el sonrojo (puedo decir que en un 95 % de las personas que estábamos como público en la función que vi éramos de “clase media”).
En esta pieza dramatúrgica que para mí fue más expositiva que representativa, hay una verdad para cada espectador que viene en tintes irónicos y mordaces, en matices y tonos de sarcasmo que develan una realidad desteñida por estar guardada todo el tiempo a la sombra de las apariencias, detrás de las puertas, debajo de las alfombras enmohecidas; una existencia por la que daríamos la vida para que no fuera revelada, pues de serlo, quedarían en evidencia nuestras más certeras fachadas y todo el maquillaje barato con el que enmascaramos nuestro auténtico ser se desleiría y quedaríamos expuestos, no habría nada interesante en nuestros sótanos, ni pecados por cometer ni cometidos, ni remordimientos por haberle deseado la muerte a quien nunca seríamos capaz de matar, ni de envidiar la fortuna de otros por la cual nunca haríamos lo que esos otros hicieron para conseguirla, ni miedos al fracaso por nunca intentarlo, ni mentiras, incluidas aquellas que nos decimos a nosotros mismos porque ante la verdad somos frágiles, impotentes e intolerantes, y no es que nadie quiera ser nadie, sino que “nadie quiere ser alguien” porque al decidir serlo no se sabría qué ser.



[1]Nota: En la temporada 2015, el rol de la Psicóloga fue interpretado por Teresita Galimany y el de la Actriz por Anahí Gadda. Hasta abril de 2016, el rol del Padre fue interpretado por Carlos Juárez.

lunes, 20 de junio de 2016

Agónico pero no enterrado



EXPRIMIDO TEATRAL

 


Obra: La agonía del difunto.
Autor: Esteban Navajas
Actores: Leonardo Crinigan, Marcelo Fernández, Laura Tobón, Viviana Vives
Adaptación y dirección: Lucía Videla
Función: Sábado 16 de abril de 2016.

Quien no conozca o al menos escuchado el título de la primera obra y la más taquillera de Esteban Navajas (Bogotá -1948), “La agonía del difunto” (1975), resultado del Taller de Dramaturgia del Teatro Libre de Bogotá, organizado y orientado por Jairo Aníbal Niño en 1975, para ser luego Premio de las Américas en 1976; desconoce un poco la historia del teatro que narra a esta Colombia aún hoy, gobernada por latifundistas, terratenientes o hacendados de cuello blanco unos o corbata otros con complejo de Presidentes que todavía se siguen eligiendo bajo el eufemismo manoseado de la democracia.
Pues, este retrato social con un lenguaje propio de la costa Caribe colombiana, hizo parte por estos días de la cartelera teatral de la ciudad de Buenos Aires; así que con una sensación en la que se mezclaba la curiosidad y la fascinación, después de rastrear cuántas obras referidas al conflicto social colombiano, escritas por un dramaturgo colombiano de los 70’ estaban, no sólo de paso, sino con una temporada de dos meses en el Buenos Aires de Gambaro, Pavlovsky, Spregelburd, decidí ir a ver a la única obra que había, ¡Ah! Y lo no menos importante: dirigida y actuada por argentinos.
A la sala que llegué, otra casa adaptada para teatro como las muchas a las que ya estamos acostumbrados y que aquí como allá pululan, con una capacidad de un poco más o un poco menos de 120 espectadores, estaba con todo su aforo agotado.
La escena estaba impecable, incluso, demasiado limpia para ser una especie de “casa de mayordomo” en la que entra y sale todo el mundo o nadie, hace mucho tiempo. La composición escenográfica tenía saltos anacrónicos que podían llegar a confundir la lectura de la época para el espectador, como una radio de los 60’ junto a un tocadiscos de los 80’; un saxofón actual y nuevo, un mosquitero tan diáfano como un vestido de novia que hace juego con un tapete-alfombra también blanco; candelabros con velas encendidas acompañadas sin necesidad por la iluminación general de la propuesta, entre otras cosas.
Los actores/personajes estaban cada uno en su posición esperando a que el público terminara su entrada al recinto; a la única que se le veía haciendo algo era a doña Carmen, que rezaba arrodillada junto a la cama en la que yace el supuesto cadáver de su marido, don Agustino. La acompañaban Benigno y Otilia, dos campesinos que a lo largo de la obra irán desbaratando la farsa de esa muerte y terminando por llevar a cabo la venganza en nombre de todos los peones en insurrección por abusos, asesinatos y desapariciones que don Agustino ha gestado en complicidad con las fuerzas militares,  enterrándolo vivo. El vestuario, me parece, reincidía en los mismos desaciertos que describí antes con la escenografía y en el mismo sentido de su falta de unidad estética y narrativa.
En último lugar empieza una interpretación del texto en el que los actores se tropezaban aquí y allá con algunas palabras, tal vez, desconocidas para ellos (no sabían, por ejemplo, que era una camándula, un rosario o un novenario), frases enteras en las que por mucho que me esforcé como espectador no logré obtener sentido ni significado alguno, en síntesis, una interpretación lisa. Eso sí, tenían todo muy bien memorizado, excepto por algunos y distantes silencios seguidos por miradas interrogativas entre los actores que evidenciaban cortes en la fluidez haciendo eco en la caída y recuperación inmediata del ritmo de la pieza.
Resalto, por supuesto, la capacidad de entrega de los actores y más de quienes personificaron a don Agustino y a Benigno. Nunca me ha parecido fácil la escena en la que don Agustino se levanta de la cama por primera vez, después de tres días de estar allí oculto en su propia muerte, y hacer una verdadera fiesta en connivencia con su esposa, interpretación que diferenciaba entre todos, además, por ser la única colombiana del elenco; pirueteando de aquí para allá, celebra su “resurrección” con un típico pasodoble clásico español propio de las corridas de toros, sin abandonar su actitud tiránica contra los campesinos como todo un buen “Patrón”. En cambio en Benigno como personaje antagónico, la rabia, la sed de sangre por el asesinato de su esposa, la tristeza puesta en un cuerpo enjuto y demacrado; el titubeo en sus palabras cuando el deseo de gritar lo traicionaba con el deber de callar, lo hacen el peor enemigo que pueda tener la suerte del “gran señor” y que así lo demuestra cuando sella la tapa, clavo a clavo, al cajón en el que dentro don Agustino todavía respira.
Finalmente, y lo que llega a suceder con muchas funciones de teatro en su noche de estreno, es que la propuesta deja en el público una impresión de boceto, pero la evidente e incuestionable responsabilidad escénica por parte de actores y actrices no dejan duda que muy pronto estarán equilibrando sobre el afilado lenguaje satírico que Navajas propone en su obra, por lo que voy a regalarme una función más y en la que muy seguramente voy a ser espectador de una comedia tan trágica como lo es historia de este país del Corazón de Jesús y que Navajas dejó en el papel con escalpelo en sustitución de la pluma.
           
