jueves, 31 de enero de 2019

Encuentro de kamikazes del teatro en Medellín*


En Medellín hace ya cinco años la cartelera teatral eleva su telón por primera vez en el año, diríamos que con un Festival - y así, sin comillas -, porque de eso se trata el Encuentro de Monólogos que llega en este 2019 a su quinta versión. Una cita ya para algunos grupos y espectadores de sagrada asistencia desde su versión número uno y para otros, propios y ajenos del quehacer creativo de la representación teatral, una convocatoria de infaltable participación.
Ahora le pregunto: ¿usted que ya suma o se sumará a los más de 3.700 asistentes que hasta ahora se han reunido en los pasados encuentros, sabe de qué hablamos cuando hablamos de monólogo? Ya sabemos que la organización del evento encabezada por Edwin García “El Molo”, es colosal, sin duda nada fácil, ya que para celebrar el teatro hay que pasar por “las verdes y las maduras” como dicta la sabiduría popular, no obstante, quiero apuntar en este texto hacia lo que en muchas ocasiones termina siendo una falsa suposición cuando creemos que monólogo es un término cierto e incontestable en el momento que lo referenciamos con clichés conceptuales o lugares comunes, lo que para mí incrementa el valor y el reconocimiento al reto que se viene proponiendo “El Molo” cada año con este Encuentro de “actores/actrices kamikazes”.
“Hacer teatro es crear presente”, nos dice Serrano (2015: 13), y esto es lo que debe lograr un actor/actriz sin partner o compañero/compañera escénica, pese a ello, no se debe decir que está solo/sola porque, y aquí estriba la dificultad mayor que tiene el actor o la actriz que decide hacer un monólogo, se tiene así mismo/misma, tiene todo lo que pueda arañarle a la escenificación de la puesta en escena e incluso tiene al público, para articular la fábula con la ya muy depreciada acción dramática, y esto bajo – con – contra – entre y sobre los criterios de la espacialidad, la temporalidad y el personaje; así, es todo un Universo el que debe elaborar un (1) solo actor/actriz, por lo que creo legitima llamarles “actores/actrices kamikazes” y que en este 5° Encuentro de Monólogos van a asaltar la escena, van a embestirla por lo menos 10 grupos locales, 5 nacionales y 2 internacionales en varios espacios de la ciudad incluyendo la Plazuela San Ignacio.
Discusión técnica aparte, el actor/actriz es el que hace, el que acciona, como lo apunta Aristóteles en su Poética: “representación [...] de acción” como fundamento de la mímesis. Sin embargo, hay una crisis de la acción. Sabemos que finalizando el siglo XIX, hubo un descentramiento de ésta, e incluso una fragmentación si vamos a la dramaturgia chejoviana, por ejemplo, o ya una postura radical a su eliminación si buscamos reconocerla en el “teatro estático” de Maeterlinck, que proponía “movimientos de otra naturaleza: movimientos ❛del alma❜”. También podríamos recurrir como lo sugiere Sarrazac a los tres niveles que señala Michel Vinaver y con los cuales dice, puede ser aprehendida la acción de una pieza teatral: la acción conjunto, la acción detalle y la acción molecular (Sarrazac, 2013: 38), pese a ello, y es lo que quiero decir, el actor/actriz – de actus (acto) y agere (llevar a cabo): el que hace la acción – es el que, por su compromiso corporal en el hacer, puede en consecuencia hablar y sentir desde el lugar del personaje, diferenciándose del que sólo habla como el orador/a o del que sólo siente o padece como el performer o ejecutante de una acción física, o del que sólo expone el mundo describiéndolo con su cuerpo como el bailarín/a o mimo (Serrano, 2015: 25).
De este 5° Encuentro de Monólogos que da apertura el próximo 10 de enero en el Matacandelas con el grupo Frastricida y su propuesta El atravesado, y una velada poética, he visto algunas obras como La balada de la P. de la Casa del teatro; las dos obras que serán presentadas en la Plazuela San Ignacio: Tribulaciones de un abogado que quiso ser actor y Monólogo para una actriz triste con Ramiro Tejada y Nora Quintero respectivamente, un actor y una actriz que ya, sin duda, hacen parte de la historia teatral de la ciudad; los grupos con las obras que reúne la Noche Poe en la terraza del Claustro de Comfama: El Trueque con Corazón delator, Elemental teatro con El gato negro y el grupo Frastricida con El cuervo. Hay danza contemporánea con el grupo Malas compañías y títeres con el grupo Jabru Teatro. Ya he visto al imperdible Cicuta teatro que viene desde Pereira y al muy recomendado Camilo Colmenares que viene de Bogotá con su propuesta “Yo no me llamo Freddie Mercury”. En fin, ya les había dicho que son más de 20 obras las que hacen parte de este encuentro con las artes escénicas, con todo esto y estimulado por uno de los objetivos del mismo encuentro: “replantear la mirada del espectador sobre el monólogo”, quise escribirle a usted, más como espectador del quehacer teatral que como hacedor, para movilizarle un poco ciertos conceptos legados de forma acrítica o contaminados por la condición pluridisciplinar del ahora llamado teatro contemporáneo, que silencian “el trabajo de carpintería” que tiene el actor o la actriz cuando deciden ser el único vehículo de complejos procesos inter e intrasubjetivos, entreabriendo la puerta para sacar ese denso manierismo promovido por las instituciones mercantiles dominantes, sustituyendo un resultado con proceso, estudio y experimentación por un simple diseño en el discurso.
Llegando a este punto, sólo queda la invitación a que inicien con este 5° Encuentro de Monólogos su cita semanal con el teatro de la ciudad por todo el año. 
Gracias por leer, comentar y compartir.
A modo de coda: De pie estoy aplaudiendo por el milagro vivo escénico teatral que cumple 40 años y tiene por nombre Matacandelas. Mi sombrero con cuero cabelludo a su director Cristóbal Peláez. Larga vida y mucha mierda.

* Este artículo lo escribí para SalaLlena.com:
https://www.salallena.com/noticias/Encuentro-de-kamikazes-del-teatro-en-Medell%C3%ADn/110

domingo, 6 de enero de 2019

El 2018 en siete obras de teatro y un epílogo para el 2019 **




“La mejor experiencia para aprender qué hacer y qué no hacer en teatro es viendo teatro”, no recuerdo de quién la escuché o dónde la leí, pero esta es una sentencia a modo de invitación que ahora le hago a usted como lector/a y espectador/a, aún más a los que están directamente vinculados/das con el quehacer teatral, porque es que uno no deja de preguntarse sobre cómo hacen teatro sin ver lo que hacen con el teatro y en el teatro: colegas, estudiantes y aquellos profesores/ras que se arriesgan a salir de la burbuja académica.
Ahora, sumergiéndonos más en la pretensión de este texto, en Ojo al cine (2009), Andrés Caicedo antes de su afilado comentario/crítica a Serpico (1973) dirigida por Sidney Lumet y protagonizada por Al Pacino, escribe que “es más saludable defender un buen film que atacar uno malo”, porque ve en el espectador una falsa y tal vez justificada presunción sobre que el que comenta o critica el cine no le gusta el cine, algo parecido sucede con el teatro y sus disertadores, comentadores, exegetas o simples críticos, cuando es lo contrario, sólo que puede ser que, como expone Caicedo: “Quizás se comprenda mejor un film [u obra de teatro] que se ama, quizás un mal film [u obra de teatro] sea activante de ciertos prejuicios, que ya pertenecen a la moral del crítico y tal vez no sostenidos por la obra misma”. [Los corchetes son míos]
La anterior es una aclaración que me parece necesaria dado que es la primera vez que haré una breve lista de las obras de teatro que - para mí - por su calidad dramática, por su riesgo en la exploración de lenguajes - lo más alejados posible del “canon convencional escénico” de Medellín - y por su “osadía” en la propuesta y apropiación de un estilo, hacen parte de este muy personal ranking 2018.
¿Lo haría usted? Sin importar cuáles sean sus parámetros le invito a que lo haga y me avisa si así lo hace y conversamos.
Esta, por ejemplo, es una lista con siete propuestas, ingenua, corta y de un entreverado gusto estético, que sólo destacará lo vasta que es nuestra cartelera teatral medellinense. Hágale el quite al orden, no acata ningún carácter jerárquico, ni están valoradas de preferible a sobresaliente.
La única condición que me puse, eso sí, es que sean propuestas de grupos locales. Gracias por leer.

Obra: Especies de Espacios
Dramaturgia: Versión libre del texto homónimo de Georges Perec
Dirección: Elizabeth Arias.

Fue al descubrir el grupo francés de experimentación literaria OuLiPo creado en 1960, que tuve la oportunidad de acercarme a Perec y, en consecuencia, a algunos de sus textos, atrapándome su eclecticismo, su mirada hexadecagonal sobre una mismidad sustantiva y tentacular, y su proclividad por lo consuetudinario, lo infraordinario y sobre todo aquello que sucede cuando no está sucediendo nada.
Las cosas y Tentativa de agotar un lugar parisino, son los textos que mejor dan cuenta de esa predilección por lo prosaico de este autor, y, por supuesto, Especies de Espacios, texto en el que el protagonista es el “Espacio”, aunque suene redundante, o a mí me sonó redundante, pero verlo en la puesta en escena que propone Arias como lector/espectador da cuenta de que no es así.
Con esta propuesta me sorprendí a mí mismo disfrutándola mucho; viendo como era conjugada una obra literaria sobre otro campo semántico y semiótico como el teatral. Incluyendo el Prólogo, la obra es una concatenación de 14 espacios que los performers o “ejecutantes de una acción” [Ricardo y Tatiana] nos van mostrando con trazos en el espacio escénico, y los vamos transitando, así, como sin querer, tropezando con lo múltiple, lo fragmentado y lo diverso del espacio en nosotros y de nosotros mismos en el espacio.
La obra es una invitación persuasiva a habitar, a albergar, franqueando uno a uno y de forma simultánea los espacios que a su vez nos traspasan, y dicha concatenación o eslabonamiento de espacios, no es de forma lineal, y he aquí lo que me dejaba sin parpadeo, sino de una forma que yo simbolizaría con la Matrioshka, la muñeca rusa, que sólo se alberga a sí misma, y que de este modo, vi yo, cómo del espacio “página” salía el espacio “cama” y de este surgía el espacio “habitación” que daba paso al espacio “apartamento” para luego encontrarnos en el espacio “inmueble” y éste en el espacio “calle” y luego el “barrio” y la “ciudad” y así sucesivamente hasta llegar al espacio “mundo”, el de lo soñado, lo imaginado, lo inabarcable, desbordándose todo esto en el espacio “espacio”, sobrepasándose y vuelto en sí mismo, quedando en mí como espectador la posibilidad siguiente de volver a ponerlo todo dentro de sí, hasta terminar en el Prólogo.
Todo este universo de especies de espacios que describo con vertiginosa fascinación, es trazado sobre un escenario – como dije antes – que, al principio, cree uno vacío cuando no, y súbitamente, como espectador estás arrebujado en esa “espiral espacial”, al que lo y la invito para que se deje llevar.
Acepten mi invitación y vayan a verla.

Obra: La casa de Bernarda Alba - dale café, mucho café -.
Grupo: Elemental Teatro.
Dramaturgia: Versión libre de la obra homónima de Federico García Lorca.
Dirección: John Viana.

Esta es una “puesta en abismo” con la que Elemental Teatro logra desligarse de la escritura lorquiana que estruja hasta el tuétano la existencia, obstinándose en la suya propia desde una estética neogótica, logrando desentrañar signos, generando nuevos significados y proponiendo un lenguaje teatral auténtico y de reveladora continuidad al trabajo exploratorio de Viana con su grupo, en consonancia podemos destacar Diálogo en el jardín del palacio (2010), De la muerte sin exagerar o un cielo bajo la tierra (2013) o Malditos poetas malditos (2017), propuestas que no han salido de su repertorio y que siguen activas.
En esta versión de la obra lorquiana se infiere la fuerza dramatúrgica del Poeta, razón por la cual sería un pleonasmo hablar de él; ese brío y potencia dramática que develan las palabras de G. Lorca, la encontramos en un elenco que deja “sangre en la arena” en cada función: Cielo en la piel ofídica de Angustias; Manuela ancilada a una especie de “sometimiento canino” en el que flota La Criada; Johana dándose paso entre la mezquindad y las quejas de Magdalena. La acritud acibarada de Amelia en el gesto de Angie. En el tránsito tortuoso y gradual, mientras ceba la falacia y la envidia, Verónica se da al carácter de Martirio mientras Susana se da al significado de ruptura que Adela simboliza ante el establishment categórico y déspota de su madre, Bernarda.
Ya entre La Abuela, Bernarda Alba y La Poncia se distribuyen todo lo permitido: silencios, distancias, encierros, castigos, y todo lo que no: sentir, desear, amar, la verdad. Estos tres personajes interpretados por Juan Pablo, John Viana y Kevin respectivamente, superan esos argumentos maniqueos producto de la discriminación sexista y no porque sean hombres “haciendo de” mujeres, sino porque son hombres/mujeres.
En la propuesta Viana no escatima nada para dar cuenta de lo vivos y actuales que son los Personajes, sus conflictos, deseos y frustraciones; logrando ser tan cotidianamente reales y desesperanzadores que resalta la connotación decimonónica en la que todavía navega esta sociedad machista, homofóbica, xenófoba y aporofóbica.
Es una obra que en el 2019 seguirá llenando teatros y que así sea.

Obra: Prestidigitación.
Grupo: DeRReojo Teatro
Dirección y dramaturgia: Ricardo España.