SINOPSIS:
Agustino Landazábal, un rico terrateniente, se hace el muerto, con la complicidad de su mujer, Doña Carmen, con el fin de evitar que unos campesinos que han invadido las tierras altas de su finca, lleguen hasta la casa para matarlo, en venganza por los crímenes que él, de la mano del ejército, ha cometido contra los invasores. Al final, dos campesinos entierran vivo a don Agustino, quien no puede evitar su tragedia.

Datos curiosos:
1.      “La agonía del difunto” fue llevada al cine en 1981 bajo la dirección de Dunav Kuzmanich con guión del mismo Navajas y estrenada en 1982 en el 22° Festival Internacional de Cine de Cartagena.
2.      Dunav Kuzmanich escribió una veintena de guiones cinematográficos, entre los que se destacan “Cóndores no entierran todos los días” (1983), “San Antoñito” (1984) y “La nave de los sueños” (1995).
3.      En la misma edición (1976) del Premio Casa de las Américas en la que Esteban Navajas se hace acreedor del premio, el grupo de teatro La Candelaria, obtiene de igual forma el galardón por la pieza “Guadalupe años sin cuenta”.



martes, 7 de junio de 2016

La Pilarcita que no vi

EXPRIMIDO TEATRAL  
Obra: La Pilarcita.
Dirección y dramaturgia: María Marull.
Lugar: El Camarín de las Musas.
Función: Viernes. 06 – Mayo – 2016. 8:00 pm