Es la habilidad en el trucaje, esa pericia en la manipulación de la “realidad de los objetos” lo que en suma es la prestidigitación. Cambiar de lugar las cosas o de color o de forma o simplemente hacerlas desaparecer y todo a la vista de los espectadores, sin embargo, en esta propuesta teatral, truco es artimaña o treta y en lugar de habilidad, diría que es la mal llamada astucia o sagacidad del carroñero hambriento que cunde este país, a la vista, ya no sólo de espectadores, sino de cómplices, que sucede el “acto de magia”, pero ya no una desaparición – algo a lo que todavía no nos acostumbramos por suerte y por el trabajo acérrimo de líderes y lideresas sociales –, sino una aparición ¡dos apariciones! Pero cuál más fantasmagórica, si la de un hombre que regresa a su hogar – si regresar es volver a ese punto en el que creemos que todo se detuvo – con la esperanza egoísta de seguir siendo cuando ya todo ha dejado de ser, o mejor, ya no es, porque la ausencia mata la esperanza en los otros y construye el olvido. O la mujer que tiene por hija sus huesos exhumados de una fosa común y “regresa/aparece” en ese momento que limpia las falanges de lo que antes eran manos o su fémur de lo que en su momento fueron pasos o su cráneo que sigue siendo el lugar de sus pensamientos y la piensa y ella, su hija, regresa como por arte de amor y magia.
Un buen elenco, una buena propuesta espacial “no convencional” y una buena historia. No dejen de ir a verla.

Obra: Doppelgänger [en alemán, “el doble que camina”]
Grupo: Una co-producción entre las compañías Berrobambán de Galicia, España y Arca de N.O.E. de Medellín, Colombia.
Dramaturgia: Paula Carballeira. Dirección: Chiqui Pereira.

Fue una única función en modo pre-estreno. Fue el 25 de septiembre en Elemental Teatro. Fue una propuesta que asaltó, aunque vacilante y movediza, y a su vez belicosa, los confinamientos y líneas al borde de lo que coarta nuestra “tribu teatral”: el Dogma.
Doppelgänger, ha sido para mí y a nivel local, por supuesto, el mejor tratamiento a la simultaneidad, a lo que podríamos tomar por ambiguo y adjetivarlo de polivalente.
Esta propuesta fue una clara experiencia sobre uno de los primeros niveles a los que podemos llegar si eliminamos la dialéctica entre el texto dramatúrgico/literario y el texto dramatúrgico/escénico. Una propuesta inconclusa - en palabras del director -, que llegó a desajustar o por lo menos a desordenar un poco la “zona de confort” del espectador/a indulgente y de aplausos complaciente, al haber sido confrontado con una obra desprendida de las “escrituras teatrales no dramáticas”.
No encuentro cómo poner una sinopsis, excepto describir lo que veía, pero no lo haré porque “mataría el poema”, sin embargo, el siguiente fragmento podría dar cuenta de su fábula o mythos: “A mi lado siento a alguien que no soy yo, pero que se me parece como una sombra o un reflejo. Me mira, me juzga, me quiere, me odia. Vivimos en el mismo país, pero tenemos ideas opuestas. Es mi rival, mi enemigo. Yo soy su rival, su enemigo. Está en el otro bando. Estoy en el otro bando. Quiero destruirlo y al mismo tiempo lo necesito. Es él o yo. Ambos o ninguno. Es la guerra. La Guerra Civil. La lucha fratricida. Es mi conciencia. Es mi memoria. Es mi olvido. Es la posibilidad o no de vivir en paz conmigo mismo”.
Es una obra que espero veamos “terminada”.

Obra: Esperpentos o la suerte de X333
Grupo: El Pulpo, teatro físico.
Dramaturgia: Versión libre de “The applicant” de Harold Pinter
Dirección: Juan Fernando Vanegas Vasco

Poner en escena a Beckett, a Tardieu o a Pinter, no deja de ser un riesgo, siempre será un riesgo, porque no son complacientes con el público expectante y muy contrario a su pensamiento acrítico; son ellos, junto a Genet, Arrabal, Albee, entre otros, siempre desconcertantes por lo ya juiciosamente manoseado el concepto de “teatro del absurdo”, que en palabras de Ionesco: “Absurdo es lo desprovisto de propósito… Separado de sus raíces religiosas, metafísicas y trascendentales, el hombre está perdido, todas sus acciones se transforman en algo falto de sentido, absurdo, inútil”. (Esslin, 1964: 15) Y qué bien estas palabras describen la propuesta de El Pulpo, a la que le suman Daniel Baena y Erik Sebastián una “poética corporal” de evidente trabajo exploratorio con disciplina y estudio, originando un lenguaje poco convencional y nada parecido al “naturalista” que nos tienen acostumbrados gran parte de los grupos de la ciudad.
A modo de sinopsis: En pasmosa calma, en un espacio blanco, aséptico y elegantemente distópico que hace de oficina, es recibido un solicitante de empleo que es víctima de un entrevistador de sutileza disimulada, pero acechante, hasta casi reducir a un último aliento al solicitante para probarlo y, finalmente, aprobarlo tras varios exámenes físicos y verbales.  
A esta propuesta estrenada el 1/Nov/2017 y que tuvo una excelente proyección en este 2018, les invito a que la vean, si quieren tener una experiencia sobre la refuncionalización de una dramática creada a partir de unos cuerpos atravesados por una partitura de movimientos en deconstrucción de los personajes y una buena composición desde su dirección escénica, y que seguro tendrá su temporada en el próximo 2019.

Obra: Bio-lencia
Grupo: Anamnésico Colectivo Teatral
Dramaturgia: Basada en el texto: Para contribuir a la confusión general de Aldo Pellegrini.
Dirección: Felipe Caicedo.

Caicedo con su colectivo teatral nos ha puesto como espectadores o en la incertidumbre de estar “contra la pared” o en el vértigo de la cuerda floja. Asistir a las (a)puestas escénicas de Anamnésico Teatro es hacerse partícipe, literalmente, de un pluriverso poco ligero y de difícil asimilación como sucede en esta propuesta basada en el texto del surrealista argentino Aldo Pellegrini.
Son cuatro cuadros o “poescenas” [poemas visuales en escena] – así son concebidas por el grupo mismo –, aunque quiero agregar la “poescena” que basaron en el texto de Juan Villoro: Conferencia sobre la lluvia, por su (a)puesta técnica y estética, por supuesto; así serían cinco fuerzas subversivas, presentadas en un orden aleatorio propuesto por el público espectador en un juego provocador de (re)presentación en el que su devenir escénico, más allá de su mímesis o representación, es de un inconformismo con el modelo de “realidad teatral” evidente en una re-creación, si bien textocentrista, de “puesta-en-juego” polifónica y policromática que recrudece la complejidad de las relaciones humanas.
Es una propuesta que seguramente tendrá más temporadas en el 2019, no la dejen pasar de largo.

Obra: #1984
Grupo: Teatro Escarlata.
Dramaturgia: A-versión de “1984” de George Orwell
Dirección: Sergio Dávila

Teatro Escarlata es el nombre de un grupo que apenas está surgiendo en la ciudad, es el más joven de esta lista, creo yo, pero por quienes hasta ahora se han parado tras y en la escena en su nombre, estaríamos prestos como espectadores comprometidos con el teatro de la ciudad, a seguirles la pista, yo les estoy siguiendo la pista.
Hasta ahora sólo tienen dos piezas puestas al público: una versión de El almuerzo desnudo de W. S. Burroughs (2017), la primera y la segunda, esta: #1984, una propuesta que gravita en esa sociedad orwelliana, que imaginaria o ficticia es en sí misma despreciada como una realidad posible. Es una Londres distópica la que fue descrita por Orwell hace 64 años (1947) como una novela de ficción cuando es casi un inventario profético del estado sociológico y geopolítico en el que ahora está instalado el siglo XXI, y Teatro Escarlata nos la pone de frente – a esa sociedad/humanidad antiutópica – y sin consideración alguna como público espectador [¿o diría vigilante y omnipresente?], transfigura por identificación con Julia o Winston [siendo los verdaderos “personajes” orwellianos la actriz Tatiana, el actor Sergio y nosotros como espectadores: “los pobres y entretenidos para que no podamos rebelarnos”].
En esta a-versión [como lo cataloga el grupo] estamos alojados y batallando contra el totalitarismo, no desde el Ministerio de la Paz, el de la Verdad o la Abundancia, sino desde el de la sala de torturas, expiación y readoctrinamiento: el Ministerio del Amor - Habitación 101.
La puesta en escena provocó en mí un sofoco por ahogo y angustia, llevado hasta el hartazgo y el tedio por Julia/Tatiana/ElGranHermano sobre Winston/Sergio, mientras el relato escénico se me antojó entre la corriente artística del Minimalismo potencializada con la vanguardia de aquel Futurismo del mundo moderno: el de las máquinas, también bisagras de los guiños al expresionismo de Fritz Lang o al de Kafka, a las distopías de Jean Luc Godard, Aldous Huxley, Pier Paolo Pasolini y Ray Bradbury, por mencionar algunos posibles lugares de ineludible referencia del cine y la literatura.
Huxley dijo alguna vez que “la experiencia no es lo que le sucede al hombre, sino lo que el hombre hace con lo que le sucede”, y “1984” es el “ahora” como suceso, desde muchos puntos de convergencia y divergencia, por el que parecemos alienados como Teatro Escarlata en su a-versión nos lo grita, recordándonos las herramientas propagandísticas de sometimiento desmoralizador y represor al pensamiento crítico.
Véanla y participen de ella. Y cuídense que “el Gran Hermano los ama, los cuida y los vigila”.

A modo de epílogo, quiero compartirles un aparte del texto que Liliana Alzate escribe para Kiosko Teatral - Bogotá, participando del Esto-vi en el 2018.

“Como cierre invito a revisar a los directores de las escuelas de arte dramático de la ciudad sobre las posturas foráneas que alinean nuestras poéticas y evidencian un pensamiento colonial en la construcción del conocimiento teatral de nuestro país. También incito a los jóvenes estudiantes y creadores escénicos a pensar el hecho escénico nacional en pleno conocimiento de la otra historia teatral latinoamericana pues, el que no reconoce su memoria está sentenciado a repetirse. Y así como marchamos por el derecho a la educación pública exijamos cátedras de reflexión crítica que dialoguen con nuestra historia teatral latinoamericana, que reconozcan las teatralidades diversas (indio, afro, femenino, queer, y más), en el arte colombiano. Pidamos profesores que indaguen y debatan las nuevas claves de lectura de los discursos teóricos actuales y la práctica expandidas de nuestros territorios, para lograr diálogos enriquecedores entre generaciones que construyan un pensamiento propio para el público y la creación futura.
            Resistamos a la mentalidad posmoderna, occidental canónica asentada en la academia clásica, donde la revisión de nuestro trasegar creativo y nuestras experiencias estéticas suenan rancias y desactualizadas. Pues es evidente la vigencia de los discursos que aún viven en nuestro territorio como lugares de exclusión, marginación o privación de derechos. Solo si reconocemos nuestra propia interculturalidad de la cual estamos hechos, podremos enfrentar nuestro pasado con dignidad y capacidad transformadora. Y entonces, tal vez por fin reconocer nuestro que-hacer escénico conjunto como arte vigente e imprescindible.
            Por último invito a promover la creación de espacios para los espectadores, que dialoguen mensualmente con la academia, los investigadores y los creadores nacionales. Para así poder presentar la diversidad de reflexiones que posibilitan la capacidad de actualizar nuestros actos performativos en el teatro”.



**Este artículo lo escribí para SalaLLena.com:


martes, 16 de octubre de 2018

Al teatro "posdramáticamente correcto"


“Las crisis se producen precisamente porque lo viejo se agota
y lo nuevo no consigue nacer”.
Antonio Gramsci

Esta frase de Gramsci, un filósofo sardo de principios del siglo XX y prácticamente asesinado por el régimen fascista de Mussolini, me la encontré en un libro sobre arte contemporáneo, esa parte del arte que pertenece a la liberalización y democratización de la cultura política, sometido o, mejor, “integrado” a la economía del mercado mundial. En fin. Una máxima de inicios del siglo XX que me generó la necesidad de recordar y siempre tener presente que lo que marca la revolución, la innovación y la transfiguración de una sociedad es la posibilidad de adoptar y adaptar nuevas y mejores ideas sobre “sociedad”, algo elemental.
En el arte y, particularmente, en el quehacer teatral es lo mismo, en el sentido que no es la edad cronológica del creador o creadora de teatralidades contemporáneas, lo que marca las tendencias de modificación o transformación, pues, el teatro no tiene ninguna lógica excluyente. Lo que marca esa transformación, transmutación o transgresión es la concepción en su conceptualización de la Idea que tenemos del quehacer teatral.

Surgen así cualquier cantidad de interrogantes cuando parece que no reconocemos ni aceptamos como influencias las vanguardias del siglo XX como el futurismo que sustituyó toda idea de teatro significativo por una agresión directa al público o la dislocación del sentido del "aquí y el ahora" propuesta por el dadaísmo o el vínculo causal de la fábula atomizado, como lo propuso el surrealismo, generando urdimbres oníricas. Y si no las reconocemos ni aceptamos, entonces, ¿cómo pretendemos desbordar el contorno de cristal del “canon escénico”? Parece un miedo a no ser parte del teatro “posdramáticamente correcto” y, tantas veces, mal llamado contemporáneo, testimoniando un “universalismo dogmático en crisis que abre paso a un relativismo estético”. Desde el punto de vista dramatúrgico, Maurice Maeterlinck, sumando otro ejemplo, expuso en términos dramáticos la supresión de cualquier dialéctica entre la forma y el contenido, y la sustitución de la “acción”, esencia aristotélica del teatro, por la “situación”. En palabras de Lehmann: “En este teatro se abandona la construcción del suspense, del drama, la acción e imitación y, como pone de manifiesto el nombre drame statique [drama estático], se rechaza asimismo la idea clásica de un tiempo inexorable que avanza hacia adelante y de modo lineal en beneficio de una imagen-tiempo plana” (2013: 101)