 Que sólo se anhelan aquellas cosas en las que uno cree por lo que creer es, muchas veces, esperar; a tal punto que, de tanto esperar, al final anhelamos que pase cualquier cosa sin importar si es en lo que creemos o lo que anhelamos.
Fue la sensación que salí amasando con torpeza, después de que vi La Pilarcita, pieza escrita y dirigida por María Marull; una puesta en escena impoluta. De una modesta hostería nos instala todo el tiempo en la terraza, en la que vemos ropa de cama tendida, una mesa metálica con sus respectivas sillas, una piscina pequeña y un habitáculo que hace de estancia para huéspedes.
Celina, quien está a cargo de la hostería, es estudiante de medicina e hija de los dueños de la posada, todo el tiempo es alguien que quiere ser; Celeste, su amiga, es todo el tiempo alguien que pretende ser; Selva, es la huésped que llega de la ciudad a este remoto pueblo correntino con su pareja [que no vemos] a tratar de recuperar lo que fue con lo que le queda de fe en el amor y en la vida, puesta en una santa popular litoraleña, La Pilarcita, un personaje a quien le harán fiesta y homenajearán a cambio de milagros.
La dirección de los actores es de una precisión tan cartográfica que parece que permanecieran inmutables al espacio y a ellos mismos, que su ir y venir está dado por líneas trazadas en el piso que no alcanzamos a ver, dejando como espina dorsal a la construcción de la situación y los personajes un texto lírico y puesto de tal forma que aquellas frases corrientes y habituales toman un tinte poético.
Es así como vi lo que la mayoría vio, pero que, y no sé porqué, terminé por hacer lecturas que ninguna de las personas con las que he hablado han leído y es, tal vez, por eso que termino escribiéndolo.
 En La Pilarcita vi por el personaje: Celina, a aquellos seres condenados a estar remendando a su propia vida los retazos de una vida que le es ofrecida por los demás y a la que de renunciar, dejaría de soñar y de ser; es reflejo de esos seres que como una tortuga nace, crece, recibe los mejores logros académicos y laborales, y morirá en el mismo caparazón, desapareciendo bajo el hartazgo de lo que los demás quieren lo que ella quiere ser.
Vi por el personaje: Celeste, aquellos seres sumergidos en un confort retroalimentado por sí mismos; enamorada de amores usados, viviendo vidas vividas, cosiendo una y otra vez las mismas ilusiones, porque esperar es mejor a inventarse dificultades y si hay dificultades tener a mano excusas en desuso sustentadas por las circunstancias que como la mayoría, se salen de nuestras manos.
Y vi por el personaje: Selva, la decadencia inevitable en la que terminamos todos los que anhelamos algo cuando creemos en ello, porque se nos olvida que somos seres contingentes, se nos pasa por alto las carencias que vienen intrínsecas a nuestra condición humana. En Selva, aunque evidente su incompletud existencial, su desasosiego constante por tener algo que ya le pertenece, sus frustraciones, su inacabada vida aún al final de la misma, no me dejó de sorprender esa perseverancia tenaz de ser en el amor y en la fe, dos cosas evidentemente muertas.

Sin olvidarme del personaje Hernán, hermano de Celina, que a mi parecer es “el músico con guitarra” en la pieza, La Pilarcita me puso frente a un espejo en el que se resalta la perfectibilidad de la vida cuando en ella nos conformamos al paisaje de la costumbre y que al momento de querer mudarnos de esa holgura nos descubrimos cautivos de una voluntad imaginada y viciada de hastíos e insatisfacciones que por alimentar lo poco de vida, buscaremos siempre.

sábado, 28 de mayo de 2016

Desde el umbral de un "paraíso"

EXPRIMIDO TEATRAL

Obra de teatro:
Terrenal. Pequeño misterio ácrata.

Dirección y dramaturgia:  
Mauricio Kartun.
Interpretan:
Claudio Da Passano. Claudio Martínez Bel. Claudio Rissi.
Lugar:
Teatro del Pueblo.

Función:
Jueves 28 de Abril – 2016. 8:00 pm
  
 Este comentario no es sobre una obra escrita y dirigida por Mauricio Kartun, uno de los dramaturgos más reconocidos de Argentina, que por los días en que fue estrenada [20 de septiembre del 2014] sumaba a su colección de reconocimientos el de El Gran Premio de Honor de Teatro de Argentores, el Konex al Mérito y el Profesorado Honoris Causa, por la UBA, no; tampoco es sobre el trinomio de “Claudios” que aparecen en el programa de mano uno detrás del otro como los actores, y que después de ver la pieza dejan una sensación [subjetiva de cabo a rabo] de excepcional actuación. Menos puedo escribir sobre esa densidad poética puesta en una exuberante teatralidad porque, en palabras del mismo dramaturgo: “El lenguaje tiene un límite y las posibilidades del teatro sobre el lenguaje son limitadas.”

         Menos aún, voy a contar que la historia es una reinterpretación de la parábola bíblico/fratricida: “Los Hermanos Caín y Abel”, donde, en este caso, Caín es un productor de morrones o pimientos y creador del sistema de pesos y medidas, usurero y capitalista; frente a un Abel, conformista y sedentario que sobrevive de la pesca de isocas o gusanos que vende a los pescadores del Tigris, y cuando no pesca se da al ocio.