¿Hasta dónde llega el brío que busca la trascendencia filosófica y metafísica del teatro? ¿Cuál es nuestra idea del teatro de hoy? La única escuela universitaria que tenemos actualmente parece encallada en giros retóricos y sus estudiantes parecen terminar sin diferenciar conceptualmente drama de dramaturgia y a estas del dramaturgista, y en consecuencia, muchas veces sus funciones. Se manchan los procesos teórico/prácticos y psico/físicos cuando presentan a estudiantes de teatro como actores/actrices, a docentes como directores/directoras y, a lo que es un ejercicio, resultado éste de un proceso de aprendizaje académico, como una obra de teatro.
Parecemos estar haciendo un “teatro búmeran”, en el que hacemos un exceso de acrobacias técnicas y estéticas sobre los bordes límites y extremos en los actos creativos y receptivos del quehacer teatral, y volvemos al inicio, siguiendo en el mismo lugar como si fuéramos un dinosaurio narrado por un cuento.

Lo más difícil es la contextualización de aquellas experiencias fronterizas. Las que vivimos en la liminalidad de lo teatral dada por la corrupción o infección entre lenguajes artísticos, debido a que lo que más da dificultad con certeza es el desprendimiento, desgajarse del “canon escénico”. Una situación que implica, no sólo a quienes hacemos teatro desde cualquiera de sus comisuras, sino también al público espectador.

Estuve en el estreno de una propuesta que asalta, aunque de forma insegura y a su vez belicosa, los confines y aristas en las que sigue constreñida nuestra “tribu teatral”. En ella se resitúa el teatro en el lugar de lo simultáneo, lo ambiguo y lo polivalente, dándose claramente la eliminación dialéctica entre la dramaturgia escrita o literatura dramática y la escritura o dramaturgia escénica. Su mayor riesgo - deliberado o no - gravitaba en lo inconcluso de su mise en abyme o puesta en abismo, insuficiente para gran parte del público espectador, pues dislocó la “zona de confort” aristotélica, generando una extrañeza ante la confrontación de una retórica escénica desconcertante e incómoda, no obstante su sencillez y franca naturaleza no mimética. Una perplejidad ante el desprendimiento propio de las “escrituras teatrales no dramáticas”, evidenciando una percepción todavía escuálida de hacedores y espectadores ante este tipo de teatralidades que, por una falta de comprensión inmediata, decidían por retraerse aferrados a lo “ya conocido”.
Esta experiencia provocó en mí una mirada periférica al estado solipsista en el que el teatro de la ciudad está asentado, por lo que las dramaturgias y dramáticas emergentes deben abrirse a golpe de hacha un espacio y no digamos que físico, porque lo hay, sino ese espacio imparcial del reconocimiento a las nacientes teatralidades dramatúrgicas de la ciudad. No estoy diciendo que haya que censurar o contradecir las propuestas más convencionales y conservadoras de la ciudad, al contrario, son estas fundamentales como relatos legitimadores para la evolución y redefinición de lo híbrido, lo difuso y lo confuso de la época en la que ahora nos precipitamos. Tampoco estoy diciendo que la edad cronológica de los y las que estamos haciendo teatro deba tener una cantidad máxima o mínima como requerimiento imperativo para hacer estallar hasta su desintegración los paradigmas canónicos del quehacer teatral; lo que sí digo es lo obvio: con o sin experiencia, neonatos o longevos, este lente de aumento que multiplica la forma en imágenes virtuales ampliadas como lo es el teatro, no nos está mostrando las creaciones actuales, las que se están rebelando contra una sola lectura interpretativa, las que se niegan a su reducción en una sola metáfora, las que están resistiendo al encasillamiento de una sola estética.
Propuestas que pugnan por instaurar otras posibilidades dramáticas y dramatúrgicas sobre este plano de inmanencia y signos que es el teatro y su intrínseco pluriverso de teatralidades.
Propuestas que buscan la deconstrucción y la desterritorialización del teatro como museo de la representación, logrando, que “nuevas voces entren en la escena” como lo señala el australiano Simon Stone, que la mitad de los directores sean mujeres, por ejemplo, y que se incluyan las voces de las minorías, de otras razas, orientación sexual o género[1], e insisto, no es porque haya algún tipo de censura o desaprobación, porque no lo hay, pero todavía hay mucho apostado a una realidad marginal trazada por una realidad dogmática; la primera, para reconocer y la segunda para descabalgar y deconstruir.

A modo de retazo… ya dirán que lo(s) haga yo, ve tú a saber. El punto es que faltan homenajes de gratitud y reconocimiento a todos y todas las que han hecho y hacen parte del teatro a nivel local, y que son muy pocas las distinciones a actrices y actores, luminotécnicos/cas, vestuaristas, y una lista larga de hacedores que suman a la consolidación del ahora de nuestro teatro. Que no todos sean para los directores, es más, también hay directoras.



[1] Simon Stone: "Lorca no necesita protección": https://bit.ly/2CNJFKx

domingo, 23 de septiembre de 2018

Público vs. Teatro*



«Las nuevas representaciones del arte actual han hecho surgir un nuevo espectador que ejercita un juicio estético procesual y programador.
La vieja concepción idealista de contemplación y recepción artística es sacudida por una fuerte desacralización del arte moderno que establece diversas formas de relación entre artista-productor y público».
Un espectador interactuante.
Carlos Fajardo.



Iniciemos este texto con una perogrullada: quien hace teatro por el simple gusto de ver su sala llena de espectadores, adoptando más sus gustos que sus criterios, porque los dos saben —grupo de teatro y público espectador— que solo efectúan una transacción monetaria por la más vulgar y digerible diversión; lo que está causando una orfandad inusitada, reflejada en el abandono del público espectador a las funciones de teatro, proporcional a la deprimida calidad de las obras de teatro en la ciudad de Medellín.
Ahora bien, más complejo que hablar del teatro es hablar del público espectador de teatro. Escribe Tarkovsky que el creador, su obra y el espectador son «un todo único, indivisible, un organismo unido por un mismo sistema nervioso», no obstante, nada más inasible que el público espectador para teatro. Lo tiene el cine, lo tiene el fútbol, lo tiene la música, pero el del teatro, particularmente, es tan relativo, flotante y cambiante en sus criterios estéticos que terminan sustituyéndolos por otros puramente hedonistas a la hora de analizar, valorar y dictaminar sentencia a una propuesta teatral, cuando no es la obra misma la que fundamenta estos «criterios estéticos» en un abuso dogmático de prestidigitación al suplir la investigación, la exploración y la técnica por fórmulas acríticas donde cualquiera actúa o dirige, y «esta carencia de rigor ha permitido que el menor esfuerzo, la ocurrencia, la falta de inteligencia, sean los valores de este falso arte y que cualquier cosa pueda [presentarse en los teatros]» (Lésper, 2016, p. 17).
Toda propuesta de teatro es creada con la convicción de que tendrá espectadores, no creo en el «teatro solipsista»; en tal sentido, cada obra es una pedagogía destinada a formar su propio público. ¿Por qué, entonces, tener por finalidad un teatro hipócrita por el simple hecho de cautivar, embelesar y proporcionar placer? Parafraseando a Derrida: las obras de teatro para la masa inundan la prensa y llenan butacas, pero no forman espectadores, sino que presuponen de manera fantasmática un espectador programado; un espectador contemplativo, embebido y en silencio como el ideado en la Europa ilustrada del siglo xviii: el espectador de «una apreciación casi mística del objeto [teatral] más allá de todo interés teórico y práctico, que en términos de Kant se sintetiza en una finalidad sin fin y se resuelve con una actitud ensimismada, íntima, similar a la experiencia religiosa, ejercida por un sujeto [teatral] impuesto como centro y ombligo del mundo por la modernidad de aventura» (Fajardo, 2006, p. 81).
El teatro en la ciudad está debatiéndose en un diálogo de sordos, dado que necesita de un espectador crítico, de un espectador que al menos elija cuál es la obra que quiere ver y no solo porque su costo es voluntario o porque la entrada es pagada con dineros públicos, sino porque siente y hace parte de la propuesta misma por su temática, por su técnica, por su género o por su estética, por un simple, pero consciente, encuentro con lo poético; un espectador que secularice, descentralice, desarticule cualquier poliedro conceptual superando que, como espectador de una obra de teatro no es que esté equivocado si no comprende, pues, «para ver una obra no debemos renunciar a nuestra percepción de la realidad y a nuestra inteligencia, y someternos a la dictadura de una fe» (Lésper, 2016, p. 24).
Cuando se respeta y se valora verdaderamente a su público se está absolutamente convencido de que al menos es tanto o más inteligente que uno mismo como artista creador.
El teatro en la ciudad está forcejeando con la industria de la obsolescencia que busca como ley «desarrollar, fomentar, incentivar y proteger a las industrias creativas en Colombia», cayendo a un nivel medio al hacer que sus obras se hagan más «comprensibles», más «cercanas», más «cotidianas», más «accesibles», timoneando una especie de declive teatral como obra de arte y en competencia descriptiva —poco metafórica— con la mala televisión. El público espectador no es ignorante, sabe cuándo una obra busca ser exitosa.
¿Cuánto grupo o compañía utiliza «fórmulas dramáticas» que tuvieron su momento exitoso e insisten hasta el fracaso? ¿Y el público? Prefiere quedarse con el barullo del pasillo o la comidilla lanzada en la puerta de salida hasta tomar la decisión de no volver al teatro en lugar de exigir un espacio para la disertación.
Ya los artistas nos sometemos a severos juicios —pregúntenle a Fausto— y nos arroja preguntas sobre cómo «gustas al público», pero, ¿cómo poner frente al espectador una «propuesta, ejemplo de imitar, de repetir, de compartir» si los espectadores no están?
Para ser espectador basta tener un alma despierta, sensible a lo bello y a lo bueno, capaz de darse a una vivencia estética inmediata. Puede ser que no se logre una comprensión racional, pero sensible siempre la hay.
¿Qué está haciendo el teatro en Medellín, además de exhibir su capacidad mediática para fomentar sus espectaculares productos teatrales, para que el público tenga sentido de pertenencia por sus propuestas? ¿Qué está haciendo el teatro de Medellín para zarandear al espectador del teatro local y transgredir su ministerio contemplativo a uno impetuoso, más activo, como un posible espectador/creador, contemplador/participante? Paradójico, puede ser, que una función de teatro se cancele por falta de público, pero más contradictorio es no poder saber por qué; y surgen elucubraciones, simples e insostenibles especulaciones, porque esa ausencia para el teatro tiene la angustia de un miembro amputado, pues no sucede el teatro sin público. Cuánta falta hace lo que en su momento —1993-1997— fuera El Club de espectadores de Medellín, declarados «Amigos fraternales de los grupos de teatro… críticos constructivos de su trabajo» como nos lo narra Ramiro Tejada en su libro Jirones de memoria (2003) que, al ser espectadores de una función cancelada, nos cuenta el autor que decidieron, entre amigos, algunos grupos y críticos, reunirse a tomar café y a conversar acerca de la crisis del teatro en Medellín, sin superar hasta ahora.
¿Qué está haciendo el teatro de Medellín por un público que intervenga, que actúe en y sobre la propuesta artística? Gestando un público que interactúe en los procesos tanto de producción —creación— como de recepción de la obra. ¿Qué está haciendo el público espectador ante un teatro anquilosado y homogeneizado, cada vez más emparentado con la globalización económica y la mundialización cultural? Es por parte y parte que, aun dándonos cuenta, seguimos asumiendo «productos artísticos [que] entran en la estética de la repetición y [que] son consumidos no con criterio de juicio estético reflexionante, sino por la capacidad de promoción que los vuelve productos espectacularizados» (Fajardo, 2006, p. 83).
El teatro en Medellín necesita con urgencia ese espectador que asume la fábula, el cuento, la historia como un lugar de circunscripción para ser «otros» y experimentar otras «realidades»; el espectador de Medellín necesita con urgencia un teatro que vuelva a la metáfora, a la poesía, haciendo uso de todos los dispositivos teatrales, de todas las posibles teatralidades en transacción con todo lo híbrido que pone en crisis toda referencia teatral contemporánea.
«Si el teatro no se quiere convertir en un mero entretenimiento carente de sentido, entonces tiene que incluir una reflexión sobre sus propios medios, en lugar de limitarse a confiar de manera respetuosa en las reglas tradicionales heredadas de la representación dramática» (Lehmann, 2013, p. 13), en el mismo sentido llamaría la atención al público espectador de teatro para que no termine convirtiéndose en parte de algo carente de sentido.

* Este texto fue escrito para la edición N°56 del periódico de en la versión XIV de La Fiesta de las Artes Escénicas. Link:


martes, 3 de julio de 2018

¡QUE NO SEA TAN OBVIO!