Una historia en la que estos dos seres comparten un Paraíso Terrenal, sobreviviéndose a sí mismos y entre ellos, hasta que llega Tatita [una especie de Godot que sólo los deja esperando veinte años] sacado de la cultura gaucha con variedad de acentos, a veces norteño y otras veces santiagueño, con una actitud de patrón y hedonista como Dios mandaría, provocando una incontenible [y para mí inexplicable] hilaridad en el público; para así llegar a cumplir con la parábola y cerrar con el ya conocido asesinato de Caín a Abel.

         Sobra escribir, por ejemplo, que este “cachivache bíblico” – en palabras del autor –, fue puesto en los suburbios litorales de una Buenos Aires respirada por allá en los años cincuenta del siglo XX, pues, no tiene relevancia; como también pasaría por ser un simple comentario decir que la fuerza del texto está puesta en un juego interminable de metáforas que devela chispas dialécticas rimbombantes filtrando la memoria y el imaginario del espectador bonaerense; que todo es una exhibición retórica de vocablos y modismos locales haciendo de la obra una propuesta contemporánea apoyada en el viejo humor de balneario puesto en el virtuosismo decadente de dos payasos [¿Laurel y Hardy? ¿Vladimir y Estragón?] desgastados por su insinuada rutina de circo pobre.

Igualmente me excedería en lo obvio si escribo sobre una escenografía que da cuenta de un típico retablillo destartalado haciendo claro énfasis de una metateatralidad, tópico barroco basado en la teoría aristotélica; o sobre la utilería y el vestuario, todo en un mismo tono (?) de color negro sin desgaste, exceptuando uno que otro elemento de utilería; pero puede ser que el negro prima en la obra al estar “hablando” de esa nada muerta que emerge tras el fratricidio cometido por Caín y luego su condena de errante o apátrida impuesta por ese dios gaucho; o tal vez es ese silencio eterno, sin futuro y sin esperanza, del que habla Kandinsky.
Finalmente no tenga nada qué decir, y es que ver una obra de teatro, mirarla, observarla con sumo detalle, no trae por certeza que vas a conectarte con ella y menos que habrá una infalible empatía, y no está mal porque hace parte de mi derecho como espectador, por lo que en esta ocasión opté por aburrirme hasta el agobio, pues, por más esfuerzo que hice, la propuesta me puso siempre al margen de ese universo popular, pampeano o del singular folclor bonaerense que, según los que saben, es lo que logra la redondez [así, con esa palabra] de la voz dramática que propone Kartun en esta obra y que no alcancé a escuchar, ni a ver, desde desde el umbral teatral en el que la propuesta obliga cruzar y que sería la entrada a ese Paraíso Terrenal; no cabe duda que Kartun con manos de orfebre pone sobre la escena y da a sus actores singulares características dramatúrgicas fabricadas para "el pueblo" con un vocabulario de aparente posibilidad intelectual y de intereses altamente patrióticos que, por mi ser forastero creo yo, no logré sobrellevar completamente ¿Es una dramaturgia parcial? Por supuesto, pero es un problema que sólo buscaría resolver el foráneo  [si la (a)puesta escénica no propone múltiples diálogos con el público], el extranjero e incluso el propio de estas tierras si no conoce la historia de sus tatarabuelos.
Terrenal. Pequeño misterio ácrata, es una de esas propuestas que te obliga como espectador a conocer antes de verla, antecedentes y contextos Históricos, porque de otra forma no es posible participar de la transmutación estética en ningún momento, y no creo que sea ignorancia por parte del espectador ni arrogancia por parte del dramaturgo/director, sino que, finalmente, cada espectador ve lo que quiere ver y escuchar lo que quiere escuchar como cada dramaturgo/director escribir y poner en escena lo que quiere decir y mostrar.

domingo, 22 de mayo de 2016

De un Teatro de Arena a un público de asfalto.*



      La obra de Federico García Lorca (FGL) es un lugar común como lo es la de Shakespeare, la de Da Vinci o la de Beethoven. Estas y otros más, están tan manoseadas, tan “convertidas a la contemporaneidad” [nótese las comillas], que son evidentes las ocasiones en que son traídas de los cabellos a la escena; llegando a convertirlos a ellos, los Artistas, en souvenires por decir lo menos.
       FGL y su obra, ya hacen parte de esa pobre mercancía de escaparate, de mitos de la cultura de consumo. La cuestión no pretende ser ofensiva, por supuesto, en su lugar, es una conjetura desesperanzadora. Entonces dirán, que es por su connotación de Universal y es cierto, sin embargo, y aquí el punto, ¿quiénes son los que más contribuyen a la posible trivialización de la obra de FGL? [claro, por ser él el tema del encuentro, Federico García Lorca, pero no olvidemos lo que de igual forma se ha llegado a hacer con, por poner dos ejemplos, la de Stanislavski o la de Artaud, que pueden ser las caras opuestas de una misma moneda], ¿quién es el imperativo de los movimientos vanguardistas o contemporáneos, que sin dar mínima importancia a los horrores y falacias, permite que a su nombre se manufacture, “reifique” o “cosifique” el Arte en general o al Teatro que es lo que nos convoca?, pues, sin más preámbulo: El Público. El público/espectador.
El amor y la muerte son temas recurrentes en la obra de FGL, en este sentido es un dramaturgo de El Theatrum mundi o Teatro Mundo, un tópico literario que explica que la sociedad es como un teatro; y aquí cabe recordar la teoría de Platón en su Mito de la Caverna,  que expone que los seres humanos somos y funcionamos como marionetas; de igual forma en La Comedia Humana de Balzac o fácilmente recordaríamos a Baudelaire e incluso a Freud. Sin embargo, FGL en su obra no sólo plantea la realidad que vemos, la cotidiana, sino también aquella realidad a la que nos resistimos vivir, la que no queremos ver. Y, entonces, aparece una propuesta artística que se impone sobre el público receptor, sin dar muestra alguna de supeditarse a su gusto fundamentado en pocas ocasiones por la risa que momentáneamente anestesia el corazón, como la describe Bergson, pues se dirige a la inteligencia pura o la risa de la risa, rixus purus, la risa que se ríe de la risa, la maravilla, el saludo que se da al más alto chiste, en otras palabras, según Beckett, la risa que ríe de cuanto es desdichado.
Ahora, si me permiten, voy a hacer una pequeña efemérides del año 1930, de algunas pocas cosas en las que se trenzaba el mundo hace 83 años: en Chile, por ejemplo, se promulga la ley de registro y matrimonio civil. En la India Gandhi inicia la “Marcha de Sal” en protesta por los impuestos británicos. Clyde Tombaugh descubre el planeta enano: Plutón. Pirandello estrena su comedia: Como tú me deseas. 1930 es el año inaugural del Campeonato Mundial de Fútbol en Uruguay siendo esta selección la campeona. En Perú, el comandante Luis Miguel Sánchez Cerro lidera el golpe de estado contra Augusto Leguía. El general José Félix Uriburu da Golpe militar en Argentina derrocando al presidente democrático Hipólito Yrigoyen. En Brasil, Getúlio Vargas es proclamado presidente tras dar un golpe de estado. La Real Academia Española de la Lengua aprueba el uso femenino de los sustantivos que indiquen profesiones o cargos. Eugene O’neill estrena Anna Christie la primera película sonora de Greta Garbo. El estaudinense Sinclair Lewis es galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Mickey Mouse debuta en las tiras cómicas. La Edad de Oro de Buñuel es censurada en Francia. En Turquía, las mujeres obtienen el derecho a votar. En España el dictador Miguel Primo de Rivera presenta su dimisión abandonando el país pocos meses después, instalándose la dicta/blanda tras el nombramiento en Madrid del general Berenguer hasta 1932, partícipe irrelevante del golpe de estado militar en 1936 contra la Segunda República Española tras las elecciones fracasadas que condujeron a la Guerra Civil Española, estableciéndose la dictadura de Francisco Franco hasta 1975.
En 1930 Federico García Lorca publica Poeta en Nueva York y Así que pasen cinco años y escribe El Público, “una obra irrepresentable” en palabras del poeta.
Cuando aparece el término irrepresentable o teatro imposible, etiqueta que también se le puso a su obra Así Que Pasen Cinco Años, o podría tener la textura frágil de un espejismo como parte de esa mitificación en el que el público/espectador proyecta sus deseos frustrados haciendo de FGL un lugar común o era la cristalización de un anhelo impaciente de ser algo diferente, de ser algo más de lo que predeciblemente somos, ese otro lugar común en el que el precio pasó a confundirse con el valor.