“Interpretamos un espectáculo teatral exactamente como interpretamos un acontecimiento al que asistimos o en el que participamos: este acontecimiento no lo leemos, no lo decodificamos como haríamos con un mensaje lingüístico ordinario - es decir, no estético”.
Georges Mounin

Por estos días, después de ver algunas obras de teatro en estreno y remontadas, recordé cuando vi La mujer del animal (2016) de Víctor Gaviria y que cuando, de pronto, hacía parte de algún argumento que llegaba a la mesa del tinto compartido o al lugar de ensayo, me sentía en la obligación de preguntar a los o a las que traían la película para nutrir algún contexto, desde qué punto de vista debía interpretar la película como referencia: si desde lo cinematográfico (técnica y arte), si desde el tema (maltrato machista, abuso doméstico, violencia de género) o si desde el tratamiento mismo del tema, a lo que recibía por réplica ese gesto en el que se frunce el ceño y los labios, acompañado por una leve inclinación de la cabeza y un “¿cómo así?”, por lo que, acto seguido, yo exponía que la película sólo era interesante por su tema: sustancial, primordial, actual y necesario sobre cualquier mesa, pupitre o escritorio para su disertación reflexiva, sin embargo, lo demás, el tratamiento del tema y lo cinematográfico, no tenía nada nuevo, nada arriesgado, una película llana y simple, en la que se ultraja crudamente a una mujer apaleándola y violándola sin más. Punto. Y no es que no quisiera ver o no quisiera saber sobre dicha realidad, pues, disfruté estéticamente Irreversible (2002) de Noé o Elle (2016) de LeBlanc o Miss Violence (2013) de A. Avranas, por poner sólo tres ejemplos que se diferencian de La mujer del animal, precisamente, en el sentido de que esta última es una exposición casi que ordinaria por su tajante, rotunda y absolutista interpretación de la realidad sin ningún freno técnico ni artístico (no hay elipsis, no hay fuera de campo, no es un buen guion), que termina por abismar la película en un campo ético y estético estéril.
Tarkovski en Esculpir el tiempo, nos recuerda en palabras de V. Ivanov lo que es el símbolo, y que yo lo relacionaría con lo que más adolece la película de Gaviria y, por supuesto, con el teatro que por estos días he visto:

“El símbolo sólo es verdadero como tal cuando en su significado es inagotable e ilimitado, cuando en su lenguaje secreto (hierático y mágico) expresa alusiones y sugerencias de algo inefable que no se puede expresar con palabras. Tiene muchas caras, muchos significados y en su última profundidad es siempre oscuro. Tiene configuración orgánica como el cristal. Se asemeja incluso a una mónada y así se diferencia de la alegoría, de la parábola o de la comparación, complejos y con varios niveles. Los símbolos son incomprensibles, no se pueden reproducir con palabras”. (2005:128)

De resaltar que, en común acuerdo, tácito por supuesto, casi todo el teatro de la ciudad está en un firme propósito de trazar dramaturgias con temas actuales que buscan poner miradas que confronten a los que no quieren ver, voz en cuello para quienes no la tienen y para que escuchen quienes no quieren escuchar; temas que debaten la actitud indolente frente a los que justifican matar por no pensar igual; temas en los que nos identificamos como víctimas o victimarios: el arribismo, la homofobia, el bullying, el suicidio, el machismo, temas sin duda fundamentales, trascendentales para una sociedad anestesiada y viciada en una amnesia conveniente, sin embargo, varias de esas propuestas parecen no tener propósito, finalidad o ambiciones poéticas o estéticas, ni siquiera por emancipación de sus teatralidades y semióticas de la representación, pues, en su lugar deciden explicarlo todo, tratando de poner en “palabras leídas” lo que no logran construir con su composición escénica.
Arengas y peroratas almibaradas, diatribas y sermones empalagosos, descripciones complacientes, rayando con una especie de ¿“teatro tautológico”?
En síntesis: texto y palabras, nada más que palabras y texto.
Puedo aceptar que alguien me recuerde que por encima del espectador de la tragedia griega estaba el oyente, a lo que podía responder que por la época del Estagirita las palabras por las que todo ha pasado y pasará, no buscaban, como en algunas de las obras últimas que he visto, hacer comprender con el texto la fábula, si la hubiera o el espacio con toda su composición plástica, si la hubiera, ni mucho menos pretender que el espectador conozca y descifre a los personajes, de haber personajes, con una dramaturgia escrita sin resonancia polisémica alguna, cuando lo “no dicho” es de una función taxativa en todos y cada uno de los trazos, matices y (de)construcciones “no verbales” de la dramaturgia y puesta escénicas, ¿si el drama es la acción en la escena y el actor o actriz se ocupa de su elaboración y ejecución, por qué la reducen - a la acción dramática de haberla - a la palabra descriptiva? Como espectador siento que castran mi imaginación, que subvaloran mi capacidad de apreciación, que desestiman mi competencia crítica, lo que quiero decir, me recuerda a Artaud que, después de asistir a una representación teatral de Bali (Indonesia), se refería al teatro occidental como subsidiario de la literatura dramática: “Nuestro teatro, atrapado en un ejercicio puramente verbal, ha ignorado lo que debería sustentarlo especialmente, aquello que sucede en escena, todo cuanto ese aire escénico mesura, circunscribe y toma cuerpo en el espacio; movimientos, formas, colores, vibraciones, actitudes, gritos” (Argüello, 2016:37).
Tenemos mucho que decir y todo es significativo, preponderante, sin embargo, parecen suprimir la experiencia estética; cuando elegimos el teatro como lenguaje de expresión, al menos, debemos caer en la cuenta que una lectura, ni siquiera una interpretación, en voz alta - excepto si es una “lectura dramática”, que llaman -, una lectura no es más que el inicio de la resignificación de sentidos, que lo que sigue es la estimulación del imaginario propio y el de los espectadores, darle “rodeo” como lo sugiere Sarrazac, trasegando el texto e interpretarlo ya no como una simple enunciación, inscripción o descripción, sino como una trans/cripción sin la necesidad imperante de comunicar algo, a excepción, de posibilitar una experiencia estética, un acto poético, que tiene su fin en sí mismo:

“La emancipación de la representación es también ahora algo ya asumido. Ésta es la razón por la cual la exigencia de “hacer entender un texto”, que se vuelve a veces un eslogan cómodo, resulta una obviedad - sí, en efecto es la mínima exigencia -, ya que sólo aclara uno de los aspectos del trabajo específico de toda puesta en escena frente a una obra dada, puesto que la obra de teatro excede por naturaleza su propio texto” (Danan, 2012:34)

Para finalizar, estudiando la cartelera teatral de la ciudad se evidencia claramente que los grupos les apuestan más a obras rentables como producto final y muy poco al proceso creador del artista, y esto no sólo en propuestas nuevas, sino también en creaciones que tuvieron éxito y que arruinan con remontajes afanados.
El teatro fue, es y será un espectáculo, contemplar en su sentido etimológico, y que si recordamos a Platón de forma espontánea, es a través de la contemplación que el espíritu puede ascender y obtener el discernimiento de las formas del bien, del mal o/y de otras formas divinas, sin embargo, esa tendencia a la espectacularización superficial, esa proeza fraguada en un pseudovirtuosismo que no va más allá de una percepción transparente en su interpretación del mundo, que ni siquiera invita a la reflexión estética, es la apuesta a un teatro de la obsolescencia.
Por estos días, también, he visto propuestas de una dedicación poco valorada, transformando en estéticas y poéticas la brutalidad, la realidad atroz y la desidia a la que nos quieren acostumbrar y en la que, por fortuna, el quehacer teatral sigue siendo un refugio de resistencia.

jueves, 26 de abril de 2018

UN TEATRO FACTIBLE Y ABURRIDO


“...ellos nunca se han movido del campo de lo posible, a pesar de lo mucho que lo han ampliado. Lo único perturbado por los revolucionarios Matisse y Tal Coat es un cierto orden en el plano de lo factible”[1]
Samuel Beckett