El Público, es una obra de teatro escrita por FGL en 1930, inédita hasta 1976 cuando fue publicada 40 años después de su asesinato, junto a otra obra póstuma: Comedia Sin Título.
“Ya verás qué obra. Atrevidísima y con una técnica totalmente nueva. Es lo mejor que he escrito para el teatro”, palabras que el poeta diría a su amigo Rafael Martínez Nadal, cuando iba a finales de 1930 a leerla por primera vez a un grupo de amigos y en los que, después de la lectura, encuentra comentarios como “Estupendo, pero irrepresentable” o “Yo, la verdad confieso, que no he entendido nada”. FGL, después de la velada, acierta decir a su amigo Rafael: “No se han enterado de nada o se han asustado, y lo comprendo. La obra es muy difícil y por el momento irrepresentable, tienen razón. Pero dentro de diez o veinte años será un exitazo; ya lo verás”.
        De esta forma evidenciaba que su paso por Norteamérica y sobre todo por Cuba, lugares donde concibió la obra, habían inyectado confianza y optimismo después de su éxito adquirido a raíz de la publicación de Romancero Gitano.
Para un dramaturgo como FGL, que creía en la utilidad del arte escénico, era consciente y así mismo se obligaba a huir de las voces falsas y aduladoras del conformismo: “Los teatros están llenos de engañosas sirenas coronadas con rosas de invernadero, y el público está satisfecho y aplaude viendo corazones de serrín y diálogos a flor de dientes; pero el poeta dramático no debe olvidar, si quiere salvarse del olvido, los campos de rocas, mojados por el amanecer, donde sufren los labradores”, de esta forma exponía en una charla sobre teatro en 1935 a los actores de Madrid, haciendo gala de su integridad artística. Cómo no recordar la censura con la que prohibieron en 1929 el estreno de Amor de don Perlimplín o la obra con la que el poeta bebió de la copa amarga del “fracaso” y con la que podría decirse que inició su carrera teatral como dramaturgo renovador y marginado, ante un público/espectador de 1920, y que podría estarse repitiendo ahora mismo, donde la posible diferencia es el efecto positivo de la secularización de la vida porque puede ser que la “libertad” de ahora sea más profunda que cuando en aquellos 20’s castraban, recortaban y asfixiaban los dogmas y censuras políticas y sociales, sin embargo, no hay mucho cambio si pensamos que ahora mismo como en aquellos 20’s o 30’s, como varios de nosotros parafraseamos, FGL decía que: “Un teatro sensible y bien orientado en todas sus ramas, desde la tragedia al vodevil, puede cambiar en pocos años la sensibilidad del pueblo; y un teatro destrozado, donde las pezuñas sustituyen a las alas, puede (…) adormecer a una nación entera”.
        La obra entonces, a la que podríamos deberle la terquedad al poeta es El Maleficio de la Mariposa, su primera obra, estrenada en 1920, en el Teatro Eslava de Madrid con estruendoso fracaso. 15 años después de aquella agresiva respuesta por parte del público, cuando desde aquel momento decidió transformar al público/espectador con el trabajo en la escena y a sus obras antecedían prólogos teóricos con la intención pedagógica de inculcar en aquel público/espectador la diferencia que separa un teatro de arte del teatro comercial, el poeta diría sobre aquel estreno: “Mire usted – decía al periodista – cuando yo estrené mi primera obra, El Maleficio de la Mariposa, (…) me dieron un pateo enorme”.
            FGL escribe durante su viaje y estadía en Cuba y Nueva York, lejos de su patria ensangrentada, El Público, aquellos lugares le dan una licencia sin presiones ni condicionamientos inevitables bajo el contexto social y político que más o menos acabo de referirles – aunque más menos que más –, le dan la libertad de consolidar ideas y actitudes que lo llevan al margen de las convenciones. Convenciones, que diría yo, han estado, están y estarán, que sólo aquellos que son conscientes y trabajan por la no conversión del teatro en propaganda, slogan o diatribas ensalzadas con las luces del vodevil [y agregaría tímidamente a la cultura en general], evitando la delicuesencia por falta de originalidad, espontaneidad, espíritu crítico y voluntad de renovación y experimentación (Vargas Llosa), son los llamados a que dejen de apuntar hacia afuera del escenario y continuar trabajando bajo una continua evaluación crítica, inculcando valores y formas que impidan la degradación del quehacer teatral como oficio.