Y como si estuviéramos olvidando de que el teatro no es “un simple reflejo de un texto escrito ni una simple proyección de dobles que nacen de la dramaturgia” (Artaud, 1969: 103), cuando toda creación teatral nace – o debería nacer – del trabajo escénico que compromete sistemas complejos de investigación, reflexión, pensamiento, exploración y acciones, buscando desautomatizar, como principio de la teatralidad, la percepción ordinaria de la realidad, sólo se alcanza a evidenciar esa reticencia a dejar de mirarse el ombligo para mirar fuera del teatro mismo y rasgar esa especie de endogamia que no permite ningún tipo de diálogo con otras disciplinas o técnicas o estéticas - incluso lo planteado por otras teatralidades que no sean las nuestras - que permitan la resignificación de la representación – o lo que seguimos creyendo que es –, porque parece que no nos damos cuenta de los soliloquios autorreflexivos y cansinos, empacados al vacío, en los que se están concluyendo las propuestas sustentadas en un posmodernismo confortable y, por lo mismo, ya agotado.
Parece que nos estamos olvidando de que los textos “no son meras experimentaciones formales sino condensaciones de experiencias, riesgos y pensamientos que tienen que pasar por las agudas metáforas de la escena” (Diéguez, 2014: 38), jerarquizando nuevamente el sentido cuando descentralizarlo es lo que convoca la potencia teatrálica y dramática de los intersticios en los que converge las teorías de lo posdramático o de la deconstrucción - más escéptico que el teatro posmoderno -, sin perder de vista que es en el acontecimiento teatral como acto de transformación de lo real, de transgresión de lo cotidiano donde, parafraseando a Abirached, el personaje se materializa, alcanza significación el signo y la palabra encuentra su destinatario.

De algunas propuestas dirían que es una performance art donde el actor/actriz es un/a performer y este “no representa un papel, no imita nada, sino que realiza acciones y con frecuencia es él (ella) el sujeto mismo de su presentación, verbal o gestual” (Pavis, 2016: 227), sin embargo, que sea teatro es una definición simple, otra cosa es su cualidad teatral o teatralidad como experiencia donde presenciamos una evolución de la convención teatral, por ejemplo, para Barthes, la teatralidad es una especie de “percepción ecuménica de los artificios sensuales, gestos, tonos, distancias, sustancias, luces que sumergen al texto bajo la plenitud de su lenguaje exterior” (Argüello, 2016: 75)
Sin pasar de largo la demolición de la mímesis y el énfasis de la teatralidad que inicia con Ubú rey (1896) de Alfred Jarry y aterrizando al teatro épico de Bertolt Brecht, siendo éste el tránsito por el cual entendemos la trans-formación de un lenguaje propio del teatro sustentado en la expresión gestual y física y ya no en la representación figurada del mundo exterior, ¿qué se está haciendo con lo icónico y lo simbólico, naturaleza propia del signo estético teatral? Si en las propuestas se sustituye las señales y los indicios por lo explicativo; si todo lo que en la teatralidad es simultáneo y heterogéneo pasa a ser un juego manierista y repetido, despeñándose en formas dramáticas teleológicas, considerando ingenuamente una transgresión teatral a lo que comúnmente se le designaría como “lectura dramática”, lejos de la noción de performatividad, pues, ésta “proporciona un marco teórico para estudiar la manera en que el actor “performa”, es decir, corporiza, muestra, reconstituye sus roles, sea en la realidad social o sobre un escenario” (Pavis, 2016: 236); luego y de forma incidental, estas lecturas dramáticas pueden llegar a darse en sugestivas escenificaciones, puestas en algunos gestos o movimientos, tal vez, artísticos, pero extremadamente superficiales o de un artificio técnico y estético sin semejanza, lejos, desesperadamente lejos, de una correspondencia entre ese tejido sígnico de sentidos que ponen sobre el escenario.
Hace rato que en Medellín la búsqueda de la “originalidad” en el teatro se da por adaptaciones o “versiones libres” y no estoy diciendo nada  nuevo, por el contrario, se aplaude cuando ponen en la escena personajes de importancia artística y política, o proponen novelas, cuentos o poesía como pretextos, pero poner en el lugar de una construcción teatral, unos cuerpos vestidos con disfraces pobres en alusión a algo o referenciando a alguien; a recitar en lugar de interpretar; a señalar con el cuerpo y con la palabra lo que ya es visible y audible cuando ya los cuerpos – por poner un ejemplo – hacen parte de esa autodeixis que expone Lehmann como un teatro de lo potencial: donde el proceso dramático que ocurría entre los cuerpos ahora ocurre en el cuerpo (Lehmann, 2013: 351). Una especie de teatralidad logocéntrica, empero, desprovista de la “palabra dialógica” que señala Bajtín, donde se da la necesidad de crear significados con otras personas en el ejercicio del diálogo con argumentos propuestos desde su autenticidad y vigencia y no desde el poder, aunque ya no en procesos de reflexión si contextualizamos, sino en los procesos creativos para teatro: dramaturgia, dirección, actuación, escenografía, vestuario, música, audiovisual.
En la ciudad de Medellín parece que estamos ante una siega teatral agotada, además de abatida, desidiosa; transformándose de forma gradual en un teatro de concepción anestésica, en un tipo de teatro desinteresado en su compromiso estético y técnico, retornando a esas taxonomías doctrinales, ya desbordadas, que buscan condicionar las emergentes y posibles teatralidades haciendo del quehacer teatral una zona de confort cuando – creo yo – como teatreros(artistas) a lo que menos tenemos predilección es a lo perpetuo, a lo que no cambia; cuando nuestro interés está, no en lo duradero ni en lo inalterable, sino en todo aquello que es móvil, tornadizo, de naturaleza mutable – que lo es todo – referido en aquel principio de realidad aducido en el concepto Panta rei endosado al filósofo presocrático Heráclito y que, como ya sabemos, significa “todo fluye”, posible ésta entre otras razones por lo cual no presenciamos dos veces la misma función en el mismo teatro, y por la que esa relación de sometimiento clásico al texto y al logocentrismo, ha sido desplazada por el “escenocentrismo”, que supone al mismo tiempo un director/dramaturgista, poniendo bajo las luces un híbrido resultado del trabajo heurístico y concreto con los actores/actrices en el tiempo y el espacio determinados por el escenario, aunque no haya “nada que expresar, nada con lo que expresar, ningún poder de expresar, ningún deseo de expresar, y todo esto junto con la obligación de expresar” como describía Beckett la obra de Pierre Tal-Coat al “hacer poco más que la misma vieja cosa, de ir un poquitito más allá en un camino aburrido”.



[1] https://www.ddooss.org/articulos/entrevistas/Samuel_Beckett.htm
Imagen: "Massacres" de Pierre Tal Coat. https://goo.gl/images/WzNPJY