         El Público de FGL es un teatro de la disconformidad y la transgresión: transgrede la lógica convencional de las palabras; transgrede las líneas fronterizas entre arte y realidad. Su vinculación a las vanguardias históricas se debe a su representación dentro de la representación con máscaras, disfraces y pelucas. Esta obra en particular, deconstruye la obra universal Romeo y Julieta; permite el acercamiento a teorías modernas de género y a la tendencia “Queer”, dando cuenta de su interés, en el orden mundial, por el tema de la homosexualidad. Es una Obra [con mayúscula] con ecos de Pirandello y Cocteau; pareciera puesta en la escena con la mano del surrealismo al ser influenciada por Buñuel y Dalí, cuando invade el espacio escénico de imágenes cinematográficas y plásticas. Es una pieza precursora que anuncia el Teatro de la Crueldad de Artaud y el Teatro del Absurdo de Beckett. Y estamos referenciando, comentando una obra escrita hace 83 años cuando FGL, como nosotros todavía ahora, decía: “[…] sólo hay un público que hemos podido comprobar que no nos es adicto: el intermedio, la burguesía frívola y materializada […] lo grave es que las gentes que van al teatro no quieren que se le haga pensar sobre ningún tema moral. Además, van al teatro como a disgusto. Llegan tarde, se van antes de que termine la obra, entran y salen sin respeto alguno”
         Es así como FGL con la obra El Público se plantea en oposición dos tipos de teatro: “Teatro al aire libre”, que yo llamo aquí arbitrariamente “para público de asfalto”, referido a aquel teatro burgués hecho a gusto para aquel público/espectador que prefiere no enfrentarse con la verdad de la escena cargado de máscaras y el “Teatro bajo la arena” que es con el que FGL pone de manifiesto un drama auténtico, desenmascarando, exponiendo en él su propia intimidad, “para demostrar una personalidad y tener derecho al respeto he dado otras cosas”, “el verdadero teatro […] para que se sepa la verdad de las sepulturas”. Y aunque según la crítica, hizo más concesiones al público con Bodas de Sangre, La Casa de Bernarda Alba y Yerma, FGL ante la pregunta de un periodista que le plantea la polémica “crudeza” de Yerma, el poeta aclara su concepto personal sobre la función que el teatro debe ejercer y el efecto que ha de causar en su público/espectador: “Una de las finalidades que persigo con mi teatro es precisamente aspaventar y aterrar un poco. Estoy seguro y contento de escandalizar. Quiero provocar revulsivos, a ver si vomita de una vez todo lo malo del teatro actual. Voy a llevar a la escena temas horribles. El público al que usted ha aludido antes se va a aspaventar mucho más”.
         Ese público/espectador al que hace alusión FGL en la respuesta y al que busca confrontar con su obra, sigue aún vigente, 83 años después, sólo que en lugar de ser “de aire” es “de asfalto”. Todavía hoy hay anquilosado parte de aquel público con una evidente carencia de rigor, adicto a la “ley del menor esfuerzo”; todavía hoy existe un público/espectador que cree que todo es teatro, que ingenuamente se atornillan a butacas frente a propuestas sin valores estéticos, plásticos, técnicos, que se presentan como teatro y que son aceptadas como ordena el dogmatismo de turno: en completa sumisión a los principios que una autoridad impone: el público mismo, que trae más público bajo el mismo dogma, hasta ver tristemente, caer a ese vórtice, teatreros que terminan preocupados por hacer más “Teatro para un público de asfalto” autómata, de inmovilidad mental, que un “Teatro bajo la arena”. Y ¡Claro! El peligro del “verdadero teatro” (el teatro bajo la arena) es que atentaría contra la formalidad y las “buenas costumbres” del público, habituado a lo convencional, a la máscara. Casi todo lo que acontece, el silencio y las palabras, lo que se hace y deshace en la obra El Público infiere un enmascaramiento o un desenmascaramiento, ocultar y develar. Todo y todos en la obra de teatro son máscaras, el público es una gran máscara, ustedes ahora mismo conmigo incluido. 
         En este sentido, no cabe duda que bajo la máscara subyace la idea misma del teatro. La función-público es una acción definida desde el punto de vista del desarrollo de la significación de la obra de teatro que implica un acuerdo explícito de transformación, y todavía más, de transgresión de fronteras, paradigmas, ideologías, credos, éticas, generando de forma irreconciliable una paradoja en tensión. Somos público en la medida que nos reconocemos en esa transformación, o sea, la alteración de algo, asumir la máscara y arrancarla porque no es una oposición al teatro experimental como El Público es en FGL, por el contrario, que siempre sea bienvenido. Sin embargo, que no sobre añadir que lo experimental no estriba necesariamente, en su falta de rigor y talento en su ejecución, que su proclividad por lo ruinoso, lo estridente, lo ingenuo y lo insustancial, y ya lo dijo Andy Warhol, sólo sobrevive 15 minutos, luego merece la pena capital.
         En el primer cuadro de la obra, el personaje Director cede al miedo que le causa, no ya la idea de revelación interior de su verdad como hombre, sino la posibilidad de elaborar artísticamente esa verdad, para gritarla desde un escenario: (página 41)
Director. - ¿Qué hago con el público? ¿Qué hago con el público si quito las barandas del puente? Vendría la máscara a devorarme. Yo vi una vez un hombre devorado por la máscara. Los jóvenes más fuertes de la ciudad, con picas ensangrentadas, le hundían por el trasero grandes bolas de periódicos abandonados, y en América hubo una vez un muchacho a quien la máscara ahorcó colgado de sus propios intestinos.
Ahora bien, ante un teatro de aire [o teatro para un público de asfalto] que detona el nacimiento por oposición de un teatro de arena y como reflejo convergente un teatro crítico y de la crisis, ¿Quién es el público de la obra El Público? Hay obras de teatro que llaman obras de la transubstanciación, y que es aquel tipo obras que no son visibles a los ojos, que su composición y transformación escénica depende de un acto de fe del público/espectador. Hay obras de dogma conceptual, y recordemos aquí que “El dogma es una idea que no acepta réplica ni cuestionamiento, existe a priori. Si lo cuestionamos, si hacemos uso de la crítica para analizarlo, el dogma se desvanece y demuestra que carece de lógica, que es una afirmación arbitraria para sostener una ideología, religión o superstición.” Así, bajo este dogma de lo conceptual el público/espectador debe entender indispensablemente que hay que nombrar esa propuesta para que se dé el acontecimiento escénico. Voy a poner el ejemplo con el urinario de Duchamp, que al ponerlo en el museo no cambió nada en su apariencia o material noble del que está hecho, sólo se nombró, se dijo que era arte y pasó de un urinario cualquiera a una obra de arte. Y finalmente, hay público/espectador que ve en el artista un predicador mesiánico con obras empecinadas en asesinar el teatro de arte y al tiempo obsesionadas con salvar al mundo del teatro y a la humanidad en general. Obras pobres estéticamente, vacías pero envueltas en grandes intenciones, estas obras defienden la ecología, hacen denuncias de género, acusan al consumismo, al capitalismo, a la contaminación. Todo lo que un noticiero de televisión programe o todo lo que se diga que no lo ha haya dicho el Mesías,  es tema para una obra de antiarte, o en nuestro devenir obra antiteatro. Sin embargo, las suyas son denuncias políticamente correctas.
         FGL nos dice que hay que ir a lo fundamental, en ansia de cosas esenciales y hastío del orden. No hay una sola forma de hacer teatro y FGL nos hace un llamamiento a la reflexión: “El objeto deseado no se puede alcanzar, pero la mirada del espectador no dejará que el deseo muera”.
          83 años después de escrita la obra El Público, todavía sentimos la invitación a la re/teatralización, ejercicio que no sólo depende de los creadores, sino de cada uno de los que hacen parte del público/espectador. El espectador de El Público como lo debe ser del teatro en general, no ha de tener concesiones. Su participación debe ser tanto o más vivenciada con el mismo latido y la misma llaga con la que el poeta escribió.
Creo que público/espectador tendremos para mucho rato, sin embargo, de lo que carecemos es de "Federicos Garcías Lorcas". Estamos tan necesitados de seres como él en la creación teatral.
El 15 de noviembre de 1935, el Mercantil Valenciano publicaba la entrevista que el autor había concedido a Ricardo G. Luengo, durante una breve visita a la ciudad del Turia, para presenciar la representación de Yerma. En la entrevista, FGL se declara empeñado en seguir creando un teatro provocativo que sacuda al público, forzándolo a enfrentarse con problemas que normalmente se silencian.
Pregunta.
¿Cuáles son los puntos cardinales del teatro en nuestros días?
Respuesta.
Hoy no interesan más que dos clases de problemas: el social y el sexual. La obra que no siga una de esas direcciones, está condenada al fracaso, aunque sea muy buena. Yo hago la sexual, que me atrae más […] Dada la preocupación del mundo contemporáneo, por ahora no se puede especular con la escena viva…
Pregunta.
También algunos críticos le acusan de cierto prurito (afán, hábito) de querer epatar (maravillar, deslumbrar) con expresiones que parecen escandalosas.
Respuesta.
Las empleo porque me salen de dentro. Sin fingimiento ni cálculo malicioso. Pero además, una de las finalidades que persigo con mi teatro es precisamente aspaventar y aterrar un poco. Estoy seguro y contento de escandalizar. Quiero provocar revulsivos, a ver si se vomita de una vez todo lo malo del teatro actual.


*Texto escrito para el Festival de Teatro: INVERNÍA: ENCUENTRO CON FEDERICO GARCÍA LORCA (2013), organizado por ELEMENTAL TEATRO (Medellín) bajo la dirección de John Viana, a quien agradezco, a él y a todo su equipo técnico y logístico. Evento al que le auguro condiciones climáticas imperantes con altas temperaturas dramáticas y fuertes precipitaciones dialógicas.